A veces me despierta a media noche el claxon de un coche, un sonido gutural y metálico que rasga la oscuridad. Entonces sé que regresaron y las voces que habitan mi cabeza, cual parásitos en un cerebro putrefacto, escupen sus órdenes: "sabes que vienen con sed", repiten, "corta tus venas: que beban apenas crucen la pared".
Todos mis días son jueves, una interminable repetición de un día gris y lluvioso. En mi habitación, una dama victoriana me observa con ojos vacíos, un hombre inmóvil me juzga con su silencio y un niño, con un perro que parece más sombra que criatura, me atormenta con sus pesadillas.
Me acompañan en mi lecho, esos espectros que se alimentan de mi locura. Leen las memorias que escribo con mi propia sangre, garabatos macabros que decoran las paredes. Y tras el agujero en el suelo, siento su mirada, la de aquel ser que los dirige, un demonio que se deleita con mi sufrimiento.
Cada sesión es una farsa macabra, una mascarada de normalidad. Ríen, lloran, comparten historias de vidas pasadas, pero siempre vuelven a mí. El niño confiesa que su perro, una criatura oscura y sin ojos, lo obliga a jugar a juegos macabros. Pero a ellos les interesa más mi historia, mi descenso a la locura. Me estudian como un insecto atrapado en un frasco.
Hoy siento que algo ha cambiado. No he hablado de mi plan con ellos. Esta noche es la última. Una soga, fría y húmeda, me espera. Pero cuando intento contárselo, se desvanecen, como si se hubieran burlado de mí. ¿Será que ya saben? ¿Que han visto mi destino escrito en las estrellas?
Despierto sobresaltado, la soga aún marca mi cuello. Las voces vuelven, más fuertes que nunca: "hace horas que cuelgas ahí", me susurran. Y entonces lo entiendo, estoy atrapado en un ciclo eterno, condenado a repetir esta pesadilla hasta el fin de los tiempos.
