Paige Ray nació en un mundo quebrado, hija de dos ideales opuestos. Su madre, Marlene, lideraba a las Luciérnagas con la firmeza de quien cree en una causa mayor. Su padre, un soldado de FEDRA, también soñaba con un futuro mejor, pero desde el otro lado de la guerra. A pesar de sus diferencias, se amaron en el caos, en momentos robados de tregua. Pero la guerra no perdona. Cuando Paige aún era una niña, su padre murió, dejando solo el peso de su ausencia y las historias de su madre sobre un hombre que creyó en algo más grande que sí mismo.
Paige creció entre las filas de las Luciérnagas, observando desde las sombras mientras otros proclamaban lealtades con fervor. A diferencia de su madre, no alzaba la voz en discursos apasionados ni se movía con la convicción de quien busca cambiar el mundo. Ella escuchaba, pensaba y sentía. Comprendía la causa, pero también veía los rostros cansados, las miradas llenas de miedo, el precio que cada victoria exigía.
A los 15 años, la enviaron a la Universidad del Este de Colorado, uno de los últimos bastiones de las Luciérnagas. Antes de partir, Marlene la llamó a solas. En su mano, tenía una medalla de Luciérnaga. Paige la sostuvo con cuidado, observando el símbolo grabado en el frente. Al darle la vuelta, vio su nombre completo y su número de soldado.
—Es tuya ahora —dijo Marlene, con una seriedad que pesaba más que las palabras—. No puedo darte certezas, Paige, pero puedo darte esto. Un recordatorio de quién eres.
Luego, le entregó una pistola. Paige la sostuvo con manos temblorosas, sintiendo el peso real de lo que significaba. No era un regalo. Era una responsabilidad. Un recordatorio de que, estuviera lista o no, el mundo le exigiría pelear.
Las noches allí eran silenciosas, solo interrumpidas por el murmullo de los centinelas y el eco de recuerdos de un mundo que ya no existía. Estaba sola en un lugar que debía llamar hogar, rodeada de soldados y médicos que aún creían en un futuro donde todo este sufrimiento tendría sentido. Paige quería creer también. Pero en lo profundo, se preguntaba si alguna vez lo haría.
•••
El sol de la tarde caía sobre el lago, reflejándose en la superficie con un brillo suave y dorado. Marlene y Paige estaban sentadas en la orilla, con los pies hundidos en la tierra húmeda, disfrutando de un raro momento de tranquilidad. Habían caminado hasta allí para alejarse de la rutina de la Universidad, para hablar sin la presión de órdenes o estrategias—¿Te imaginas cómo era esto antes?
—No tengo que imaginarlo, lo recuerdo—Su madre respondió sintiendo la nostalgia invadir su mente—Mi madre me llevaba a un lago como este cuando era niña. Me enseñó a nadar ahí... casi me ahogo tres veces.
Paige soltó una pequeña risa, y por un momento, la guerra y la muerte parecieron lejanas. Marlene sonreía también teniendo un pequeño momento madre e hija, pero entonces, un sonido entre los árboles rompió la calma. Un chasquido de ramas, un paso apresurado, no estaban solas.
Antes de que pudieran reaccionar, los disparos rasgaron el aire. Marlene empujó a Paige hacia el suelo y sacó su pistola, devolviendo el fuego. Paige, con el corazón latiéndole en la garganta, sacó la suya también. Había cinco atacantes. Bandidos, probablemente, cazadores que buscaban presas fáciles.
Ellas no lo eran.
En medio del tiroteo, la pequeña logró disparar un par de balas, fallando por su falta de práctica, todo antes de sentir el ardor en su brazo. Un cuchillo se desgarró en su piel. Gritó y disparó por reflejo, asustando al hombre lo suficiente para hacerlo retroceder. Marlene giró, con los ojos llenos de terror e ira, vacío su cargador en su cuerpo sin pensarlo.
Cuando el último de ellos cayó, Paige presionó su herida, su mano cubierta de sangre. Su respiración era errática, y el dolor punzante la hacía ver borroso.
—Tenemos que irnos—Con voz urgente, Marlene se apuró arrodillándose a su lado, no esperó respuesta. La levantó y la sostuvo todo el camino de vuelta. Nunca había estado más asustada.
Horas después, en la Universidad del Este de Colorado, Paige estaba sentada en una silla, intentando vendarse sola. Su madre se arrodilló frente a ella, tomando la venda con manos firmes pero con cuidado.
—Déjame hacerlo—Paige no protestó, dejó que Marlene le limpiara la herida, sintiendo cómo su respiración aún no se estabilizaba. Marlene tomó un paño y lo empapó con el alcohol antes de pasarlo sobre la herida. Paige apretó los dientes, sintiendo el ardor recorrerle el brazo. Su madre trabajaba con cuidado, limpiando la sangre antes de envolver su brazo con una gasa estéril.
—Voy a apretar un poco—Marlene colocó la venda alrededor de su antebrazo, Paige sintió el latido de la herida palpitando contra la presión del vendaje, pero se obligó a no quejarse. Marlene terminó asegurándolo con un nudo resistente.
—No es tan profunda —dijo Marlene, más para convencerse a sí misma que a Paige—Pero tienes que tener más cuidado—Paige sostuvo su mirada. Y por primera vez en mucho tiempo, vio a su madre no como la líder de las Luciérnagas, sino como lo que siempre había sido para ella: su madre.
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The end of the world - Jordan
TerrorIf the sun refused to shine Baby would I still be your lover?
