Piloto: Mi maleta

139 18 3
                                        

Poco a poco, él se fue dejando llevar por ese letargo que deja la embriaguez del alcohol. La estuvo maldiciendo una y otra vez, copa tras copa, hasta que reposó su cabeza sobre sus brazos en la barra del bar del enorme barco.

En ese momento, su cabeza era niebla y sus pensamientos se convirtieron en bruma. Relajó el ceño conforme fue cayendo en un sueño donde ningún pensamiento parecía que fuera a aparecer, donde la cara de ella no estaba, no había nada; por fin, podía descansar.

El camarero que lo vio lo dejó estar, pensando que las estrellas de la música y el cine eran todo fachada, mientras se dedicó a limpiar concienzudamente las mesas del resto de clientes. La presencia del joven no le molestaba, así que lo dejaría reposar un rato; parecía que, pese a la frivolidad del mundo al que parecía que pertenecía, necesitaba ese pequeño descanso.


En ese momento, en el que él parecía que finalmente podría encontrar el reposo que necesitaba durante años, una imagen vívida apareció ante él; en su sueño, se vio a él alegremente guiándola de la mano, como siempre solía hacer cuando eran niños y...

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

En ese momento, en el que él parecía que finalmente podría encontrar el reposo que necesitaba durante años, una imagen vívida apareció ante él; en su sueño, se vio a él alegremente guiándola de la mano, como siempre solía hacer cuando eran niños y nada había destruido su mundo. Ella siempre con su rostro serio, liviana y ligera, su mirada perdida de ojos azules transparentes y su preciosa cara, blanca como la nieve, se dejaba llevar tras sus pasos y guiar cada día. Ella se aferraba a él como su salvavidas en el entorno que les rodeaba, tan normal para tantos, tan peligroso y difícil para ella.

Empezó a rememorar momentos de su niñez junto a ella. Dios, cómo la quería, en qué momento empezó a sentir tan profundos sentimientos por una niña. Eran críos y, a pesar de ello, sabía qué es lo que sentía por ella; no era solo esa necesidad de protegerla que despertaba, era algo más, no era lástima, no era sentirse mejor por ayudarla, era un total y absoluto amor, puro e inocente, que fue en aumento conforme pasaron los años, hasta ese maldito día, en el que todo cambió.

De repente, en ese momento plácido, mientras él corría como hacían siempre hacia el río, cogidos de la mano, siempre delante para guiarla, ella se detuvo, soltó su mano y su "yo" niño desapareció. Ella se giró hacia él y se dio cuenta de que su "yo actual" era quien presenciaba la escena. Ella lo miró, con aquella preciosa cara blanca, ese cabello largo, castaño y liso que siempre le escondía el rostro y esos dos ojos que tanto adoraba. Levantó las manos, se las miró, le volvió a mirar fijamente a los ojos y, para su sorpresa, sus manos se iban convirtiendo en cenizas mientras se las enseñaba y, con ese hilo de voz con el que siempre le hablaba de niña, le decía: "Me estoy quemando". La miró perplejo y ella volvió a repetir en el mismo tono: "Me estoy quemando". Un sentimiento de terror recorrió todo su cuerpo. Sabía que ella nunca pedía ayuda, nunca gritaba, nunca entraba en pánico, al menos nunca se podía apreciar, aunque él sí lo sabía.

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Las estrellas rojasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora