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01. Dabi.

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✝︎

El silencio dentro del coche era una entidad física, más pesada y ruidosa que los truenos que hacían vibrar los cristales. Afuera, el cielo de Yokohama se caía a pedazos, pero dentro, el aire estaba estancado, cargado de un olor a ozono y a esa fragancia inconfundible de Dabi: una mezcla embriagadora de humo de cigarrillo, cuero viejo y el aroma metálico, casi dulce, de la piel quemada. Yo mantenía las rodillas juntas, apretándolas hasta que me dolían, sintiendo cómo la tela de mi falda se clavaba en mis muslos con cada respiración agitada.

Él era una sombra inmóvil. Tenía la mano izquierda aferrada al volante con tanta fuerza que los nudillos se le marcaban blancos bajo la piel grapada; la derecha le cubría los ojos, ocultando esa mirada que siempre parecía estar juzgando al mundo entero. Cada vez que un relámpago desgarraba la penumbra, la luz azulada bañaba las grapas de su rostro, transformándolo en algo hermoso y aterrador a la vez, una obra de arte hecha a base de dolor y desolación.

— No debiste tocarlo —soltó de repente.

Su voz no fue un grito, fue algo peor: un hilo de lija, seco, peligroso y vibrante que pareció arañar mis propios oídos. Lentamente, bajó la mano de su rostro, revelando esos iris turquesas que brillaban con una intensidad febril en la oscuridad del coche.

— Era solo un amigo, Toya... —mi voz sonó pequeña, un susurro que intentaba desesperadamente mantener la dignidad mientras mis ojos ardían de frustración y un miedo que se sentía extrañamente como anticipación.

— ¡Que no me llames así! —El golpe contra el volante resonó como un disparo en la cabina cerrada.

Dabi se giró hacia mí con una rapidez violenta. Su presencia llenó todo el espacio, acorralándome contra la puerta. El calor que emanaba de él era sofocante, un fuego interno que amenazaba con derretir los asientos.

— Me importa una mierda quién sea o cuántos años lleves conociéndolo —siseó, acercando su rostro al mío hasta que pude sentir el calor abrasador de su aliento—. Te vi. Vi cómo te reías de sus bromas estúpidas, cómo te arqueabas hacia él como si buscaras su calor... cuando sabes perfectamente que el único fuego que te pertenece es el mío. Parecías una perra en celo buscando atención donde no debes.

El insulto me golpeó como una bofetada, pero en lugar de alejarme, sentí un tirón eléctrico en el vientre. La humillación me escocía, pero el deseo, ese instinto autodestructivo que me ataba a él, se encendió con la misma fuerza. Me acerqué más, invadiendo su espacio, desafiando la temperatura casi insoportable que desprendía su piel. Quería quemarme, quería que sus manos marcaran de una vez por todas lo que él juraba que era suyo.

— ¿Es eso lo que piensas? —susurré, dejando que el desafío goteara en cada sílaba. Mi corazón martilleaba contra mis costillas, pero no retrocedí—. ¿O es que te aterra que alguien más se dé cuenta de que no sabes cómo cuidarme? ¿Que solo sabes destruir lo que tocas?

Dabi soltó una risa seca, un sonido amargo que nació en lo profundo de su garganta y murió antes de llegar a sus labios. Sus dedos, largos y calientes por ese fuego que siempre llevaba bajo la piel, se cerraron alrededor de mi mandíbula. No era un agarre para lastimarme, sino una cadena de carne y grapas diseñada para obligarme a ver el abismo en sus ojos. Sus pulgares, ásperos y marcados por las cicatrices, rozaron la comisura de mis labios con una lentitud tortuosa. Su mirada bajó hacia mi boca, cargada con un hambre tan primitiva que sentí una humedad repentina y traicionera entre mis muslos.

— Sé perfectamente cómo cuidarte —masculló, inclinándose hasta que nuestras narices se rozaron. El aroma a humo se volvió asfixiante—. Y sé perfectamente cómo castigarte cuando te olvidas de a quién perteneces. No juegues con fuego, muñeca. Podrías terminar hecha cenizas antes de que te des cuenta de que perdiste.

One Shots ┃ My hero Academia. Stories to obsess over. Discover now