Leer nota final
-Nat, cariño, deberías levantarte ya o no llegaras a clase.
-No quiero ir a clase.
-Ni yo a trabajar, pero es lo que toca. Vamos –me dice mi madre destapándome, lo que hace que abra los ojos y le mire atónita.
-¡Eh!
-Como en cinco minutos no estés vestida, me voy y tendrás que coger el autobús –oh no. El autobús no. Es la cosa que más odio en el mundo. Mamá, no seas tan cruel, por favor. En cuanto sale de mi habitación, salto de la cama, me visto con unos vaqueros y una camiseta negra dos tallas más grande, me pongo mis converse y cojo la primera sudadera que veo en la silla de la habitación, la cual uso más de armario que el propio armario. Cojo un par de galletas, la mochila y salgo de casa a la par que mi madre. Me voy comiendo las galletas en el coche, mientras escuchamos el "morning show" de una emisora en la que casi no hablan, lo que está bastante bien, porque lo que necesito para despejarme es escuchar música y no gente hablando, que para eso ya tengo el instituto, gracias. Me hago una trenza rápida al lado en un intento de peinar mi pelo, y salgo del coche justo cuando van a dar la predicción del tiempo en la radio. Ando rápidamente intentando no chocarme con nadie, cuando alguien se une a mi en las escaleras.
-Buenos días García.
-Brooks –digo haciendo un gesto con la cabeza como saludo.
-¿Qué tal?
-Bien –mi tono es cortante.
-¿Te he hecho algo que no sepa, o...?
-No, Diego. Dios, soy una chica borde, si quieres ser mi amigo tendrás que empezar a aguantar mis contestaciones porque soy así, y ya está. Lo siento si te molesta, pero no pienso cambiar –Diego me mira un momento a través de sus gafas de pasta y después asiente.
-No has desayunado –dice al final. No es la respuesta que me esperaba. Parpadeo un par de veces.
-Pues... no. ¿A qué viene esto ahora?
-Porque la gente que no desayuna tiene peores humos por la mañana. Está comprobado –ruedo los ojos, pero no puedo evitar sonreir ante su comentario.
-Yo siempre tengo malos humos. No puedes hacer nada al respecto.
-Cierto –dice en tono pensativo mientras abre su mochila. –Pero puedo darte una barrita energética y acompañarte a clase. En realidad no te acompaño porque vamos a la misma clase, pero bueno, la frase me ha quedado genial –yo niego con la cabeza mientras abro la barrita que me acaba de ofrecer y le doy un mordisco.
Caminamos por el pasillo hasta entrar en clase y nos sentamos en nuestros respectivos sitios. Él sigue parloteando sobre algún tema trivial mientras yo hago como que le hago caso. En realidad, no tengo ni idea de lo que me está diciendo, pero prefiero escuchar su voz que las voces chillonas del final de la clase. Ambas me molestan, pero se supone que tengo que intentar ser algo más agradable con Diego. Además, me ha dado una barrita energética.
Nuestra profesora de matemáticas entra en la clase dando un portazo y deja caer los libros en la mesa, haciendo que suene un golpe seco que calla a toda la clase. Es una mujer alta, de unos cincuenta años, con el pelo recogido en un moño y unos tacones de aguja que tendrían que estar prohibidos. Yo en mi vida conseguiría andar con eso. Nos explica un poco los criterios de evaluación que va a llevar a cabo y nos hace empezar ya con el primer tema. Vaya, esta mujer no pierde el tiempo. La clase se me pasa bastante rápida, lo que está bastante bien porque si la clase no hubiese sido dinámica, me habría quedado dormida. Las dos horas siguientes ocurre lo contrario. Me aburro tantísimo que tengo que ponerme a dibujar en la tapa del cuaderno para que mis ojos no se cierren.
A la hora del recreo, Brooks se acopla a mí. Vamos a la cafetería y me compro un bocadillo para almorzar, ya que la barrita y el par de galletas que he desayunado no ha calmado a mi estómago y se estaba empezando a quejar. Nos sentamos en el pavimento del recreo, en un lugar donde da la sombra, y ambos comemos en silencio, observando a los niños de cursos menores jugar un partido de futbol como si su vida dependiera de ello.
