La noche había caído sobre el reino. Sus habitantes dormían en paz bajo la penumbra nocturna... excepto una joven princesa de cabellos rosados. Se podían escuchar los pasitos de la niña mientras corría de un lado a otro por los pasillos de mármol pulido del palacio.
—Vamos, pequeña... es hora de ir a la cama —dijo su padre, atrapándola con suavidad y cargándola en brazos.
—¿Me contarás una historia? —preguntó ella, con los ojos brillantes de expectación.
—Claro —respondió Aram con cariño, mientras la acomodaba sobre su hombro.
—Pero... ¿y Liam? —preguntó Stella, frunciendo el ceño—. A él le gustan estas historias.
Aram suspiró, su rostro mostrando una tristeza que pocas veces permitía ver.
—Tu hermano fue castigado por mamá —le explicó con suavidad—. Sabes bien que a ella no le gusta que intervengamos... o podría empeorar las cosas para él.
Era un secreto a voces en el palacio: la reina castigaba a su hijo mayor por cualquier molestia. A pesar de ser solo un niño, podía pasar días encerrado en la oscuridad, sin comida ni visitas. Aram nunca estuvo de acuerdo con esos métodos: crueles, sádicos y moralmente inaceptables. Sin embargo, él era el consorte de la reina y no podía enfrentarse a su autoridad, sin importar cuánto quisiera.
Aram miró a Stella con una sonrisa cómplice, deslizando suavemente su mano por el cabello de la niña.
—Aunque... tu madre no está en estos momentos. ¿Qué dices si lo sacamos un rato del encierro para que coma y comparta con nosotros?
—¡Siii! —exclamó Stella, saltando de emoción en los brazos de su padre.
Juntos se dirigieron a la habitación de Liam, donde el suave sollozo del pequeño príncipe aún se escuchaba detrás de la puerta cerrada. Aram sacó la llave de repuesto que siempre llevaba consigo, por si acaso, y quitó el seguro con cuidado.
—Pssst... Liam —susurró Stella al asomarse.
Dentro, Liam estaba acurrucado en el rincón más oscuro del cuarto, abrazando sus rodillas. El lugar olía a humedad; era un espacio grande, pero sobre todo vacío, con una pequeña ventana en lo alto de la habitación cuya entrada de luz era completamente inútil. Apenas se podían distinguir sus cabellos dorados bajo la penumbra.
—¿Stella? ¿Papá? —preguntó, levantando la cabeza y parpadeando, intentando enfocar su visión—. ¿Mamá ya me perdonó por entrar a la biblioteca sin permiso? Yo... yo solo quería leer las antiguas aventuras...
Su voz se quebró y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
—¿Te encerró por leer? —preguntó Aram con seriedad, aunque su corazón dolía al ver al niño así.
Liam asintió con la cabeza entre sollozos.
—Me dijo que no debía husmear donde no debía... que parecía un plebeyo curioso...
Sus ojos rosas se llenaron de lágrimas.
—Y... otra vez me jaló el cabello, diciendo que me odiaba... ¿Por qué mamá odia mi cabello, papá? ¿No le gusta el dorado? No quiero que me siga odiando...
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Ecos en el Templo (original)
FantasyEn Talesquinia, los príncipes no solo heredan coronas: deben demostrar que son dignos de gobernar. Liam D'rake, cuarto entre los veinticuatro herederos de los reinos, ha sido criado para la perfección y para obedecer las tradiciones de su pueblo...
