Capitulo 1: Dolor en dos caras.

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El cielo estaba despejado aquella tarde. Mamá había insistido en que tomáramos ese viaje juntas, un respiro de la rutina, decía.

Ella conducía mientras yo revisaba mi teléfono, dejando que la música llenara los espacios entre nosotras. No solíamos hablar mucho, cuando estábamos en carretera, pero el silencio con mamá nunca había sido incómodo; su presencia siempre era suficiente, ella transmitía seguridad y calidez.

Recuerdo haber mirado hacia la ventana justo antes del impacto. Todo ocurrió en un parpadeo. Las luces del otro auto se acercaron demasiado rápido, y el mundo se sacudió con un estruendo. No sé cuánto tiempo pasó entre el momento en que sentí el golpe y el instante en que desperté.

Mi cabeza estaba aturdida, y mi cuerpo, pesado. Llamé a mamá, primero en un susurro, luego con más fuerza, ella estaba al lado mío, pero yo no lograba moverme, sentía un lado de la cara adormecido, recuerdo haber estirado la mano, para acariciar su cara, y todo mi mundo se volvió negro... Literalmente.

Ella nunca respondió a mis llamados, y deseé que lo hubiera hecho, al menos un susurro, algo que me haga recordar su voz.

La primera vez que lloré después del accidente no fue cuando me dijeron que mamá había muerto. Fue cuando me di cuenta de que nunca más escucharía su voz.

Mamá siempre cantaba para mí cuando mi ansiedad se volvía insoportable, cuando el nudo en mi pecho se hacía tan grande que sentía que no podía respirar.

Ella sabía qué hacer: Me abrazaba, susurraba palabras suaves, y luego, con esa voz cálida y dulce que parecía detener el tiempo, comenzaba a cantar. Su canción favorita era una vieja balada que hablaba de esperanza y nuevos comienzos. Nunca le presté mucha atención a la letra. Al menos hasta ahora, aquellas letras cantadas con la voz del artista, eran un tipo de lazo que sentía que me mantenía cercana a mamá, aunque su voz, nunca volvió a cantar.

Sin ella, el mundo era demasiado grande, demasiado ruidoso, demasiado cruel. Lamente tanto, todas las veces que en lugar de abrazarla y susurrarle cuanto la amo y la admiro, peleaba con ella, por la razón más estúpida. Porque cuando quise hacerlo, ella ya no estaba.

La ansiedad regresó como una ola imparable en el hospital. Cada vez que escuchaba pasos en el pasillo, mi corazón se aceleraba. Cerraba los ojos con fuerza, esperando que mamá entrara por la puerta para decirme que todo estaba bien, que había sido un mal sueño, que ella estaba aquí para cantarme.

Pero eso nunca pasó. Tanto en el pasillo de aquel hospital, como en el mundo, me esperaba lo mismo... Soledad.

Cuando finalmente me dejaron levantarme, fue para enfrentarme a algo que no estaba preparada para ver: Mi reflejo.

La mitad izquierda de mi rostro estaba cubierta por vendas, pero incluso entonces podía ver los rastros de lo que había quedado. Cicatrices profundas, hinchazón, una deformidad que no podía ignorar. Tenía una cicatriz con puntos de sutura que me recorría toda la mejilla, alrededor de mi ojo la piel estaba arrugada, producto de algunas quemaduras.

Era un recordatorio constante de esa noche, una prueba de que el mundo no tenía piedad, verme al espejo, era un disco en repetición de aquella noche, los gritos, el sonido del metal, los golpes, mi grito buscando a mamá, y después la oscuridad... Aunque esta se quedó como un tatuaje.

Los doctores me dijeron que podía "Recuperar algo de normalidad" con el tiempo, pero no entendían que el daño iba más allá de lo físico.

Mirarme al espejo era como ver a una extraña atrapada en mi cuerpo. Las voces en mi cabeza eran implacables, duras, sin piedad:

-"Eres un monstruo. Nadie podrá mirarte sin sentir asco."

Mi padre estaba allí todo el tiempo, pero era como si también lo hubiera perdido en el accidente. Nuestra relación, ya frágil, se desmoronó por completo.

Lo encontraba sentado en la sala por las noches, mirando el vacío. Intenté hablarle una vez, pero su respuesta fue tan fría como el ambiente en nuestra casa:

-Deberíamos estar agradecidos de que al menos una de ustedes sobrevivió - me dijo, y esas palabras me dejaron en silencio durante días.

Decidí volver a la universidad después de varios meses. No porque estuviera lista, sino porque no podía quedarme en esa casa un segundo más. Me compré una máscara negra que cubriera la mitad de mi rostro. Era simple, sin adornos, y perfecta para esconder mi desgracia. Sabía que sería objeto de burlas, pero prefería eso a que todos vieran lo que realmente había detrás, un mounstro, al menos así me autodenominaba.

El primer día fue peor de lo que imaginé. Los pasillos estaban llenos de susurros. Las risas no eran ni discretas ni mucho menos amables. Eran crueles, y yo sin mamá no era fuerte.

-Mira, es Phantom of the Opera - Escuché a alguien decir mientras caminaba hacia mi clase. No me giré, no respondí. No valía la pena.

Con el tiempo, aprendí a no mirar a nadie directamente. Mantenía la cabeza baja, los auriculares puestos, fingiendo que no existía.

Pero había momentos en que la soledad era insoportable. A veces me encontraba mirando el teléfono, buscando mensajes de mamá que sabía que no estaban allí.

Por las noches, me sentaba en mi cama, mirando la máscara sobre mi escritorio. Era mi refugio y mi prisión al mismo tiempo. Había días en que deseaba arrancármela y enfrentar al mundo, pero entonces recordaba las miradas, las risas, y volvía a ponerla.

La máscara no solo cubría mi rostro. Cubría mi dolor, mi vergüenza, mi culpa. Era mi forma de decirle al mundo: No me mires, no existo.

Había momentos en que cerraba los ojos y trataba de recordar la voz de mamá. Imaginaba su canto, sus manos acariciando mi cabello, y por unos segundos, lograba respirar con más calma.

Pero cuando volvía a abrir los ojos, todo se desmoronaba otra vez. Ella no estaba, y yo no sabía cómo vivir sin ella.

Y siempre estaba la misma pregunta al verme al espejo:

- ¿Quién eres Lisa? ¿Que eres más allá de esta superficie? -Pregunté a mi reflejo, llorando desconsoladamente, abrazándome a mí misma, como en los últimos años- Ayúdame a volver mamá.

Bien dicen que al final, los que se van, realmente están más cerca de nosotros que los vivos, y siempre mandan ángeles en nuestro camino, a cuidarnos.... No sabia lo cierto que era, hasta que la conocí a ella.

Beyond The Surface. Stories to obsess over. Discover now