El comienzo de todo

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El sol abrasador de Ciudad de México se filtraba a través de las ventanas de la pequeña pero acogedora cocina de Natalia Rugerio. Era su primer día como estudiante de gastronomía, y aunque su rutina diaria ya estaba abarrotada de transmisiones en vivo, grabaciones y eventos de alfombra roja, había decidido dar este paso. Para ella, la gastronomía no era solo una carrera; era un escape, un lugar donde podía ser simplemente Natalia y no "la streamer más famosa del mundo".

Con su mochila al hombro, salió de su departamento en el corazón de la ciudad. Su independencia desde los 13 años la había moldeado en una mujer madura y autosuficiente, pero a veces extrañaba tener a alguien en quien apoyarse. No obstante, esa mañana estaba llena de ilusión y algo de nervios. Mientras caminaba hacia la universidad, recordó su lista, esa que había escrito años atrás. "Cuando tenga diecisiete, me enamoraré del chico que...". Aunque ahora tenía 18, la lista seguía siendo un secreto que guardaba celosamente, casi como un mantra de lo que esperaba del amor.

El campus estaba lleno de energía. Estudiantes iban y venían con sus uniformes impecables y herramientas de cocina, mientras Natalia observaba todo con una mezcla de curiosidad y emoción. Entró al aula asignada, y para su sorpresa, algunos compañeros parecían reconocerla. Susurraban, lanzaban miradas y uno incluso pidió una selfie. Natalia sonrió, acostumbrada a este tipo de atención, pero estaba decidida a no dejar que su fama definiera su experiencia universitaria.

Al final de su primera clase, una compañera llamada Fernanda se acercó.
—Eres Natalia Rugerio, ¿verdad? Mi hermana es tu fan. Siempre está hablando de tus streams.
—Sí, soy yo —respondió Natalia con una sonrisa—. Espero que no esperes encontrarme quemando la cocina en vivo, ¿eh?
Ambas rieron, y así comenzó la que prometía ser una nueva amistad.

Más tarde ese día, Natalia recibió una invitación para una fiesta de bienvenida organizada por los estudiantes de tercer año. Dudó en asistir, pero Fernanda la convenció.
—¡Vamos! Será divertido. Además, seguro habrá buena comida, y tienes que conocer a más gente.

Al llegar a la fiesta, Natalia sintió la vibrante energía del lugar. Música, risas y un ambiente despreocupado llenaban el aire. Mientras exploraba la casa, una voz familiar llamó su atención.
—¿Natalia Rugerio? Vaya, esto sí que es una sorpresa.

Se giró y ahí estaba Diego Morales, un rostro que no esperaba volver a ver. Alto, con una sonrisa arrogante y esos ojos oscuros que parecían ver a través de ella, Diego había sido su compañero en la secundaria. Aunque en ese entonces era un chico problemático, siempre había tenido un lado protector con ella. Sin embargo, su relación no había terminado bien.

Natalia sintió cómo su estómago se tensaba al encontrarse cara a cara con Diego. Él estaba exactamente como lo recordaba: una mezcla de arrogancia y confianza que siempre había detestado, pero que, de alguna forma, también la intrigaba. Vestía una camisa blanca de lino desabotonada justo lo suficiente como para insinuar su gimnasio diario y llevaba en la mano un vaso con lo que parecía ser whisky.

—Diego... Qué sorpresa verte aquí. —Intentó sonar neutral, aunque por dentro la invadía la incomodidad.

Diego inclinó la cabeza, una sonrisa ladeada asomándose en su rostro.
—Lo mismo digo. Nunca pensé que vería a la gran Natalia Rugerio en una fiesta universitaria. ¿No estás demasiado ocupada siendo famosa?

El tono burlón hizo que Natalia apretara los labios. Diego sabía cómo presionar sus botones, y eso no había cambiado en absoluto. Antes de que pudiera responder, una voz cálida y con un leve acento español interrumpió.

—¿Está todo bien?

Natalia giró la cabeza y vio a Pablo Gavi, quien se acercaba con las manos en los bolsillos. Su actitud relajada contrastaba con la intensidad que irradiaba Diego. Gavi llevaba una camiseta sencilla y jeans, pero su sonrisa genuina tenía el efecto de hacerla sentir más tranquila.

Bajo la lluviaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora