Y de repente... la vi

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El año comenzó igual que siempre.

Mismos pasillos.
Mismos uniformes.
Mismas caras.

Y el mismo aburrimiento que se instalaba en el cuerpo apenas cruzaba la reja del liceo.

"Cambiaron a la profe de biología, ¿sabías?", dijo Abigail mientras caminábamos hacia el baño en el primer recreo.

Me apoyé contra la pared, esperando que saliera del cubículo.
"¿En serio? ¿Y qué pasó con el átomo?"

"Átomo" era nuestro apodo para la antigua profe.

"No tengo idea. Dicen que la nueva es más joven... y que hizo un par de horas acá el año pasado."

"Ah", respondí.

En un lugar donde todos los días eran iguales, cualquier cambio tenía potencial de volverse importante.

A veces demasiado.

Salimos del baño y nos encaminamos a encontrarnos con Fran y Maquita en nuestro lugar de siempre: el fondo del patio, junto a unas rejas altas que supuestamente evitaban que nos fugáramos.

Para mí nunca fueron un obstáculo real; ya las había escalado un par de veces sin que nadie me viera.

"¿Y si saltamos esta mierda y nos vamos?", dijo Maquita, aferrándose a los fierros y mirando hacia afuera. "Cálmate", respondió Abigail. "Nos queda todo el día y no quiero que la Bernarda empiece el año con chantajes."

Bernarda, su mamá, tenía un talento especial para eso.

Miré divertida a Maquita, que no soltaba la reja. "Quiero ver a la nueva profe, además", dije. "¿Nueva profe? ¿Quién llega?", preguntó Fran. "Se fue el átomo", respondió Abigail. "Y llega una nueva." Fran se quedó pensativa unos segundos. "El átomo ni siquiera era de acá. Capaz se fue para estar cerca de su familia... o algo así."

"Nadie se quedaría por opción en este pueblo de mierda", dijo Maquita, soltando por fin la reja.

La miré. Maquita siempre había sido distinta; a veces parecía arrastrar algo que no terminábamos de entender.

Como aquella vez, en la fiesta de Mauricio: una chica que ni siquiera conocíamos, unos idiotas riéndose después de tocarla, y Maquita encima de uno de ellos, golpeando con una rabia que no le había visto nunca.

La separamos entre tres.

Entendí por qué lo hizo, pero lo que nunca entendí fue de dónde venía tanta rabia. A veces pienso que no estaba golpeándolos a ellos, sino a algo más profundo de lo que nunca nos ha hablado.

La acompaño como puedo. Y si saltar una reja la hace sentir mejor, lo intento. Cuando se puede.

***

"Ya son las 11:30. Tenemos con don Migue. ¿Trajeron sus buzos?", dijo Fran.

Fran siempre estaba pendiente de los horarios. Le costaba más que a nosotras mantener buenas notas, pero se esforzaba el doble. Quería estudiar pintura.

"Lo dejé en la sala. ¿Vamos?", dije. "Ya", respondieron arrastrando la vocal.

Fuimos sin ganas.

***

El gimnasio olía a polvo y sudor.

"Vamos, muchachos. Esos años extra de vida no se consiguen fumando ni bebiendo alcohol", dijo don Migue.

Nadie se lo ha agradecido nunca.

Empezamos a correr y, en la tercera vuelta, Andrés apareció a mi lado.

"Hola, guapa", dijo. "Hola. No te había visto", le respondí mirándolo, y él sonrió. "Yo sí. Pero estabas con las trillizas malvadas", agregó. "Idiota. ¿Me acompañas a casa en la tarde?", pregunté. "Por supuesto."

Corrimos en silencio unos segundos. "Oye... ¿crees que podamos estar solos un rato?", preguntó en un tono precavido. "No creo. Mi mamá llega a las seis. Pero podemos ir a la micro."

Sonrió.

La micro era eso: una micro abandonada a dos calles de mi casa donde nos besábamos y nos tocábamos por encima de la ropa. Nunca más que eso.

Llevábamos casi cuatro años juntos y nunca quise ir más allá. No sabía si era miedo o simplemente que no quería. Andrés nunca me presionó, y eso siempre lo valoré.

Creo que estoy enamorada de él.

Me gusta verlo bailar, jugar fútbol, moverse con esa facilidad que yo no tengo. Tiene muchos más amigos que yo, es más abierto, más liviano.

Antes, cuando me sonreía con sus ojos verdes, sentía algo en el cuerpo.

Ahora ya no.

Pero me sigue gustando verlo feliz.

***

"¡En parejas para vóleibol!", gritó don Migue, y busqué a mis amigas a la distancia. Siempre hacíamos lo mismo: nadie quedaba sola.

Nunca.

"¡Mueve el culo, Fran!", le grité cuando dejó pasar la pelota otra vez. "Lo intento", respondió en un tono de reproche.

Le lancé un pase más suave.

Igual salió volando.

La vi correr tras la pelota y me reí.

El resto de la clase pasó entre errores, risas y un pelotazo que Fran le dio a Eduardo, el mismo imbécil que se acostó con Abigail y después actuó como si nada.

Abigail lloró toda la noche, con ron barato y Coca-Cola.

***

Volvimos a la sala y tocaba biología.

El rumor ya estaba instalado. "Dicen que es joven", se escuchaba entre murmullos. "Yo la vi... está buenísima", respondió alguno.

Dejé de escuchar.

Miré la puerta cuando la cerradura se movió.

Y todo se detuvo.

Entró.

Era pequeña, delgada, con ojos cafés cálidos que recorrieron la sala con calma. Su pelo rubio oscuro, ondulado, caía más allá de la mitad de su espalda. Llevaba una bata blanca, un libro en la mano y una sonrisa que hizo que todo lo demás dejara de importar.

Me quedé sin aire.

Dejó el libro sobre la mesa y se aclaró la garganta. "Buenas tardes. Mi nombre es Magdalena Martínez y, a partir de hoy, seré su nueva profesora de Biología", hizo una pausa y nos miró, desbordando seguridad. "No aceptaré atrasos, ni faltas de respeto. No acepto copia en los exámenes ni personas que no aporten en los trabajos. Si respetan esas reglas, nos llevaremos muy bien."

Sonrió.

Y algo dentro de mí cambió.

Yo sólo la miraba, sin ningún pensamiento coherente, con el corazón martillándome en los oídos.

ClaraHistórias para pegar e não largar. Descubra agora