01-Pilot

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"En esta casa hay un orden muy claro: Rocío es la inteligente, Eliza es la consentida, y yo soy la de en medio, que viene siendo lo mismo que no ser nada. No es que mis padres lo digan con esas palabras, para qué, si lo demuestran todo el tiempo. Le compran a Rocío todos los utiles escolares que pide, porque ella sí la necesita, a mí me dicen que después, un después que lleva meses sin llegar. Aplauden que Eliza se amarre sola los zapatos como si acabara de ganar un premio. Es así, siempre ha sido así, y hace mucho que dejé de esperar que cambiara.

En dos días regresamos a clases y mis padres llevan una semana recordándonoslo como si se nos fuera a olvidar. Mi papá lo dice una vez en la mañana y mi mamá lo repite tres veces más durante el día con ese tono suyo que no admite respuesta. Las calificaciones tienen que ser buenas. No las mando a la escuela a calentar la silla. La única obligación que tienen en esta vida es estudiar. Lo dicen tanto que ya lo escucho sin oírlo, como el sonido de la lluvia golpeando el techo de lámina por las noches.

Lo que no dicen, pero que todos en esta casa sabemos, es lo que pasa cuando las calificaciones no son buenas. No hace falta que lo digan. Yo lo aprendí hace dos años cuando saqué un ocho en matemáticas. Mi papá llegó con el cinturón y mi mamá agarró la escoba, y los días que siguieron fueron de esos que uno prefiere no recordar pero que tampoco puede olvidar. No podía sentarme bien, no podía dormir de lado, y tenía que aguantarme las ganas de llorar porque llorar en esta casa es provocación. ¿Quieres que te dé motivos de verdad? Eso dice mi mamá cuando me ve los ojos aguados. Así que aprendí a no llorar, o al menos a no hacerlo donde alguien pueda verme.

Con Rocío no tienen que repetirlo. Ella nació siendo lo que mis padres quieren que seamos todas, aplicada, responsable, de esas personas que encuentran satisfacción en sacar diez y que el profesor las felicite. Yo no soy así y nunca lo he sido, pero tampoco soy tonta, encontré la manera de tener buenas notas sin morirme en el intento: los cuadernos de Rocío. Ella los guarda todos, organizados por materia y por año, y yo los uso desde tercero de primaria. Si alguna vez mis padres se preguntaron cómo es que Malena, que claramente no nació para los libros, saca calificaciones decentes, nunca se tomaron el trabajo de averiguarlo. Eso también tiene lo de ser invisible, que nadie investiga demasiado.

Mis padres trabajan en la finca del señor Adrián, que queda a las afueras del pueblo, unos veinticinco minutos caminando desde el centro si uno apura el paso. Mi papá supervisa la siembra y la cosecha, mi mamá cocina, lava y organiza la casa grande, que es como le decimos a la casa de los dueños. Los dos trabajan y aun así no alcanza, y lo que no alcanza lo cubre mi mamá lavando ropa de los trabajadores por las noches, y a veces Rocío y yo la ayudamos en la casa grande los fines de semana para que ella salga más temprano.

Vivimos en una casita que nos prestan por trabajar ahí, pequeña, con goteras en temporada de lluvia y dos cuartos para cinco personas. Mis padres en uno, mis hermanas y yo en el otro. No es gran cosa pero es lo que hay, y una aprende a no pensar demasiado en lo que no tiene porque eso solo pone de mal humor.

El problema de vivir tan lejos del centro es que básicamente no existes para el resto del pueblo. Yo voy de la casa a la escuela y de la escuela a la casa, con una parada obligatoria en la finca si mamá nos necesita. No salgo, no me quedo en el parque, no voy a la plaza sin un motivo concreto porque mis padres no lo permiten. ¿A qué van a andar de vagas por ahí? ¿Quién les dio permiso? Así que no. Mi unica vida social es básicamente Lidia, que es mi mejor amiga y que por suerte vive cerca de la escuela y tiene una madre que le da una libertad que yo en esta vida no voy a conocer.

El sábado antes de que empezaran las clases mamá nos mandó a las tres al centro del pueblo a comprar lo que faltaba para la escuela. Nos dio el dinero justo, lo cual con Eliza presente era básicamente una amenaza al poco presupuesto con el que contamos.
Fuimos a la papelería de la plaza. Eliza entró como quien entra a una juguetería, tocando todo lo que encontraba a su paso, y Rocío la seguía de cerca con esa cara suya de quien ya sabe cómo va a terminar esto pero no puede hacer nada al respecto. Yo fui directo a lo que necesitaba: dos libretas, bolígrafos y una calculadora, la mía llevaba meses sin funcionar bien y en cálculo no iba a poder seguir haciéndome la que no la necesitaba.
—Yo necesito colores y una libreta de dibujo —anunció Eliza desde el otro lado del pasillo.
—Hace seis meses te compramos colores —dijo Rocío sin levantar la vista de los estantes.
—Se me perdieron.
—Se te pierden cada seis meses.
—Es que alguien me los agarra de la mochila.
—Nadie te agarra tus colores, Eli.
Eliza no respondió pero tampoco soltó los colores. Los apretó un poco más contra el pecho, por si acaso, y siguió explorando los estantes hasta que encontró un libro para colorear de princesas y unas crayolas que definitivamente no estaban en el presupuesto de nadie. Los sumó a su colección sin consultarle a nadie y Rocío y yo nos miramos con esa comunicación silenciosa que desarrollan las hermanas mayores cuando ya saben que perdieron.
—Eli, sabes que venimos con el dinero justo —dijo Rocío con una paciencia que yo no habría tenido.
—Pero yo lo quiero.
—Lo que quieres y lo que se puede son cosas diferentes.
—Tú tienes dinero.
—Tengo el dinero exacto para las tres.
El labio inferior de Eliza empezó a temblar con esa precisión que tienen los niños chicos para producir lágrimas exactamente cuando más daño hacen. La señora de la caja nos miraba. Rocío cerró los ojos dos segundos, los abrió, y no dijo nada más.
Cuando llegamos a la caja el dinero no alcanzaba, obviamente. Eliza abrazaba su libro de princesas y sus crayolas como si fueran órganos vitales y no había poder humano que se los fuera a quitar. Rocío puso la calculadora de vuelta en el estante sin hacer drama, con esa manera suya de sacrificarse que a veces me da ternura y a veces me desespera.
—Esa era para Malena de todas formas —dijo Eliza con una lógica aplastante—. Y ella ni siquiera quiere estudiar.
Rocío le lanzó una mirada que significaba cierra la boca pero el daño ya estaba hecho. La señora de la caja fingió no haber escuchado. Yo fingí lo mismo, pagamos y salimos.
De camino a casa Eliza caminaba feliz con su bolsa, completamente ajena al hecho de que había arruinado el presupuesto de la tarde. Rocío iba callada. Yo iba pensando que en esta familia el dinero siempre alcanzaba para todos excepto para mí, y que eso era tan predecible que ya ni siquiera me molestaba.

Amor a escondidasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora