Hawkins, un pequeño y tranquilo pueblo donde las noticias raramente sorprendían, vivía de la rutina y la familiaridad. Sin embargo, en el calor del último verano antes del instituto, todo cambió para dos jóvenes que, hasta ese momento, no habían sido más que extraños bajo el mismo cielo.
Jim Hopper, de apenas quince años, ya superaba la estatura de la mayoría de los adultos en el pueblo. Sus hombros anchos y su andar despreocupado lo hacían destacar donde quiera que fuera. Con el cabello castaño y revuelto, siempre parecía que acababa de levantarse, pero esa rebeldía natural era parte de su encanto. Sus ojos, de un azul profundo, no solo eran cautivadores, sino que también transmitían una especie de misterio que intrigaba a todos los que lo miraban más de cerca. Las chicas del instituto ya hablaban de él, y aunque no era el tipo de chico que presumía, Jim sabía que tenía una presencia que no pasaba desapercibida.
A pesar de ser el típico chico que muchos consideraban un "rompecorazones", Jim no era vanidoso. Tenía un mejor amigo, Murray, con quien compartía todo desde la primaria. Murray era el opuesto de Jim: más bajo, con gafas gruesas y una inclinación por los chistes extraños que pocos entendían. Pero Jim lo apreciaba por su autenticidad, y juntos, eran inseparables. Los dos estaban emocionados por empezar el instituto, aunque Jim no podía evitar sentir una mezcla de expectación y nervios.
Joyce Maldonado, por otro lado, era la chica que hacía que todos se giraran para mirarla cada vez que pasaba por el pasillo. Considerada la más "hermosa" de Hawkins, Joyce tenía una belleza natural que no necesitaba adornos. Su cabello castaño oscuro, largo y brillante, siempre parecía moverse con la brisa, y sus ojos marrones, profundos y expresivos, escondían una fortaleza que pocos conocían. A pesar de todo el reconocimiento que recibía por su apariencia, Joyce era humilde. Lo que la hacía destacar no solo era su belleza, sino su inteligencia y corazón compasivo.
Desde pequeña, Joyce había sido amiga de Karen, una chica rubia y alegre que, aunque no compartía la misma atención que Joyce, siempre estaba a su lado. Karen era divertida, leal y siempre sabía cómo hacer reír a Joyce, sobre todo cuando las cosas en casa se volvían difíciles. Los padres de Joyce se habían separado hacía ya algunos años, y eso había dejado una huella en su corazón, algo que la hacía más reservada cuando se trataba de confiar en los demás. Pero con Karen, siempre se sentía a salvo.
El primer día de instituto llegó con una mezcla de emociones. Para algunos, era una nueva aventura; para otros, un paso más en la rutina de la vida. Pero para Jim y Joyce, aunque aún no lo sabían, ese día cambiaría todo.
Jim y Murray entraron al campus juntos. El aire estaba lleno de conversaciones excitadas, risas y un leve nerviosismo flotando entre los estudiantes. Jim miró alrededor, notando cómo la mayoría de las miradas se volvían hacia él. No le molestaba, pero tampoco buscaba la atención. Murray, por su parte, estaba más interesado en hablar sobre las nuevas materias y los rumores de los profesores estrictos.
-Te lo digo, Hopper, este va a ser el mejor año. ¿Viste quién está en nuestra clase de química? -Murray sonrió con picardía, ajustando sus gafas.
Jim rodó los ojos. -¿Quién?
-Esa chica, Joyce Maldonado. La más bonita del pueblo, dicen. -Murray hizo un gesto exagerado con las manos, como si describiera a una diosa.
Jim bufó, poco interesado en los comentarios de su amigo. -Sí, seguro, ya sabes que esas cosas no me importan.
Pero en ese momento, mientras caminaban por el pasillo, Jim la vio. Joyce, parada junto a su amiga Karen, estaba buscando su taquilla. La luz que entraba por las ventanas del pasillo iluminaba su cabello de una manera que lo hacía brillar, y aunque ella no parecía consciente de la atención que recibía, era imposible no notarla. Sus ojos marrones escanearon los números de las taquillas, y por un instante, sus miradas se cruzaron.
Jim sintió un leve tirón en el pecho, algo que no podía explicar. Fue un segundo, un instante en el que el tiempo pareció detenerse. Joyce desvió la mirada rápidamente, pero el impacto ya estaba hecho.
-Ah, ahí está, la reina de Hawkins -comentó Murray, dándole un codazo a Jim.
-Sí, claro -murmuró Jim, sin darse cuenta de que seguía observándola.
Por su parte, Joyce sintió algo similar. No estaba acostumbrada a sentirse nerviosa, pero la mirada de Jim había provocado un pequeño revuelo en su estómago. Algo en él era diferente a los otros chicos del instituto. No era solo su altura o su apariencia. Había algo en sus ojos, en la forma en que la había mirado, que la había desarmado por completo.
Karen, quien había notado el intercambio, sonrió. -Parece que tienes un admirador, Joyce.
Joyce rió, intentando quitarle importancia. -No lo creo, solo fue una mirada.
Pero en el fondo, ambos sabían que no había sido solo una mirada.
Más tarde, en la clase de química, el destino decidió intervenir nuevamente. Jim y Murray llegaron tarde y, para su sorpresa, las únicas sillas disponibles estaban justo frente a Joyce y Karen. Al sentarse, Jim no pudo evitar mirar de reojo a Joyce, quien se concentraba en su cuaderno, como si tratara de ignorar la incomodidad de tenerlo tan cerca.
El profesor empezó a hablar, pero todo lo que Jim podía pensar era en la chica detrás de él. No sabía por qué, pero algo en ella lo atraía, lo inquietaba. Era como si cada fibra de su ser le estuviera diciendo que prestara atención.
Finalmente, cuando la clase terminó, Joyce y Karen se levantaron para salir. Pero antes de que pudieran irse, Murray, siempre el bromista, decidió hablar.
-Oye, Maldonado, ¿quieres ayudarme con los deberes de química? Creo que ya me estoy perdiendo.
Karen soltó una risita, y Joyce, sonrojada, negó con la cabeza. -Creo que te irá bien, Murray.
Jim observó la escena en silencio, sintiendo una mezcla extraña de emociones. Por un lado, estaba molesto con Murray por su comentario, pero por otro, no podía dejar de notar lo bien que sonaba la risa de Joyce.
Cuando finalmente se fueron, Jim y Murray salieron detrás de ellas. Mientras caminaban hacia la salida, Jim no pudo evitar pensar que ese encuentro, aunque breve, había sido solo el comienzo de algo mucho más grande.
