prólogo

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Hace eones, cuando el cosmos era un vasto vacío sin forma, tres diosas descendieron desde los cielos inexplorados. Aisha, Aten y Arlen, conocidas como la Santa Trinidad, arribaron a una tierra estéril y desolada, decididas a insuflar vida en el desolado vacío. Con su magia divina, transformaron el vacío primordial en un mundo vibrante, lleno de posibilidades y esplendor.

Aisha, la diosa de la vida, dio el primer aliento a la existencia. De sus manos nacieron seres capaces de caminar y sentir, moldeando la tierra con su presencia. Aten, la diosa de la sabiduría, impartió el conocimiento y el arte de la magia, permitiendo a sus creaciones entender y dominar su entorno. Y Arlen, la diosa del corazón, les otorgó emoción y pasión, brindándoles la capacidad de amar y soñar.

Así nacieron los humanos, las brujas, los elfos, los gigantes, las dríadas y muchas otras razas mágicas, cada una con su singularidad y esplendor. Los elfos erigieron reinos majestuosos en sus bosques ancestrales, con torres que se alzaban como esculturas vivientes entre los árboles. Los enanos forjaron ciudades subterráneas de piedra y gemas, llenas de riqueza y artefactos mágicos. Las dríadas crearon jardines sagrados adornados con flores luminosas y fuentes purificadoras. Los gigantes construyeron fortalezas imponentes en lo alto de las montañas.

Sin embargo, en su fervorosa creación, las diosas dieron forma a algo más oscuro. De la mezcla de su pura esencia divina y las emociones más sombrías de sus criaturas, emergió una entidad de pura maldad: Faku Kaibu. Esta criatura, nacida de la negatividad y el dolor, extendió su sombra sobre la tierra, sembrando caos y desesperación.

Con el paso del tiempo, la armonía entre las razas comenzó a fragmentarse. La paz se vio reemplazada por conflictos alimentados por celos, miedo y ambición. Los elfos, en su grandeza, se volvieron reservados y desconfiados. Los enanos, obsesionados con proteger sus riquezas, se encerraron en sus fortalezas. Las dríadas vieron cómo sus bosques sagrados eran invadidos. Los humanos y gigantes se enfrentaron en guerras interminables, dejando la tierra marcada por el desasosiego.

En un acto desesperado para salvar la tierra, la Santa Trinidad forjó dos armas de inmenso poder y esperanza. La primera, el Arco de la Eternidad Luminosa, era un arco de magia pura, con una cuerda tejida de la esencia del tiempo. Sus flechas, radiantes y purificadoras, iluminaban el camino hacia la redención en medio de la oscuridad. El arco, adornado con gemas que reflejaban el cielo estrellado, resonaba con la voluntad de su portador.

La segunda, la Espada del Fuego Celestial, era una hoja forjada en el corazón de un volcán celestial, bañada en el fuego primordial. Su filo resplandecía con un calor eterno que abrasaba la maldad y cortaba la sombra. La empuñadura, incrustada con runas antiguas, parecía latir con una vida propia, irradiando una luz inmortal.

La batalla que siguió fue una epopeya de destrucción y heroísmo. Durante seis días y seis noches, el mundo tembló bajo el peso de la guerra. Los ríos se tiñeron de rojo y el cielo se oscureció con humo y cenizas. La tierra se estremeció con cada enfrentamiento, y el cielo se iluminó con el resplandor de la magia en combate. Las armas sagradas, en manos de los más valientes, lograron finalmente derrotar a Faku Kaibu, pero no sin un alto precio.

En un último acto de desesperación, Arlen, la diosa del corazón, tomó una decisión trascendental. Mientras la oscuridad se disipaba, ella misma erigió un campo de protección mágico que selló el vínculo entre el reino divino y la tierra mortal. Con lágrimas en los ojos y un corazón desgarrado, Arlen sacrificó la mitad de su propia magia para estabilizar la tierra y contener el caos.

Sus lágrimas, impregnadas de tristeza y amor, se convirtieron en una lluvia bendita que cayó sobre la tierra. Esta lluvia, llena de esperanza y sacrificio, no solo purificó la tierra, sino que también bendijo a sus habitantes, manteniendo a raya la maldad que aún acechaba. Arlen, con su sacrificio, dejó un rastro de esperanza mientras su propio poder y conexión con el mundo mortal se desvanecían.

Las diosas, agotadas y llenas de pena, comprendieron que no podían regresar al mundo que habían creado con tanto amor. El campo de protección que Arlen había forjado se convirtió en una barrera impenetrable, dejando a las razas solas en su lucha por mantener el equilibrio. Las diosas prometieron que dos elegidos surgirían, quienes tendrían el poder y la valentía necesarios para unificar a las razas y erradicar la oscuridad de una vez por todas.

En una profecía antigua y reverenciada, se anunció:

"Cuando la noche más oscura se cierne sobre la tierra y el lamento de las razas se eleva al cielo, dos luces nacerán del polvo y el sacrificio. El primero, un portador de la esperanza perdida, se levantará con el Arco de la Eternidad Luminosa, guiando a los corazones errantes hacia la redención. El segundo, un guardián del fuego inmortal, empuñará la Espada del Fuego Celestial, forjando un camino de justicia en medio de la tormenta. Juntos, ellos desatarán una nueva aurora, restaurarán el equilibrio y desafiarán a la oscuridad que aún persiste. Pero, cuando la victoria se alcance, la tierra pedirá un precio, y la promesa de los dioses quedará sellada en las estrellas para siempre."

En respuesta a este llamado, las brujas formaron la Hermandad del Alba, dedicada a la erradicación de las sombras de Faku Kaibu. Con el tiempo, esta organización se transformó en la Caballería Blanca, un grupo sagrado y venerado que continúa el legado de la Hermandad. La Caballería Blanca se ha convertido en el baluarte de la resistencia, protegiendo el reino de Winsor, una fortaleza de magia y esperanza, rodeada por bosques encantados y defendida por barreras mágicas.

Las ciudades cercanas a Winsor, nacidas del esfuerzo y la esperanza renovada, se levantaron como faros de unidad y cooperación entre las razas. Cada una de estas pequeñas ciudades, con su propia belleza y esplendor, simboliza un renacer tras la devastación. Arlen, en su acto final, bendijo la tierra de Wonder Heart, creando un santuario donde se dice que aún se ocultan las armas sagradas de la Trinidad. Este lugar se convirtió en un símbolo de esperanza, un recordatorio de la bondad y el sacrificio que una vez definieron la creación.

Pero la verdad es que, con el paso del tiempo, la leyenda se ha desvanecido en el olvido. Para muchos, la historia de la gran batalla y el sacrificio de las diosas es ahora solo un cuento, un mito contado por ancianos y en canciones olvidadas. Las razas y los habitantes del mundo mágico han aprendido a vivir con la incertidumbre, preparados para cualquier amenaza que pueda surgir.

¿Realmente la maldad ha sido contenida para siempre, o simplemente se ha ocultado en las sombras, esperando su momento para regresar? ¿Qué señales o presagios precederán su retorno? Y más crucial aún, ¿quiénes serán los elegidos que deberán enfrentarse a este antiguo mal y restaurar el equilibrio en un mundo que sigue al borde del caos?

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