Los alfas habían desaparecido, una rara emfermendad habia acabado con todos, nunca llegaron a pensar hasta que punto eran necesarios, la poblacion cada vez mas reducida, su taza de natalidad cada vez mas baja, una tierra poblada solo por betas y ome...
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Senjuro;
Senjuro Rengoku despertó con la sensación de su vejiga llena, podía jurar que si movía solo un poco se haría ahí mismo, apretó sus piernas tomando postura cautamente, mirando hacia el exterior de la cueva.
Sabía perfectamente que no era bueno tomar tanta agua antes de ir a dormir, estos inconvenientes no eran buenos para su pequeña manada de omegas, ahora tenía que despertar aun hermano para que lo acompañara a la zanja que habían cavado para eso mismo uso.
Lo pensó un momento mirando hacia el exterior, densa lluvia caía en gotas gruesas y a montones, sin tregua alguna, sabía perfectamente que si salían en unos segundos estaría empapado.
Hacia frio, un escalofrió se lo confirmo al salir de sus cálidas pieles, tuvo que abrazarse así mismo al sentir una brisa gélida calar sus huesos.
Estaba decidido, llegando a la grata conclusión que no valía la pena despertar aun pobre compañero omega por sus infortunios, camino hacia la grieta que habían tomado como salida y entrada.
Dándose calor así mismo con sus manos, tomo la gruesa capa de piel colgada en el extremo de la grieta, situándosela sobre sus hombros estrechos, suspirando lleno de alivio al sentir el calor regresar a su cuerpo pequeño, al ser un omega y otras circunstancias peculiares, como el hecho de que no era de ese planeta inhóspito y no estaba acostumbrado a su clima.
En la tierra la lluvia no provocaba tan bajas temperaturas, solo que fuera agua nieve y este aguacero era todo menos nieve, ni se le parecía.
Tomando la lanza apoyada en la saliente, para su propia protección, salió debajo de la gruesa lluvia y como predijo, se empapo en cuestión de segundos provocando que su fino traje de piel de animal se pegara a su cuerpo curvilíneo, ser un omega tenía sus ventajas.
Su cabello rubio pegándose a sus mejillas y cuello, sus tobillos salpicados de tierra mojada y barroso, sus brazos casi hecho hielo por el agua torrencial, camino tranquilamente, total no se podía mojar más de lo que ya estaba.
Tuvo que acuclillarse en la arena fangosa, clavando los dedos de los pies para evitar caer y mantener el equilibrio, no se preocupaba muchos sus pies se lavarían una vez que tocara la roca de la pequeña montaña donde se habían establecido.
Mirando al horizonte, más específico a la línea de los árboles que bordeaba la pequeña montaña echa cueva.
Sus ojos dorados como un rayo de sol abrazador, se agrandaron en horror, el pánico comenzando a acelerar los latidos de su corazón, golpeando rítmicamente la caja torácica, cuando observo los árboles moverse y no eran arboles pequeños, ni pequeños arbustos, eran como grandes edificios que podían tapar el sol que darían sombra todo el día, así que lo que se movía ahí, era grande y fuerte para poder mover los gigantescos y gruesos troncos y sacudir las copas de los árboles como lo hacían.