La carretera se alargaba como una serpiente dormida entre las colinas cubiertas de neblina. Clara observó cómo la línea de árboles, inicialmente esporádica, se había vuelto una barrera impenetrable a ambos lados del camino.
Aquellos troncos altos y retorcidos parecían inclinarse hacia ella, sus ramas formando un techo natural que filtraba la luz del atardecer en oscuros haces dispersos. A pesar de que había preparado su visita con meses de antelación, una sensación de malestar comenzó a crecer en su pecho.
Llevaba siete horas conduciendo desde la ciudad más cercana. Su viejo GPS dejó de funcionar hacía dos horas; incluso la radio había sido consumida por el silencio estático. Clara buscó consuelo en el mapa que reposaba en el asiento del copiloto. En la esquina del papel amarillento, el nombre Erelva aparecía escrito con letras temblorosas.
Finalmente, tras tomar un desvío apenas visible, llegó al pueblo. El cartel oxidado que lo anunciaba apenas se mantenía en pie. Decía "Bienvenidos a Erelva", aunque alguien había tachado la palabra bienvenidos.
El lugar estaba casi desierto. Las casas, muchas de ellas de madera, lucían envejecidas, con ventanas tapiadas o cristales rotos que reflejaban el último brillo del día como ojos muertos. Apenas vio a un par de personas; sus miradas, largas y vacías, se detuvieron en Clara con un peso que le resultó insoportable.
El suelo de tierra estaba marcado por profundas grietas; ni siquiera el viento se atrevía a soplar en ese lugar. Al detener su auto frente a lo que parecía ser una posada, Clara apagó el motor, y el silencio la envolvió. "Es solo un pueblo viejo", pensó para tranquilizarse. Pero no podía negar que el aire olía a encierro.
La anciana que regentaba la posada la recibió con una sonrisa extraña, como si fuera más una advertencia que un gesto de hospitalidad.
-¿A qué vienes, forastera? -preguntó mientras le entregaba una llave de hierro con un número apenas visible grabado en su superficie.
-Soy arqueóloga. Vine a explorar las ruinas que se encuentran en el bosque cercano -respondió Clara, tratando de sonar natural.
Los ojos de la mujer se oscurecieron y sus manos temblaron por un instante antes de retirarlas bruscamente.
-Esas ruinas... no traen nada bueno -dijo en un susurro. Su mirada evitó la de Clara mientras se alejaba hacia la trastienda.
Intrigada, Clara se instaló en su habitación, una modesta estancia con muebles desgastados y una sola ventana que daba al bosque. Desde allí, podía ver los árboles agrupados en sombras densas, como si conspiraran contra el cielo.
Apenas cerró la puerta, escuchó el primer ruido. Alguien parecía caminar lentamente por el pasillo, arrastrando los pies. Clara abrió la puerta de golpe, esperando encontrar a otro huésped, pero no había nadie. La madera del suelo crujió bajo sus pies, y el sonido desapareció.
Esa noche, a pesar del cansancio, apenas pudo dormir. Los árboles parecían moverse bajo la luz de la luna, y el viento golpeaba la ventana con una insistencia inquietante. Poco antes del amanecer, un murmullo la despertó. Eran palabras suaves e incomprensibles, como si surgieran de un rincón de su mente o... de las paredes mismas.
Decidida a empezar su investigación, Clara se adentra en el bosque temprano por la mañana. Aunque llevaba un machete pequeño y su equipo profesional, cada crujido bajo sus botas la hacía estremecerse. Los árboles aquí eran distintos, más grandes de lo que jamás había visto, y cada tronco parecía doblarse en ángulos imposibles, creando formas casi humanas que la observaban en silencio.
No pasó mucho tiempo antes de encontrarse con un anciano vestido con ropas deshilachadas y una barba blanca que le llegaba al pecho. Estaba inclinado sobre un círculo de piedras, murmurando algo que Clara no alcanzaba a entender.
