El primer latido que Bill siente no es un latido, sino un golpe. Como si un martillo irritante estuviera picándole dentro del ojo derecho. Abre los ojos antes de estar seguro de tenerlos. La habitación es pequeña, de madera, con olor a polvo viejo y barniz barato. Algo en ella le resulta insoportablemente familiar, pero su memoria es un colador.
Se incorpora y el mundo se ladea. Su cuerpo… no cuadra. Es sólido, débil, torpe. Una sensación que no tenía desde hacía eones.
Tropezando como un cervatillo recién spawn-eado, llega a una ventana y el reflejo lo electrocuta con una oleada de incredulidad:
Un adolescente.
Huesudo.
Rubio.
Ojo derecho hinchado, rojo como si hubiera llorado o peleado o explotado desde dentro.
La garganta le arde. Respirar es molesto. Todo es demasiado humano. Demasiado limitado. Demasiado castigado.
Suelta un gruñido y se aparta del vidrio como si le hubiera insultado. Busca alguna salida. Puertas. Escaleras. Sus pies se mueven solos mientras su cerebro intenta juntar piezas que no encajan. Sus poderes responden a medias, como un dispositivo viejo que prende solo cuando quiere. Hay más dolor que magia. Un recordatorio desagradable de lo que sea que el Axolotl consideró “sanación”.
Camina por un pasillo corto, baja unas escaleras que crujen, y termina en lo que claramente es una tienda de recuerdos baratos. El olor a madera húmeda y mercancía apilada es tan conocido que le produce un vértigo extraño. Algo aquí importa. Algo aquí pasó. Algo que no recuerda.
Y entonces lo oye:
—Bro… estás… ¿bien?
Soos aparece detrás del mostrador. Con su barriga, su camiseta estampada, y esa cara que irradia preocupación genuina de alguien que no tiene filtros entre pensar y decir.
Bill se queda quieto como un animal herido. Soos lo mira como si ver adolescentes aleatorios en su local fuera perfectamente normal.
—O sea, no quiero sonar metiche ni nada, man, pero estabas ahí arriba, y… pues parecías medio dormido-dormido, medio muerto-dormido. Ya sabes, como cuando tomas siesta pero te pasas. —Hace un gesto extraño para ilustrarlo, como si eso ayudara.
Bill parpadea. Su ojo derecho duele al hacerlo.
—¿Dónde… estoy? —su voz sale ronca, y eso lo enfurece más que cualquier cosa. No debería sonar así. No debería sonar humano.
—En la Cabaña del Misterio, amigo. —Soos sonríe, orgulloso, como si hubiera dicho “Bienvenido a la mejor tienda temática del mundo”. Luego ladea la cabeza—. ¿Quieres desayuno? Hice waffles. Tienen forma de dinosaurio porque se me quemaron los normales.
Bill abre la boca para decir algo mordaz o cósmico o mínimamente digno de un ser caído del infinito. Pero su estómago lo traiciona con un gruñido furioso, tan humano que casi lo hace estremecerse.
Necesidades humanas. Asqueroso.
Soos toma el sonido como un sí entusiasta.
—¡Perfecto! ¡Ven! No te voy a dejar morir de hambre en mi tienda, eso sería mala publicidad.
Bill lo sigue en silencio, todavía tocándose el ojo dolorido, intentando comprender qué cruel broma del cosmos lo regresó aquí… y por qué su reflejo parecía un niño castigado por el universo entero.
La cocina de la Cabaña del Misterio huele a waffles requemados y a café que claramente lleva horas ahí. Bill se sienta porque su nuevo cuerpo se siente frágil, como si las articulaciones fueran prestadas. Soos sirve un plato delante de él, sonriente como si hubiera rescatado a un gatito y no a un adolescente desconocido materializado en su ático.
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El Enigma del Corazón
FanfictionBill Cipher renace como Wystan: un adolescente sin recuerdos, con una familia que no entiende lo que es, y con una ciudad que amplifica su inestabilidad psíquica cada vez que parpadea. Peor aún: su principal detonante emocional y estabilizador es Di...
