El sol brillaba intensamente esa mañana, como si nada hubiera cambiado. Serufu se despertó con energía, como siempre, y comenzó su día con su acostumbrado ritmo acelerado. La habitación estaba llena de herramientas esparcidas, materiales y proyectos a medio terminar. Estaba decidida a seguir adelante. Después de todo, había tantas ideas que aún quería llevar a cabo. Un millón de proyectos que no podían esperar.
A pesar del dolor que comenzaba a punzar su pecho, y la fatiga que pesaba sobre su cuerpo, Serufu intentaba ignorarlo. No podía permitir que su ánimo se viera afectado. No quería que nadie lo notara. No podía permitir que lo notaran.
El dolor comenzó a intensificarse durante la mañana, como si una presión invisible apretara su pecho. Cada respiración se volvía más difícil, pero Serufu, aferrada a su determinación, solo se recostó unos minutos en el sofá de su sala, esperando que se pasara. "Solo es un mareo", se repetía una y otra vez. "Solo es estrés. No hay nada de qué preocuparse."
Cuando la niebla comenzó a invadir su visión, pensó que era una señal de que debía descansar. "Unos minutos más", pensó, cerrando los ojos. Pero pronto, ese leve mareo se convirtió en un vacío total. El mundo se desvaneció.
Cuando despertó, estaba en su cama, y la luz cálida de la tarde se filtraba por las ventanas. Al principio no entendió qué había pasado, hasta que vio a su madre sentada a su lado, con una expresión de preocupación.
—Mamá... ¿qué ocurrió? —preguntó, tratando de incorporarse, pero el dolor de cabeza era demasiado fuerte.
—Te desmayaste, Serufu. Estabas muy pálida. Me asusté mucho. Te llevé al hospital, y los médicos... —la voz de su madre tembló, y Serufu, al escuchar la palabra hospital, sintió que su corazón se detenía un instante.
—¿El hospital? —repetió, sorprendida y confundida.
El médico había sido claro en el diagnóstico. Una enfermedad rara, progresiva, con pocas opciones de tratamiento. Mortal. Serufu estaba tan en shock que las palabras del doctor parecían no llegar a su mente. Solo podía pensar en una cosa: no podía dejar que nadie lo supiera. No quería ser tratada como alguien débil, y mucho menos perder lo que tenía. El club DIY, sus amigas, todos esos momentos que aún no había vivido.
—Solo... quiero descansar un poco. No quiero preocupar a nadie, mamá —dijo, levantándose con dificultad. Aún no estaba lista para enfrentar la realidad. No de esa forma.
El médico les dio instrucciones para el tratamiento, pero Serufu, al ver que su madre se quedó conversando con él, se escapó al baño para evitar escuchar más detalles. Ya tenía suficiente. Al mirarse al espejo, se vio más pálida que nunca. Pero, como si fuera un reflejo automático, sonrió, intentando convencerse a sí misma de que todo estaría bien. Era solo un mal momento.
No podía mostrar debilidad.
La idea de revelar lo que pasaba aún la aterraba. Nadie en el club DIY debía saberlo. No podía arruinar su dinámica, no podía convertir la tristeza en algo central cuando aún quedaba tanto por hacer. No hoy. No ahora.
La mentira de todos los días
Cuando sus amigas vinieron a visitarla esa tarde, Serufu las recibió como si nada estuviera mal. Takumi, Jobko, y las demás entraron al cuarto con una sonrisa en el rostro, sin imaginar siquiera la tormenta que se desataba dentro de Serufu.
—¡Serufu, ya te extrañábamos! —dijo Jobko, moviendo una de las manos en el aire como si estuviera tratando de despejar las nubes. —¡Vamos a hacer cosas grandes en el taller DIY, ya tenemos algunas ideas para el próximo proyecto!
—¡Eso es genial! —respondió Serufu con una sonrisa, aunque no podía evitar que su corazón latiera con más fuerza por la ansiedad. Estaba agotada, pero no podía mostrarlo. Nadie debía notar nada raro.
Aunque se sentía débil, Serufu se levantó y se unió a ellas en el salón. Estaba decidida a mantener la fachada. Si todo salía bien, tal vez el tiempo se olvidaría de ella, y podría continuar con su vida como siempre. Si mantenía el ritmo de siempre, tal vez sus amigas no verían nada extraño.
Sin embargo, cada palabra, cada gesto, le costaba más de lo que esperaba. La fatiga le pesaba en los ojos, el dolor le recorría el cuerpo como una sombra constante. Se sentía como si estuviera caminando sobre una cuerda floja, esperando que alguien la descubriera.
Takumi la miró un par de veces, su expresión se tornó pensativa, pero Serufu, al notar la mirada, la desvió rápidamente.
—¡Vamos a hacerlo! ¡Hagámoslo juntas! —dijo, sonriendo con una energía exagerada. Pero incluso ella misma notaba que no era lo mismo.
Las chicas comenzaron a hablar del proyecto con entusiasmo, sin darse cuenta de la distancia creciente entre ellas y Serufu. Aunque se reían y disfrutaban el momento, la verdad seguía ocultándose bajo una capa de sonrisas.
No quería perder esto.
El tiempo pasó, pero cada día que pasaba, la enfermedad le recordaba su presencia con más intensidad. En cada paso, en cada respiro, Serufu luchaba por mantener la apariencia de normalidad. Todo seguía igual... o al menos eso intentaba, que pensaran.
En los días que siguieron, el dolor empeoró. El cansancio se volvió más profundo, más difícil de ocultar, pero Serufu no podía dar el paso de revelarlo. Aún no.
Una noche, mientras las chicas del club DIY seguían trabajando en nuevos proyectos, Serufu se quedó en silencio, observando cómo sus amigas se sumergían en la creatividad, riendo y conversando. El dolor en su pecho era casi insoportable, pero se obligó a sí misma a seguir adelante, como siempre.
Lo haría, lo haría por ellas. No podía permitir que la tristeza las alcanzara. No aún.
Y mientras las luces del taller DIY brillaban sobre su rostro, Serufu se aferraba a esa pequeña chispa de esperanza que le quedaba. Todavía podía hacer algo más. Todavía podía crear.
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El Último Detalle
Storie breviSerufu Yua siempre ha sido una chica llena de energía y pasión por el bricolaje, dispuesta a enfrentar cualquier desafío con sus propias manos. Sin embargo, su mundo da un giro inesperado cuando se entera de que padece una enfermedad terminal.
