CAPÍTULO I. Hojaparda

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Aventura. Una de las palabras más frecuentes en la mayoría de los reinos, al menos de los civilizados, que quiere decir "trabajo arriesgado con pocas opciones de supervivencia, aunque, por lo general, bien remunerado". Las calles, tabernas y cuarteles se llenaban cada día de locos que narraban sus vivencias o buscaban una propia que les permitiese salir de una vida ruinosa o abocada al olvido.

¿Quién necesitaría buscar algo así cuando se tenía todo lo necesario y más? ¿Quién, en su sano juicio, saldría de su hogar para afrontar peligrosos desafíos sin la garantía de obtener una recompensa que hiciera que todo mereciera la pena?

Habría que estar loco o desesperado para salir "en busca de aventuras". Pero, ¿y si es la aventura quién busca al aventurero?

Por supuesto, había grandes excepciones en todos los reinos. Héroes y heroínas que protagonizaban hermosas baladas pregoneras de sus historias, presentándoles como, prácticamente dioses. Héroes como Sergot El Intrépido, Ninde Abremundos o...

- ...Su compañero, Kalekeis Hojaplata, que ya debe conocer en su totalidad los secretos de las runas arcanas, y ha decidido empezar antes de tiempo sus lecciones de arte.


Kalek regresó de golpe a la realidad, viendo cómo la nebulosa mental en la que estaba sumido se desvanecía en un instante para dar paso al aula de Estudios rúnicos de la Escuela Mayor Cónobal. Sus compañeros, en su mayoría de raza enana, le miraban atentos, algunos con una sonrisa burlona asomándose por la comisura de sus labios. El estúpido semielfo volvía a demostrar su ineptitud.

Por su parte, el Profesor Trabdrum, también enano, había recogido el trozo de papel sobre el que su alumno había estado garabateando en lugar de tomar apuntes de la lección que él impartía. Contempló con expresión sombría y carente de sorpresa, el dibujo de un humano que caminaba encorvado y con cara estúpida, cargado de bártulos y rodeado de criaturas monstruosas que amenazaban con comérselo. Tras unos segundos incómodamente silenciosos, suspiró con fuerza, agitando algunos pelos de su largo y frondoso bigote poblado de canas, devolvió el papel a su alumno y se giró.

- Ha hecho bien en empezar su clase de arte, señor Hojaplata. - Dijo mientras caminaba con parsimonia hacia el frente del aula. - Claramente necesita practicar y mejorar.


Varios alumnos rieron al tiempo que Kalek guardaba su dibujo entre las páginas de su Diccionario básico rúnico y bajaba la vista ruborizado.

- Y como veo que es tan ducho en la materia, hasta el punto de que no necesita seguir mis lecciones, le voy a encargar que me escriba una redacción explicando el significado de su obra, obviamente en rúnico enano y con una interesante conclusión final.


Las risas, cada vez menos disimuladas, se fundieron con algunos sonidos de asombro.

- Como es evidente - prosiguió el Profesor Trabdrum llegando ya hasta su escritorio y girándose hacia él - deberá adjuntar el dibujo a la redacción, ya que de otra forma, ésta carecería de todo su contexto. Solo que el dibujo que acaba de hacer estaba muy sucio, rodeado de apuntes y anotaciones sin valor. Repítalo en condiciones.


A continuación, el maestro retomó su lección, devolviendo al aula a su sopor habitual donde únicamente se escuchaba su voz, el rasgar de las plumas sobre el papel y el tintineo de las mismas cargándose en los tinteros.

Kalek procuró recoger sus cosas de manera discreta, dejando sobre el pupitre los elementos indispensables para salir lo antes posible de allí en el momento en el que las campanas de la torre indicasen que la clase había llegado a su fin.

La eternidad de Kalek HojapardaStories to obsess over. Discover now