Años después.

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Con las rodillas entre cruzadas y sus manos entrelazadas, los azules cabellos de Konan se mecieron con la aire que hizo silbar al campanario, llamando su atención como solía hacerlo su cabello rojo. 

Ese era el campanario, su campanario. Recordaba cómo solía pasar la mayoría del tiempo aquí,  después de cada misión, o cuando necesitaba salir y no sentirse agobiado por las personas que le rodeaban.

La roca era igual de fría como en aquellos días, y podía ver algo de musgo y alguna que otra florecilla existiendo entre las hendiduras y grietas de la misma roca. 

Si hubiera sabido que la vida se abrió paso aquí, estaba segura de que pasaría el mayor tiempo posible aquí, contemplándola, y trayendo nuevas compañías.  habría traído a su mejor amiga y quizás si aparecía, a ella, y se la pasaría hablando con ambas, y las pequeñas plantas.

Con otro pequeño empujón del viento, sus ambarinos ojos profundos dejaron a la flora natural, para observar el pueblo y la llovizna que le daba nombre, y también su apodo y apellido. Amegakure, el pueblo escondido en la lluvia.

El cielo era gris pero los tintes azules le hicieron creer que debería ser el atardecer o estaba próximo a anochecer. Todo se veía ligeramente más oscuro y las sombras menos tenues, pero aún le faltaban muchos años como para que sus ojos le comenzarán a fallar.

Observando al mundo desde el muro de su cuello alto, que la separaba a ella del mundo externo a ella, permitió que sus hombros dejarán de estar tensos, al llenar sus pulmones del mismo aire qué le encantaba respirar a él. El mismo petricor y el agua pura, que enfriaba su ser cansado, devolviéndola a su transitorio ensimismamiento.

Tranquila y contemplativa, las yemas de sus dedos tocaron el suelo rocoso, acariciándolo y no pudiendo evitar lograr sentirlo. Sentir las emociones que solía evocar en su presencia, y devolviéndola al sueño vivo que era todos los días esperar que se cumpliese...

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Muchos años atrás...

Las calles estaban generalmente vacías y cubiertas por el nombre que más resonaba en su cabeza en estos momentos, se sentían mucho más tranquilas y calmadas, desde que le permitió, y le permitieron ser, "el vigilante", como le gustaba llamarse. 

Eso fue un cambio agradable y disfrutable. La hacia sentir que las cosas estaban cambiando y que de a poco estaban avanzando, con cosas como estas a la vez. Pequeños pasos que ni Nagato, ni ella se habrían molestado en reparar hasta terminada su labor principal. Capturar las 9 bestias con cola.

Siendo sincera consiguió una vez más, una vez más, el que él hubiera aparecido, fue una sorpresa inesperada e indicada. Cambio el juego en su totalidad. el juego de nagato, su propio juego y el de amegakure en si mismo.

 Las madres se veían despreocupadas, los hombres tranquilos y serios, y los niños jugaban mas en los parques, iluminando con sus sonrisas al pueblo manchado por siglos de conflictos.

Konan le atribuyó este positivo cambio, desde el momento en que les pidió la aprobación a ella, y más específicamente, el permiso a nagato. 

De no ser que le gustaba jugar a las escondidas, y ser un un joven de carácter cambiante y juguetón hoy en día, el pueblo, si lo conociera realmente, le pondrían una señal para que acudiera al llamado de los problemas. Imaginando este escenario, sonrío internamente, divertida con la idea.

Sin un rumbo en específico, los orbes ámbares de Konan se detuvieron en el interior de una casa, observando por esa venta, una familia. Escucho a los niños reír y a su madre jugar con ellos, diciendo cosas de dragones y heroicos shinobi. 

Lágrimas de un ángel Stories to obsess over. Discover now