El amor duele, siempre ha dolido, no es raro. Desde las veces en que mi padre llegaba a saludarme después de un largo día de trabajo, hasta las veces en que mi madre me enseñaba que las travesuras que hacía eran peligrosas. No fue necesario nunca dialogar las cosas, mi cuerpo aprendía después de cada error y después de no ser suficientemente buena para entender un tema difícil. Claro que no eran tan difíciles y solamente ponía excusas para irme a jugar pronto, yo estaba mal. Y mis padres me decían que eran amor sus actos, aunque les dolía demostrarlo, más que a mí.
Cuando conocí a mi actual pareja sentí que finalmente llegaba algo de aire al sofocante espacio que existía en mi corazón, mis padres decían que todo estaba bien en comparación a lo que les acontecía a ellos día con día, y después de reflexionarlo les terminé dando la razón. Pues, a diferencia de ellos a mí no me falta la comida, la escuela es un privilegio y gracias a Dios que la lluvia y el frío no son una molestia. Alfonso, por ponerle nombre, era una persona dulce y gentil. Nunca me puso apodos raros, ni se burlaba de mi cuerpo, ni se asqueaba por las heridas en mis brazos. Era tanto para mí que no podía creerlo, me saludaba todos los días y a veces me sonreía, nunca nadie había sido de ese modo conmigo.
Eventualmente comenzamos a salir, para ser sincera siempre sentí vergüenza por que nos vieran juntos, y quizá a él le pasaba lo mismo porque siempre íbamos juntos pero sin agarrarnos las manos, nadie sabía de lo nuestro, en las sombras yo era su novia y él mi novio. No tenía protestas, él me daba cumplidos de vez en cuando y me ayudaba con los temas que no entendía, era todo lo que podía pedir. Pero un día me equivoqué y por error conté a otras personas que él y yo salíamos. Las risas no tardaron en llegar, los apodos llovían como agujas, y al verlo a los ojos, apartó la mirada..., y entonces apagué la mía.
Esa misma tarde lo noté extraño cuando caminábamos hacia mi casa, como un poema que se entera del ruido del silencio, hablaba para no verme. Caminaba rápido y me costaba seguirle el ritmo, hasta que eventualmente se detuvo y me miró con enojo. Pero incluso con esa mirada encendida y con sus brazos como barrera entre nosotros, me dijo de modo calmado que era mejor que nadie supiera de lo nuestro, pues yo era suya y no debía darle intriga a otros chicos. Yo lo entendí por completo, se preocupaba por mí y no quería que yo incitara a otros chicos a hablarme, entonces aprendí a guardar silencio.
Pasaron unas cuantas semanas y por error volví a equivocarme, olvidé avisarle que iba a salir a una fiesta familiar y se la pasó toda la noche marcando a mi teléfono, que no pude escuchar por la música que había. El día que nos vimos me brindó una muestra de afecto, prueba de ello era el enrojecimiento en mi mejilla izquierda, semejante al que veía en mi reflejo a diario, y es que le preocupaba que me hubiera pasado algo malo. Lo preocupé, el ardor era insoportable, pero al menos me enseñaba a estar siempre en contacto con él para que no me pasara nada malo.
Los días pasaron y de vez en cuando salíamos a comer pan o helado a lugares cercanos a mi casa. Recuerdo que se me antojó un helado con dos sabores nuevos y me moría de ganas por pedirlos, pero al decirle su respuesta fue seca. "No, ¿acaso no te ves en el espejo? Si comieras menos sería un poco mejor". Su intención no era mala según me dijo, pero mi exageración hizo que el heladero me preguntara qué pasaba y tuvieramos que irnos para limpiar la salinidad en mis ojos. Debí tomarlo como un comentario normal y no hacer un drama por eso, quizás por eso es difícil hablar conmigo, es difícil hablar.
En la escuela no hablábamos mucho, realmente mi única compañía era otra chica que recibía burlas por sus pecas y algunas maestras. En cambio él era popular, el líder de su grupo de amigos y alguien admirado por las demás chicas. Siempre tuve miedo de que alguna vez me dejara y se fuera con alguna de esas chicas con una belleza superior a la mía, al fin y al cabo no era nadie en comparación a ellas. Al comentarle sobre ello y sobre la incomodidad que existía cuando le coqueteaba a otras conocidas, me dijo que me callara y que dejara de inventar ridiculeces. Quizá lo juzgué mal y sólo era amable, una mano en la cintura si acaso es una muestra de cordialidad, si acaso denota juego.
Los meses pasaron y las situaciones así pasaron de ocurrir algunas veces por semana a ser casi un hábito. Pasaron de comentarios dolorosos a dolor físico en extremo. Comenzó a pedir una y otra vez muestras de amor, pero nunca fue suficiente. Bajé de peso y crecí un poco más, pero seguía siendo igual de fea que siempre, o así me sentía, aún así muchas personas comenzaron a hablarme más, cosa que a él no le pareció nada bien. Hacía que cubriera mi cuerpo, pues mis mejillas y cabello sabrían lo que pasaba si es que interactuaba con otros hombres. Me dolía, pero es que el amor es eso, una sensación de libertad sazonada con cadenas y punzadas.
Él amenazaba constantemente con irse si seguía haciendo cosas que lo molestaban, amenazó con difundir las fotos que algún día llegué a enviarle si le decía a alguien sobre lo que pasaba, amenazó con quitarse la vida si yo me iba. ¿Y eso demostraba que me quería?, alguien que se quitaría la vida por mantenerte a su lado de verdad te ama, alguien que usa tu cuerpo sin que de verdad quieras lo hace para que sepas que él puede encargarse de todos los aspectos en tu vida, sin que debas preocuparte por eso. Al menos esa fue la lógica que entonces fui capaz de encontrar.
Mis padres nunca supieron que tenía novio porque siempre inventé excusas, salidas con amigas falsas y falta de apetito debido a la dedicación con la escuela. Pero cuando mi padre se enteró fue mi fin, culpando a mi madre por una hija imperfecta y encerrandome en mi cuarto por días, quitandome mi celular a pesar de mis lágrimas, dandome bofetadas una y otra vez y golpeandome con su cinturón. Por primera vez el dolor tenía nombre y los sentimientos gritaban su ausencia. Pasados unos días mi madre me sacó de mi habitación para decirme que mi padre había entrado a la cárcel y que nunca volvería a ver a Alfonso. Por más que mi mente me aclamaba derramar mis lágrimas por él, no salió nada. Nunca volvió a buscarme, y tanto que me amaba, aunque lo vi en el periódico, no volvió. Esa sensación extraña que asemeja a la ausencia duró años, mi madre en algún punto dejó de golpearme y en la nueva ciudad conocí personas que me trataban diferente, no me amaban, no dolía nada.
Al fin no había amor en mi vida, por fin alejaron esas experiencias banales de mi vida. Después de todo, el amor duele...
ČTEŠ
El Amor Duele
Literatura faktuEl dolor desde la inocencia, el amor como excusa. Una historia que tiende a lo inverosímil pero que busca retratar una problemática que aqueja a miles de personas día con día.
