TIC TAC TIC TAC
Las agujas seguían un bucle, constante, cansado. Siempre el mismo destino, siempre el mismo camino.
La hija del relojero les daba cuerda, les hablaba y contaba sus penas.
Es una tontería, pero ella era una niña.
Las agujas avanzaban sin descanso, porque la hija del relojero les daba cuerda a diario.
Escuchaban, atendían a los problemas de la niña y, con su pulso mantenido, la distraían.
Querían parar, descansar, pero con la hija del relojero no podían hablar.
La llave giraba en el mecanismo del reloj, primero los de madera, después los que descansaban sobre la mesa.
La hija del relojero pensaba que si abandonaba la tarea los reloges no la perdonarían, creyó que morirían.
Es una tontería, pero ella era una niña.
Un día el relojero no llamó a su hija, estaba enferma y sufría jaqueca.
Dos relojes se pararon y los otros no descansaron.
Los que no cesaron siguieron con su vida hasta el siguiente día.
Vieron la calma de la que gozaron los parados y se negaron a seguir girando.
Poco tiempo pasó y la niña se recuperó.
Decidió dar cuerda a los relojes que tuvieron tregua.
Continuaba su ritual cuando recibió una punzada por detrás, algo le había atravesado la yugular.
Una aguja había dejado de sonar y ya no lo harís jamás.
*
Si os preguntáis qué pasó con el relojero, no se supo más de su paradero.
¿Quién creería qué el reloj mató a la niña, si había sido la mente del relojero la que inventara todo aquel entuerto?
Él oía el tic tac y quería hacerlo parar.
