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las sombras en el funeral

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El funeral de Yukime se llevó a cabo en una mañana gris y fría, como si el cielo también estuviera de luto por su partida. La iglesia, solemne y elegante, estaba adornada con flores blancas y lilas, las cuales contrastaban con el ambiente sombrío que invadía el lugar. La luz que se filtraba a través de las vidrieras, aunque tenue, proyectaba sombras alargadas, como si el edificio entero estuviera sumido en el dolor.

Las bancas estaban llenas de personas que, a pesar de la fría distancia de la muerte, se habían reunido para rendir homenaje a la joven que alguna vez fue el alma de su comunidad. Los miembros de Bonten, generalmente fríos y controlados, se habían reunido en silencio, con las miradas bajas, mostrando una vulnerabilidad que rara vez se veía en ellos. Sus ojos, enrojecidos y vacíos, reflejaban una mezcla de pérdida y culpa.

Mickey, sentado en la primera fila, apenas podía sostenerse de pie. Su rostro estaba tan pálido como si el sufrimiento hubiera drenado toda su vitalidad. Sus manos, temblorosas, apretaban un pañuelo con fuerza, mientras intentaba asimilar la realidad de que su hija ya no estaba allí. El dolor lo envolvía como una manta pesada, haciendo que cada respiro fuera más difícil de tomar.

El ataúd, de madera oscura y adornado con detalles dorados, reposaba en el centro de la sala. Sobre él descansaban varias coronas de flores, algunas enviadas por amigos y otras por aquellos que sabían la magnitud de lo que Yukime representaba, no solo para Bonten, sino también para todos los que habían tenido el privilegio de conocerla. La tapa del ataúd estaba cerrada, pero el recuerdo de Yukime, con su sonrisa traviesa y su mirada brillante, seguía vivo en los corazones de quienes la amaban.

El silencio era abrumador, interrumpido solo por el suave murmullo de las plegarias y las palabras de los pocos que se atrevían a hablar. Algunos, como Ran y Sanzu, no podían mirarlo a los ojos, con sus rostros llenos de arrepentimiento, mientras otros, como Kokonoi y Mochi, se mantenían serios, absortos en su dolor.

Reiko y Hikari, quienes siempre habían estado cerca de Yukime, estaban abrazadas, con los ojos llenos de lágrimas, como si el peso de la tragedia les aplastara el pecho. No podían aceptar que su amiga, su hermana, ya no estaría allí para protegerlas ni para iluminar su vida con su presencia.

Tres figuras encapuchadas se encontraban en la última fila, observando en silencio mientras todos rendían homenaje a la joven fallecida.

-Esto es raro...-dijo uno de los encapuchados en voz baja, mirando hacia el ataúd.

-Ni que lo digas...-respondió otra, sus ojos celestes se fijaron en los miembros de Seiyaku, quienes tenían la mirada perdida y llena de lágrimas-. Nunca pensé verlos llorar.

-Lo mismo digo...-dijo la última figura encapuchada, pero ella mirando a los miembros de Bonten.

El servicio avanzaba lentamente, mientras la imagen de Yukime parecía quedar grabada en la mente de todos. Los recuerdos de su risa, de sus momentos de ternura y de su fuerza inquebrantable se mezclaban con la tristeza de la realidad de su muerte. Yukime había tomado su destino con valentía, pero su sacrificio había dejado cicatrices profundas en aquellos que la amaban.

Al final de la ceremonia, cuando el ataúd fue llevado hacia el prado, donde Yukime solía esconderse en los días más tristes, un último acto simbólico se llevó a cabo. Cada miembro de Bonten, uno por uno, se acercó al ataúd y depositó una flor blanca, dejando en ella sus últimos pensamientos y promesas no cumplidas. Mickey fue el último en acercarse. Con el rostro marcado por el dolor, dejó caer una rosa sobre el ataúd y susurró en voz baja, casi inaudible:

"Perdóname, hija..."

El sonido de la tierra cayendo sobre el ataúd fue como un golpe final, sellando el adiós definitivo. La lluvia comenzó a caer lentamente, como si el mundo entero llorara la pérdida de Yukime, la princesa caída, la joven que había sido la luz para todos aquellos que la conocieron.

El sonido de armas cargándose resonó en todo el lugar, y el estruendoso eco de los disparos al aire retumbó en el campo...

En medio de los disparos, los tres encapuchados caminaron entre la multitud hasta llegar a la sepultura. El más alto dejó un lirio araña, la más baja un tulipán blanco, y la última dejó una rosa negra y un collar de estrella. Luego, se alejaron sin decir nada.

Mickey reconoció el collar de inmediato, era el que él le había dado a Yukime cuando ella cumplió cinco años. Volteó a ver a los encapuchados, quienes ya subían a un auto. Un mechón blanco fue lo único que alcanzó a ver de uno de ellos.

El sonido de los disparos aún resonaba en el aire, una estruendosa señal de que algo mucho más oscuro se avecinaba. Los tres encapuchados, figuras misteriosas que habían aparecido en el funeral de Yukime, se movieron con una calma inquietante, dejando atrás el pesado aire de luto que había marcado la ceremonia. Su presencia se sentía como una sombra que se arrastraba por el suelo, su paso deliberado y frío, contrastando con la desesperación palpable de los presentes.

Mickey, con la mente aún atormentada por la pérdida, apenas reaccionó a los tiros, su atención fija únicamente en el collar que descansaba sobre el ataúd de su hija. El collar de estrella, ese que le había dado cuando Yukime tenía apenas cinco años, ahora yacía junto a ella, como un recordatorio de los lazos irrompibles que habían existido entre ellos, un lazo roto ahora por la cruel mano de la muerte. La pieza de joyería tenía un brillo plateado que captaba la luz de la lluvia caída, haciendo que su reflejo pareciera una estrella fugaz, desapareciendo antes de que pudiera desear que su hija regresara.

El auto en el que se subió la figura de mechón blanco se alejó rápidamente, desapareciendo entre las sombras de la densa niebla que comenzaba a formarse. Mickey, con el corazón palpitando y el alma desgarrada, intentó dar un paso hacia el vehículo, pero algo lo detuvo: un pensamiento fugaz, como un presagio, lo hizo detenerse. Esa persona, la figura que había dejado el collar sobre la tumba de Yukime... sabía algo que él no.

Los miembros de Bonten, aún en el prado, observaban la escena con la misma confusión que había marcado el resto del funeral. La lluvia se intensificaba, empapando a todos, pero nadie se movió. El aire estaba cargado de tensión, y la sensación de que algo muy oscuro estaba por desatarse se apoderaba de ellos.

Mickey se quedó allí, inmóvil, mirando hacia donde el auto había desaparecido, con el collar de Yukime en las manos. Las palabras de su hija, sus últimas palabras, se repetían en su mente, y con ellas, la sensación de que todo lo que había hecho por ella no había sido suficiente. Había fallado en protegerla, y ahora se enfrentaba a la angustiosa incertidumbre de quién estaba detrás de todo esto.

El lamento en su pecho se intensificó, pero no hubo respuesta. Sólo quedaba la lluvia y el eco lejano de los disparos, como un recordatorio de que las sombras que habían marcado la vida de Yukime aún no se habían ido.

Y entre ese silencio denso, el collar de estrella, ahora en las manos de Mickey, parecía resplandecer con una nueva luz, como si le estuviera enviando una señal, un mensaje encriptado entre las estrellas...

la hija del rey III: Red MoonStories to obsess over. Discover now