Capítulo 1

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« El renegado del príncipe heredero »

El cielo sobre la plaza principal de la capital del reino no lucía gris ni sombrío; por el contrario, ostentaba un azul limpio y radiante, un contraste con la brutalidad que se desarrollaba sobre los adoquines.

La multitud era un mar embravecido de violencia reprimida durante años, ahora desatada contra una sola persona.

—¡Maldito traidor!

—¡Bastardo renegado!

—¡Púdrete en el infierno, monstruo!

Los gritos y abucheos eran casi un rugido que hacía retumbar los cimientos de la ciudad. Piedras, hortalizas podridas y pedazos de tierra volaban por el aire, impactando directamente contra la figura central de aquel circo. Un hombre joven avanzaba lentamente hacia el centro de la plaza, con los brazos encadenados a la espalda y los pies descalzos magullados por el camino de grava. Tenía la ropa rota y manchada de barro y sangre seca, pero su andar no era el de un condenado vencido.

Akabane Karma caminaba hacia la horca sin ofrecer la menor resistencia.

No tropezaba, ni suplicaba, ni miraba al suelo. Las piedras que le cortaban la piel de la frente y le hacían brotar un hilo de sangre roja y brillante no lograban romper su postura. De hecho, en su rostro aún persistía esa sonrisa burlona, esa mueca de desdén que tanto había enfurecido a la nobleza y que ahora, frente a la muerte misma, permanecía intacta. Sus ojos dorados, ardientes y desafiantes, ni siquiera se posaban en los verdugos que lo custodiaban.

Desde el palco real, con la espalda recta en lo alto del balcón del palacio que dominaba la plaza, la escena se observaba.

En el centro presidía el Rey, con una expresión de severidad, satisfecho de mostrar al pueblo el castigo para quien había osado desafiar la corona. A su izquierda, vestida con seda impecable y encajes que olían a rosas frescas, se encontraba Kaho Tsuchiya. La prometida real lucía una sonrisa, la mueca de victoria de quien ha protegido su estatus y destruido la amenaza que amenazaba su futuro.

Y a su derecha, inmóvil como una estatua, permanecía el príncipe heredero.

Asano Gakushū no pestañeaba. Tenía los hombros rectos, la postura perfecta que se le había exigido desde el día en que aprendió a caminar, y las manos cruzadas a la espalda. Pero bajo esa fachada de heredero perfecto, su mundo se estaba desmoronando a pedazos. Sentía como algo en su pecho se apretaba cada vez más, una presión sofocante, un dolor agudo y sordo que le impedía respirar con normalidad.

Cada paso que Karma daba hacia las escaleras de madera de la plataforma resonaba en los oídos de Gakushū más fuerte de lo que debería

«Qué estupidez», pensó Gakushū, sintiendo un amargor familiar en la garganta. Qué absoluta e imperdonable estupidez había sido creer que las cosas podían ser diferentes.

Pensar que un príncipe heredero, atado a las cadenas del deber, la corona y la estirpe, y un renegado, un rebelde que vivía al margen de la ley destruyendo el orden establecido, podían aspirar a un buen final. Habían jugado con fuego en la oscuridad de los bosques, en los pasadizos secretos del palacio, en la oscuridad de las noches donde los títulos no existían y solo quedaban dos chicos midiendo sus fuerzas, rozando sus labios, compartiendo un secreto que desafiaba al mundo.

Habían sido idiotas. Ingenuos. La realidad siempre terminaba por reclamar sus deudas, y la tarifa actual era la vida de Karma.

—Al fin ese sucio criminal recibirá lo que merece, ¿no lo crees, Gakushū-sama? —la voz dulce de Kaho interrumpió el torbellino de su mente. Ella se inclinó ligeramente hacia él, buscando su mirada con una devoción falsa—. Gracias al cielo que logré descubrir sus movimientos y alertar a la guardia real antes de que te hiciera algún daño. Es un alivio que todo esto termine hoy.

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