C1: El día en que todo cambió

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"El destino de un nuevo comienzo... siempre nace del dolor de una despedida."

Las murallas del palacio temblaban. Explosiones y gritos resonaban en el aire, mezclados con el eco de espadas chocando en los pasillos. Rumiko observaba desde el balcón de la torre, con los ojos desbordados de miedo. Su mundo, aquel que hasta ese día había sido cálido y protegido, comenzaba a desmoronarse.

Los guardias intentaron alejarla, pero su voz, firme y cargada de coraje, se alzó entre el caos:

-¡Déjenme! ¡Protéjanlos a ellos, no a mí! ¡Salven al pueblo!

Los soldados obedecieron, dejando sola a la princesa. Rumiko corrió por el pasillo, el corazón latiéndole con fuerza. Al doblar una esquina, la vio: su madre, la reina, cubierta de heridas, luchando contra el dolor pero aún en pie.

-¡Madre! -gritó Rumiko, corriendo hacia ella.

La reina, con los labios temblorosos, extendió una mano y acarició la mejilla de su hija.

-Rumiko... escucha bien. No hay tiempo. Tienes que reunir a tus hermanos y escapar.

-¡No! ¡No la dejaré aquí! ¡Vamos juntas! -replicó con lágrimas en los ojos.

Pero entonces, un rugido retumbó en el gran salón. La figura imponente del rey, el padre de Rumiko, apareció entre las sombras. Su mirada estaba dominada por la furia y un brillo extraño en sus ojos lo volvía irreconocible.

-¿Hasta cuándo seguirás protegiéndolos, mujer? -dijo con voz grave, blandiendo su espada-. ¡Ellos nunca debieron nacer!

Rumiko quedó helada. No podía comprender aquellas palabras. Su madre, en cambio, apretó la mandíbula con dolor y se interpuso frente a él.

-Si quieres llegar a ellos... tendrás que pasar por mí.

La reina reunió todas sus fuerzas. Desenvainó su espada, y el choque metálico retumbó cuando se enfrentó a su propio esposo. La batalla fue feroz. Chispas iluminaban el pasillo oscuro mientras cada golpe hacía vibrar las paredes. Rumiko observaba con horror y desesperación.

En medio del combate, la reina retrocedió lo suficiente para mirar a su hija y sus otros dos pequeños, que habían llegado corriendo tras escuchar los ruidos.

-¡Ahora! -gritó-. Rumiko, llévalos a la sala de cápsulas. ¡Es la única forma!

La princesa, temblando, tomó las manos de sus hermanos y corrió. Atravesaron pasillos iluminados por llamas, esquivaron escombros y, finalmente, llegaron a la sala secreta donde reposaban las cápsulas de escape.

Con un esfuerzo casi sobrehumano, la reina apareció detrás de ellos, sangrando, pero sonriendo débilmente.

-No olviden nunca... que los amo.

Con manos temblorosas activó los mecanismos. La cápsula se cerró lentamente, y Rumiko extendió sus brazos hacia su madre mientras lágrimas resbalaban por sus mejillas.

-¡Madre! ¡No!

Las compuertas sellaron su visión, y lo último que vio fue la figura de su madre, aún de pie, luchando contra la oscuridad que se cernía sobre ellos.

La cápsula fue lanzada al espacio, surcando el vacío con un estruendo metálico. Los tres hermanos se abrazaron, temblando, sin comprender del todo que acababan de perderlo todo.

Horas después, la cápsula descendió violentamente en un bosque de un mundo extraño: la Tierra. Entre el humo y el silencio, un grupo de aventureros exploradores halló la nave caída.

-¡Por aquí! -exclamó uno de ellos, apartando ramas-. ¡Hay algo dentro!

El chirrido de la compuerta resonó cuando lograron abrirla. Dentro, los tres niños estaban acurrucados, exhaustos y cubiertos de lágrimas.

Los aventureros se miraron entre sí, confundidos. Uno de ellos, con expresión seria, preguntó en voz baja:

-...¿Qué haremos con ellos?

Y en ese instante, el destino de Rumiko y sus hermanos dio un nuevo giro.

Continuará...

La Diosa MalditaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora