Oswald era un grán hombre, mi mejor amigo desde la infancia a quien pude haber considerado hasta un hermano para mi. Un hombre con una personalidad alegre y viva que, yo puedo admitir, pudo haber hecho sonreír hasta a la persona más trágica de todo el pueblo si quería.
Sus sueños de vivir a base de las enciclopedias y biografías de personas que admiraba tristemente habían sido arrebatados por la pobreza y la enfermedad, pero aún así era positivo y respetuoso, manteniendo una buena comunicación con cualquiera que se encontrase. Siendo sincero, era mi amigo pero su forma de ser me hacía pensar que era un hombre ridículo cuyo único propósito que él mismo se quiso asignar era ser amable y causar alegría a los demás sin algún pago o recompensa.
Amable, atractivo de cierta forma, elegante, firme y a veces infantil. Quién tiene más labia con las damas y un lenguaje levemente más libre de actitud con varones.
El punto era, causaba curiosidad que siempre haya estado solo. Teniendo 27 años, ya hubiese tenido al menos una esposa pero en lugar de eso, tenía un gato.
Me tomarán de exagerado, pero ese gato, ese gato era una bestia salvaje. Bello gato blanco y negro de ojos amarillentos y brillantes y una cara inocente como cualquier gato tiene.
No me tomen a mal ni mucho menos mal interpreten este manuscrito. Los gatos, en mi opinión, son la segunda mejor compañía del hombre al lado del perro y también un único e independiente ser vivo que poseé bastantes bellezas. Variantes de colores tanto de ojos o pelo, garras fuertes y mirada dulce donde se ocultan unos peligrosos y bellos dientes.
Este gato era una bestia bruta. Rasguñaba y mordía a cualquiera pero de vez en cuando se dejaba acariciar y dormía arriba o al lado de su dueño sin otra compañía necesaria.
Era un 20 de Junio de 1889, llegando de mi trabajo del que no daré detalle. Solo puedo decir que quien protagoniza esto también trabajaba conmigo.
Lo necesario nos pagaban y él se mataba de hambre para darle una buena vida a su gato mimado y a sus enciclopedias con las que quería sobrevivir. Lo ayudaba siempre que podía, trayendo comida o invitándolo a cenar a distintos sitios donde yo invitaba.
Mientras caminaba por la calle directo a mi casa, que no estaba a tan lejanas cuadras de donde estaba en ese entonces, pude ver a su hermana Beatrice corriendo y abrazándome. Ella también era una buena persona, no tan infantil y torpe como su hermano menor pero debo admitir que a pesar de ser una buena persona, no me caía muy bien.
La recibí bien, abrazándola y preguntándole el por qué estaba corriendo de esa forma.
— ¡Richard, Te estaba buscando! — Me mencionó, haciendo notable un tono desesperado en su voz pero nada preocupante, no era una desesperación negativa, creo que era más un tono de emoción, aquel sentimiento de alegría como si hubiese ganado la lotería. — ¿Quieres venir? ¡Tenía planeado juntarnos para pasar la tarde con mi hermano! Pero primero, quiero que me ayudes a comprar lo necesario, quiero cocinarle algo especial. Qué crees qué el guste? — Le mencioné que a él le gustaba todo relacionado con pastas y salsas, entonces decidimos hacer algo sobre eso. Realmente me arrepiento de no haber ido antes, realmente lo hago. Juró dar todo lo que tengo por haber llegado antes de lo ocurrido.
No hablaré sobre lo que hicimos, solo puedo decir que decidimos hacer una simple pasta clásica con salsa y queso parmesano rallado a mano; el favorito del mismo.
Tras pasar por varias tiendas, no solo comprando lo necesario para la cena sino también algunas cosas que a Beatrice le gustaban: joyas, anillos, una sombra para sus ojos y flores para su hermano.
Llegamos hasta el parque donde nos cruzamos con otro amigo nuestro.
La charla tan larga que tuvimos casi me había hecho olvidar cuál era el propósito de la salida. El habló sobre Camillieri también, al parecer también veía que era una grán persona al igual que lo pensaba yo. Saliendo a la luz sus experiencias con el de más joven; en su adolescencia y sobre sus padres. No voy a dar información de los padres, pero solo podría decir qué tras vivir lejos, se enteraron demasiado tarde sobre la tragedia de su hijo, quedando shockeados y entristecidos de no haber podido ayudar.
