Prólogo

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OLIVER

Creo que distingo sus gritos en el pasillo. Su voz parece llenar la sala, aunque ahora mismo no estoy totalmente consciente. ¿Ella está bien? Mis recuerdos están demasiado borrosos. Un médico me pone una vía mientras me habla. Yo a duras penas distingo lo que me dice.

—Has sufrido un accidente. Vamos a dormirte porque hay que operarte. Tranquilo.

Esas tres frases sí que logro oírlas. Mi mente va y viene. Todo lo veo turbio. La boca me sabe a sangre. Maldición. No ha sido un accidente, quiero decirle, pero hay algo aún más importante que explicar lo que ha pasado.

¿Cómo está ella? Lo que ha pasado ha debido de destrozarla. Al menos, lo poco que recuerdo de lo que ha ocurrido. Joder, ojalá no los escuche. Por favor, que no le haga caso a ninguno de ellos. Joder. No puedo volver a pasar por esto otra vez. Maldición, ¿y si ocurre lo peor? El dolor que siento en el pecho amenaza con romperme. Apenas siento mi propio cuerpo, pero esa tortura interna es real.

Ojalá no los haya escuchado. Por favor, que sea más fuerte que ellos. Que la única opinión que realmente le importe sea la suya. Y la mía, porque creo que le importará saber que la forma en la que pienso en ella y en la que la observo no la elijo ni yo. Ella ha sido como un abrazo a tiempo, o incluso como una cachetada que me ha recordado lo importante que es vivir. Que solo hay una vida. Que somos jóvenes. Que, con diecisiete años, me merezco más que sentir esa rabia en el pecho por lo que ocurrió años atrás.

—Camila.

Y no sé si estoy preguntando por ella o llamándola. Creo que ambas cosas. Pienso que mi voz no tiembla por lo que nos ha pasado, sino porque su nombre es como sumergirte en un torbellino. Seis letras. Un mundo para mí.

Los gritos siguen sonando en el pasillo mientras me llevan a otra habitación. Yo apenas veo. Casi no escucho. Siento un pitido en los oídos y la voz de los médicos hablando apresurados entre sí. De alguna forma, me percato de cómo la camilla se mueve mientras cierro los ojos, agotado de luchar contra el sueño.

—¡Oliver!

Su voz me hace apretar los dientes e intento volver a la conciencia. Consigo abrir los ojos a tiempo para verla tratar de acercarse, pero un guardia de seguridad la detiene. La coge en el aire para detener sus pasos. Cambiaría todo lo que tengo, todo lo que he sido en esta vida, cada recuerdo, cada sentimiento y cada momento, por poder sentir una vez más el tacto de su piel. Por decirle que voy a hacer todo lo posible por salir de esta. Que no es su culpa, que fui yo el que elegí ir a buscarla. Que con ella no hay palabras.

—¡Oliver! ¡Suéltame! ¡Suéltame! —Su voz sigue sonando por todos lados. Yo me encojo al oírla. Incluso en este estado, mi estómago reacciona, quema, como tantas otras veces lo he hecho al escucharla.

—Camila. Camila. —Miro a una de las personas que me está llevando hacia quirófano y hago gala de todo mi esfuerzo para tocarle la mano y llamar su atención. La mujer me observa mientras ella sigue gritando mi nombre en la distancia y un médico apremia a los que me trasladan, por lo que he sido capaz de oír en la nebulosa de mi mente, a la planta de operaciones—. Por favor... por favor...

La enfermera se acerca más a mí, tratando de escuchar las palabras que salen de mis labios mientras los ojos se me llenan de lágrimas. Y ruego de todo corazón que me haya escuchado, porque necesito que este mensaje llegue a la única persona capaz de hacer que quiera aferrarme a esta vida.

Por favor... si esas han sido mis últimas palabras... que lleguen a ella. Por favor...

Tengo tanto miedo. Nunca he estado tan asustado. Parece que lo único que sigue aquí es mi mente. No puedo moverme. Ni respirar.

No hace falta que me pongan la anestesia. Mis ojos se cierran solos y caigo en las profundidades de la inconsciencia en el segundo antes de sentir cómo los médicos ponen algo sobre mi boca.

Os sigo subiendo. ¿Os ha gustado? ¿Qué pensáis que ha pasado? Os leo <3

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Canción de otoñoWhere stories live. Discover now