Prólogo

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Narradora omnisciente

   Una chica de cabellos castaños, se dirigía a su habitación a pasos apresurados, después de haber pasado por la última prueba de sangre.

   El largo pasillo le brindaba silencio y soledad, algo a lo que la castaña ya se había acostumbrado desde que era apenas una niña, pues desde que tenía memoria, solo había convivido con doctores y enfermeras serias de poca paciencia, que a tan corta edad, había aprendido a como sobrellevarlos sin morir en el intento. Sabía cuando estaban de mal humor cuando por ejemplo; ella entraba a la sala donde le harían las pruebas de sangre y ni siquiera la saludaban o se atrevían a mirarla a los ojos, comportándose indiferentes con ella. Esto con el propósito de, según Ava; "ella necesita aprender a controlar su ira a través del silencio de las personas", dejar de creer que porque nadie la mira o le corresponde un simple saludo, no la están escuchando. Al contrario, su presencia es tan fuerte e imponente, que en cualquier lugar al que entre, llama la atención hasta sin desear que así fuera.

Sus pasos, apenas perceptibles en aquel lugar ajeno al desorden y el ruido exterior, la guiaron con seguridad hasta llegar frente a una puerta blanca, donde en un cartel de color negro, tenía grabadas las siguientes palabras; sujeto A0 "El arma", que la diferenciaban de las otras habitaciones en los otros pasillos.

Abrió la puerta, sintiendo únicamente, desigualdad ante el cartel, puesto a que llevaba conviviendo con el desde que tuvo uso de razón.

Frente a ella solo había una cama ordenada, una pequeña mesita al lado con una lámpara de luz amarilla y un armario con un par de prendas que ni siquiera se habían molestado en conseguir algo de su talla.

Caminó por la habitación, en busca de una cajita que había escondido dentro de un zapato bajo su cama. La tomó entre sus manos para luego abrirla y ver su contenido.

Sin embargo, no pudo verlo por mucho tiempo, ya que, el sonido de unos tacos, le anunciaban el acercamiento de alguien que pronto llegaría a su cuarto. Reconocía a distancia el sonido de los pasos, como sonaba primero el taco y luego la planta del pie, ella sabía quien era.

Rápidamente sacó lo que escondía en el interior de la caja y lo metió a su bolsillo, tapándolo con la blusa que ya de por si, era bastante larga y la tapaba muy bien. Escondió la cajita en el zapato y lo deslizó bajo la cama. Se levantó del suelo justo a tiempo para pararse recta con ambas manos entrelazadas detrás de su espalda y la mirada fija en la puerta, para ver cómo por el umbral de la puerta, aparecía una mujer de piel blanca y cabello rubio, recogido en una coleta baja bien estirada, sin dejar ningún mechón rebelde a la deriva.

La mujer se le quedó viendo fijamente, sin expresión alguna, analizándola silenciosamente de pies a cabeza, mientras la chica se mantenía inmóvil, con la mirada en alto y el rostro neutro, como si no tuviera miedo de que ella pudiera descubrir que en su bolsillo yacía su pequeño secreto.

—¿estás lista? —preguntó la mujer, su voz retumbando en cada rincón de la habitación, rompiendo la afonía que existía en el lugar.

La castaña asintió levemente, sin ver necesario mover sus labios para responder a una pregunta tan simple. Sus pies se movieron casi que automáticamente hacia la mujer, pasando por su lado para nuevamente salir al pasillo desolado.

   La rubia miró el interior del cuarto, sus ojos recorriendo cada centímetro de este, como si la nostalgia se hubiera apoderado de ella en un momento que era crucial para ambas estar concentradas. Pues, sería la última prueba de la chica.

   El sitio no contaba con ventanas, por lo que la castaña no percibía en qué hora vivía su día a día. Solo distinguía pequeños reflejos de luz natural cuando visitaba a la doctora Ava en su oficina, donde contaba con un ventanal enorme en el que se veía el mundo exterior o al menos era lo que ella creía que era real, solo que cuando la castaña visitaba a la mujer, esta se limitaba a cerrar las cortinas, dejando a la chica en una incógnita de lo que podía haber detrás de los muros a los que ella llamaba hogar.

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