Pasaron horas hasta llegar a la casa de Oswald. No lo encontramos en la cocina o en la sala ni en el baño. Estaba acostado, viendo hacia arriba y con una sonrisa extraña, como si ocultara algo.
Hablamos por horas, hasta qué la noche llegó.
Decidiendo por terminar el día quedándonos en la casa de Oswald, pasando un buen rato. Jugamos juegos de mesa en los que él siempre ganaba. Era un genio para varias cosas y para otras no, pero su positividad siempre resaltaba. Ver su sonrisa nos hacía a mi y a su hermana sonreír. Yo lo amaba demasiado como a cada amigo el uno al otro y me lo demostró unas horas antes de por fin, morir en paz, donde le tomaba la mano a su querida hermana y me miraba a los ojos mientras yo apoyaba una mano en su frente. Era raro que no tuviera fiebre. Estando enfermo, era un síntoma bastante común y además qué estaba bastante tapado con cobijas gruesas de lana. Pensé en hacer algo pero fui interrumpido por el, quien ahora se lo notaba más débil.
— No me quites las cobijas, por favor. Hace mucho frío últimamente — Obviamente le hice casó, pero era sospechoso. Me quede estático hasta que lo escuché de nuevo
— Siempre te admiré, Richard — Mencionó, haciéndome presenciar su voz quebrándose más con cada palabra — Y no quiero que opines lo contrario. Pero aquí estoy, junto a ti y Beatrice, llorando en sus brazos. Los amo a ambos, y no quiero que me dejen ir — Susurró. Lo miré a los ojos, esos ojos que siempre habían brillado con una alegría contagiosa, pero que ahora parecían llenos de miedo y dolor. No supe qué decir, solo me quedé allí, sosteniéndolo.
Sentí su cuerpo estremecerse, su respiración entrecortada, como si cada aliento fuera una lucha. Quise decir algo, cualquier cosa que lo pudiera calmar, que borrara la angustia de su rostro. Pero las palabras no me salieron. Sólo lo sostenía más fuerte, temiendo que si aflojaba mi abrazo, se me escaparía para siempre.
Beatrice comenzó a llorar, y eso hizo que él llorara también, mientras yo solo lo ayudaba a calmarse. Oswald estaba sufriendo un ataque de angustia, aferrándose a mí mientras Beatrice entrelazó sus brazos en su cuello. Rogó que no le quitaran las sábanas de encima; lo hizo durante varios minutos antes de morir con su cabeza en la almohada y por eso escuchaba a su hermana gritar y rogar que no la dejara sola. Yo siento total empatía por ella. Él era el único familiar que le quedaba, debido a lo lejos que vivían sus padres, ella quedaría sola, sin nadie que la acompañara en su día a día. Era la más grande de los dos y su muerte la hizo colapsar en la cama.
Pasaron minutos después de su último suspiro y yo me contenía para no llorar también, quería ser fuerte, se lo había prometido. Ví su mano aferrada a la sabana y la quite, con algo de presión porque estaba aferrado bastante fuerte.
Beatrice le sacó su otro brazo, que se mantenía entre las sábanas y vió una escena que la dejó horrorizada ; el brazo de su hermano estaba totalmente ensangrentado y ella gritó asustada. Por eso decidimos quitarle las sábanas de encima pero presenciamos unos ojos brillantes asomarse por debajo de las sabanas. Su gata, la misma gata hermosa qué mencioné al principio, devorándose parte de su cuerpo.
Ví que le estaba comiendo la piel cual lobo, gruñendo y con su boca y patas delanteras completamente ensangrentadas.
Quedé atónito, sin saber qué hacer y Beatrice quedó igual. Viendo tal asquerosa y aterradora escena.
Nos dimos cuenta qué lo que Oswald nos mencionó hace meses era verdad. ¿Por qué no creerlo, realmente? Cada promesa qué nos decía, la cumplía al pie de la letra. Tal vez no lo creíamos posible porque sonaba absurdo pero él sí cumplió su promesa: Él haría todo por su gata, incluso si eso también incluía matarse de hambre y morir para qué ella nunca lo pasara.
YOU ARE READING
relatos cortos
Short StoryMis relatos cortos. Podrías encontrar cada pequeño pedazo de escombro de mi cerebro magullado en momentos de tristeza, amor o siquiera angustias pesadas de esas que te hacen doler el pecho.
