I. Llamada.

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Hacían ya las seis de la tarde. Estaba a punto de salir de la oficina cuando llegó esa llamada. Aún se podían escuchar los sonidos de la calle. Pasos de personas y caballos, carruajes y carros, incluso se oían campanas y el ligero sonido de alguna canción navideña, pese a estar  en octubre.

El salón estaba lleno de un olor maravilloso; chocolate. La mezcla de la nieve que caía con lentitud, los sonidos externos y la calidez de la oficina, daba un aura de comodidad que rozaba lo nostálgico.

–¿Quieres? –dijo Dany, mi jefe, ofreciéndome una tasa de chocolate.

Asentí mientras tomaba asiento, pues me había quedado mirando hacia afuera desde la ventana mientras admiraba el paisaje.

Dany se había retirado, probablemente a ofrecer a los empleados chocolate caliente. Era un buen jefe, familiar, atento y responsable. Éramos la única comisaría del norte de la ciudad, así que éramos muy unidos.

Yo me encargaba de investigar algunos casos de robos que rara vez se presentaban, aunque nunca eran demasiado complicados, generalmente, eran travesuras de pequeños.

Tomé un cigarrillo antes de relajarme y cerrar los ojos para meditar, cuando el teléfono empezó a sonar con insistencia repentina.

Abrí los ojos lentamente para decidirme a atender, pese a que, técnicamente, había terminado mi horario de trabajo.

–Buenas noches, ¿en qué puedo servir? –emití  con voz neutra, relajada.

–¿Oficial Dufty? ¡Gracias a Dios! –exclamó una joven voz–. Necesitamos con urgencia su presencia en High Palace, encontramos unas grabaciones perturbadoras. Estamos aterrados.

Me tomé un segundo antes de contestar.

–¿En el High Palace?, ¿quién habla?, ¿puede ser más específica?

–Soy Jane, secretaria del Papa, hemos recibido recomendaciones de usted. Pero venga ya, no sabemos qué hacer, debe verlo por sí mismo.

–Creo que hay un error. Me contactaré de nuevo con usted...

–¡No! Por el amor de Dios, hágame caso, salga ahora.

Lo siguiente que vi, me dejó petrificado. En mis treinta años, jamás pensé que se me pondrían los pelos de punta como esa vez.

Caso de AsfilDonde viven las historias. Descúbrelo ahora