Estoy sentada en el asiento del copiloto del coche de Vero. Ella está fantástica. Lleva un vestido azul oscuro que le llega hasta la mitad de los muslos, a pesar de que refresca, pero claro, estamos en verano. Hoy es el 2 de agosto. No lleva tirantes. Lleva unos pendientes largos, blancos de diamantes y unas sandalias plateadas. Se ha puesto lentillas. Lleva el pelo perfectamente liso. Yo llevo el vestido verde que me regaló Ana María, la trenza a un lado que le quedaba tan bien y unas manoletinas blancas. Llegamos en veinte minutos, estoy bastante nerviosa. Al entrar en lo que para mí es una mansión, busca a alguien con la mirada. Sale en su dirección en cuanto le ve. Nunca había estado en una fiesta. La seguí. En cuanto llegué a ellos, estaban abrazándose.
-Marta, te presento a Rick, mi novio. -Rick es rubio, tiene los ojos castaños y es alto y musculoso.
-Hola -saludo tímidamente. Él se acerca y me abraza. Después se gira hacia la sonriente Vero. Ésta tiene el ceño fruncido. Vero se pide un vodka y Rick la imita. Me ofrecen algo, pero me niego. Se marchan y me quedo sola. Nunca he estado sola en una fiesta. A las dos horas me marcho. Me voy a mi apartamento y busco las llaves. Maldita sea. Se me han olvidado. Me siento a en la entrada y busco algo aún más patético entre mis recuerdos. Tenía una cita con un chico porque me daba pena. Le esperé en el café del pueblo. Ni siquiera apareció. Me quedé allí hasta que cerraron. Al día siguiente le di una paliza delante del instituto. Me equivoqué de chico. El chico al que le había dicho que sí había ido al café, pero era tan feo que no lo reconocí. El chico al que le di la paliza me miró enfadado. Al día siguiente volví a mi casa con un brazo roto. Me humilló delante del instituto durante los dos años sucesivos. Lo otro lo comprendía ¿pero ésto?
