Introducción

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Emma escuchaba las finas gotas de lluvia danzar en su ventana. Su cuarto, que en realidad no era su cuarto, se sentía cada vez más grande y vacío. Aunque su tía le había remodelado todo para que se sintiera como en casa, no lo lograba. Já, en casa jamás habría tenido una laptop de última generación, en casa jamás hubiera tenido una almohada de plumas. En casa los tenía a ellos, a quienes había amado y que ahora ya no estaban.

El sonido de las gotas le recordaba a aquel día que recibió la noticia. Ella estaba en una fiesta junto con un amigo. Había preferido quedarse toda una semana en casa y disfrutar su vida sola sin su familia, en lugar de ir al monte nevado a donde se fueron su padre, madre y su pequeño hermano de seis años. La culpa la consumía cada vez que pensaba en aquella decisión. Las risas y la música de la fiesta aún resonaban en su mente, superpuestas con la imagen del policía en la puerta, su rostro serio y compasivo. Había algo surreal en la forma en que las palabras "accidente" y "sin sobrevivientes" perforaron su burbuja de diversión. En un instante, todo lo que conocía y amaba se desvaneció, dejando un vacío abismal en su corazón.

Emma manejaba rápidamente hacia su casa, sus manos temblorosas aferradas al volante mientras marcaba frenéticamente el número de su familia en el teléfono. Cada tono de llamada que pasaba sin respuesta incrementaba su desesperación. La carretera, oscura y resbaladiza por la lluvia, parecía extenderse interminablemente ante ella, reflejando su creciente pánico.

"Por favor, por favor, contesten," murmuraba una y otra vez, como una letanía de esperanza. Pero la línea seguía en silencio, cada vez más ensordecedor. Las lágrimas comenzaban a correr por su rostro, mezclándose con la lluvia que salpicaba el parabrisas. La realidad de lo que había escuchado comenzaba a hundirse en ella, una verdad que su mente se rehusaba a aceptar.

Ellos. Ellos. Ellos.

Volvió al presente con un sobresalto, escuchando las finas gotas. Estaba en su cuarto, pero no era su cuarto. Se sentía cada vez más grande y vacío. Aunque su tía le había remodelado todo para que se sintiera como en casa, no lo lograba. No, en casa jamás habría tenido una laptop, en casa jamás hubiera tenido una almohada así.

Se dejó caer en la cama, el sonido de la lluvia brindándole un triste consuelo. Cerró los ojos, tratando de ahogar la marea de dolor y culpa que la inundaba. Fue entonces cuando escuchó un suave susurro, una melodía apenas audible que parecía provenir de algún rincón oscuro de su mente.

Era aquella canción.

No quería recordar. No, no debía recordar.

La muerte la había perseguido desde ese día.

13 de junio.

Emma se metió debajo de su cama, abrazando la almohada de plumas con fuerza sobre su cabeza, como si al hacerlo pudiera bloquear tanto el sonido de la lluvia como los recuerdos que la atormentaban. La oscuridad bajo la cama se sentía extrañamente reconfortante, un refugio temporal de la dolorosa realidad que la rodeaba.

Apretando los ojos con fuerza, trató de concentrarse en su respiración, en el suave susurro de la melodía que aún resonaba en su mente. Cada nota traía consigo una oleada de nostalgia y dolor, pero también una chispa de calidez, un recordatorio de los momentos felices que alguna vez compartió con su familia.

Bajo la cama, el tiempo parecía detenerse, y la canción en su cabeza se convertía en un puente hacia el pasado. Recordaba las mañanas de invierno, cuando su hermano corría hacia su cama, saltando sobre ella con su pijama de superman, exigiendo que le leyeran su libro favorito. Su madre, quien amaba inmensamente pero con quien peleaba a menudo, se unía a ellos con una taza de chocolate caliente para cada uno, mientras su padre observaba desde la puerta casi siempre a punto de observar algo sobre la cena o sobre algo que pudiera comenzar una discusión.

No eran la familia perfecta. Sin embargo, ¿acaso existía una?

Esos recuerdos eran ahora fragmentos de un mundo que ya no existía. Emma se aferraba a ellos como si fueran anclas, pero también eran tormentas que agitaban las aguas de su alma. La melodía seguía fluyendo, su ritmo desesperanzador seguía atormentándola como aquel día.

Lágrimas caían ahora de sus ojos y en un intento desesperado de poder descansar y olvidar todo rastro de su pasado comenzó a tararear la canción que a su madre le encantaba y la cual había sido tocada en el baile de su matrimonio con su padre.

Amor, amor, quisiera ver tu corazón.

Cantaba en un susurro.

Escucha bien tu corazón

Poco a poco el sueño la alcanzaba, su corazón ya no latía tan deprisa ni tampoco de sus ojos rondaban lágrimas pero aún ese mente dormida seguía la fecha, esa fecha.

13 de junio del 2021.

Nuestro Último LlantoWhere stories live. Discover now