1. Prologo de Guerra

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Las calles de los barrios bajos de Ouslar tenían un aire que solo quienes nacimos ahí podíamos reconocer sin esfuerzo. Era una mezcla espesa y persistente: el olor a madera húmeda que nunca terminaba de secarse, el humo barato de antorchas mal cuidadas, restos de comida olvidada y sudor. A eso se le sumaban los gritos desesperados de comerciantes intentando vender lo último que les quedaba antes de que la noche trajera a otros como yo.

Para mí, Hans Nimor, este lugar era todo a la vez: hogar, refugio, escuela y campo de batalla.

Caminaba con paso firme entre los callejones irregulares, esquivando charcos viejos y montones de basura, con las botas resonando contra las piedras desgastadas por siglos de miseria. Mi cuerpo se movía casi por instinto; conocía cada grieta del suelo, cada esquina peligrosa, cada punto ciego. Aquí no había nobles con perfumes caros mirándome por encima del hombro. Aquí nadie se atrevía a despreciarme abiertamente.

Aquí, yo era alguien.

A medida que avanzaba, los rostros familiares aparecían uno tras otro. Algunos me observaban con cautela, otros con abierta gratitud. En los barrios bajos, la reputación no se construye con títulos ni con sangre azul, sino con actos.

¡Hans! —gritó una voz áspera desde una esquina.

Me giré y vi al viejo Alden, el panadero. Estaba encorvado como siempre, con el delantal manchado de harina vieja y esa sonrisa torcida que dejaba ver más encías que dientes. Sus ojos, sin embargo, brillaban con una calidez que pocas veces se ve en estos lugares.

Ayer repartí ese pan que prepare con la harina que me diste —continuó, levantando un pedazo de pan como si fuera un trofeo—. Las familias te bendicen, hijo. No lo olvidan.

Incliné un poco la cabeza y le devolví la sonrisa. No me gustaba sentirme un salvador; no lo era.

No hago milagros, Alden —le respondí con tono relajado—. Solo trato de equilibrar la balanza... aunque sea un poco.

El anciano rió por lo bajo, como si supiera que en Ouslar eso ya era demasiado pedir. Seguí caminando mientras su mirada me acompañaba, y por un instante pensé en mi madre. En cómo ella me había enseñado que incluso en el barro más espeso se podía plantar algo bueno. Realmente ella me hace mucha falta.

Más adelante, el ruido cambió. Risas agudas, gritos desordenados, pasos rápidos. Un grupo de niños jugaba con palos y piedras, imaginando guerras y hazañas que jamás vivirían... o eso esperaba yo. Cuando me vieron, se quedaron quietos solo un segundo, y después corrieron hacia mí como una bandada desatada.

¡Hans! —gritaron casi al unísono.

Uno de ellos señaló la bolsa de cuero que colgaba de mi cintura, donde las monedas tintineaban suavemente al caminar.

¿Qué trajiste esta vez? —preguntó otro, con los ojos encendidos—. ¿Otra bolsa llena de monedas? ¿O un anillo brillante de algún noble tonto?

Negué con la cabeza y chasqueé la lengua, exagerando una expresión severa.

Nada para ustedes, niños —dije—. Y más les vale que siga siendo así. No quiero que sigan mis pasos.

Aun así, no pude evitar revolverle el cabello al más joven, que se quejó entre risas. Sabía que tarde o temprano muchos terminarían haciendo lo mismo que yo. Los barrios bajos no ofrecen demasiadas opciones. Pero mientras pudiera retrasar ese destino... lo haría.

Entonces lo sentí.

Un cambio en el aire. Un movimiento que no pertenecía al caos habitual del lugar.

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