-Odio el fútbol –digo en voz alta, mientras sigo observándolos.
-Yo también –me responde él, haciendo que me gire para verle.
-¿En serio?
-Sí.
-¡Pero si eres un chico! Todos los tíos estáis locos por el fútbol.
-No todos. Me parece un deporte infantil y sin sentido. Además, está muy sobrevalorado. Es decir, ¿por qué la gente que se dedica a ir detrás de un balón para darle pataditas cobra tantísimas millonadas mientras hay gente humilde sin casa o muriendo de hambre? No lo entiendo. Y no hablo de países poco desarrollados, hablo del nuestro, de España. Me parece tan patético que la gente idolatre a estas personas...
-Dios mío, ¡por fin alguien que piensa como yo! ¿Dónde te habías metido todo este tiempo?
-Pues aquí –dice encogiéndose de hombros.
-¿De verdad piensas todo eso?
-Claro. Si no, no lo habría dicho.
-En uno de mis antiguos institutos me hicieron la vida imposible por decir algo parecido. Me encaré contra ellos, pero estaba sola, así que salí perdiendo y me quedé todavía peor. Pero no me arrepentí. Dije lo que pensaba porque salió el tema en tutoría, pero por lo visto, esas clases no sirven para mucho.
-Wow.
-Al final te acostumbras a estar sola.
-Yo aún no me he acostumbrado –susurra.
-Bueno, tampoco tienes que hacerlo. No estás solo –Diego, que hasta entonces no me había mirado, se giró rápidamente hacia mí. Yo volví la mía hacia el frente. No sé por qué había dicho eso. ¿Por qué había dicho eso? No quería atarme a nadie. No quería que nadie se atara a mí. Sin embargo, con estas palabras, había logrado el efecto contrario. Había lanzado la cuerda. Ya no había vuelta atrás.
-¿Me estoy volviendo loco, o estás siendo maja conmigo?
-Bah, olvídalo.
-Estaba claro, me estoy volviendo loco.
-No es eso, me has oído perfectamente.
-Me ha sorprendido, eso es todo.
-Ya, bueno...
-Oye –giro la cabeza para mirarle. Hasta ahora no me había fijado en sus ojos. Son realmente bonitos. Son azules, pero de uno azul tan oscuro que casi se podría confundir con el negro. Pero lo que los hace bonitos no es el color en sí, sino las manchitas grises que le rodean la pupila. Parecen el vivo reflejo del mar. –Gracias –su voz me devuelve a la realidad. Es la viva imagen del agradecimiento.
-No tienes por qué darlas.
-Ves, al final no es tan difícil ser maja. Estoy orgulloso de ti –yo río y me levanto para tirar el papel que envolvía en bocadillo a la basura. La conversación emotiva había concluido.
*************
¡Buenas! ¡He vuelto! Sé que no es una vuelta espectacular, y que el capítulo es muy cortito, pero quiero hacer las cosas bien y acabar primero el fanfict de Austin Mahone (la otra historia que está en mi perfil).
Quería daros las gracias por los comentarios animándome a seguir con la historia. Si os soy sincera, estaba a punto de eliminarla, porque no me gustaba cómo me estaba quedando, pero de repente me empezaron a llegar ideas y bueno, creo que puede quedar una historia chula. Lo único que necesito es tiempo y paciencia. Mucha paciencia.
Seguid votando y comentando cualquier cosa. ¿Os ha gustado? ¿Hay algún error? ¿Qué creéis que pasará con los personajes?
¡Compartid la historia ¡Y gracias por leer!
YOU ARE READING
Vuelvo a ser la rara
Teen FictionLa gente piensa que ser diferente es sinónimo de ser raro. No puedes ser tú mismo, ni ser alguien singular, porque pronto te tachan como fricki, raro o antisocial. Puedes ser raro siendo un típico nerd, una rata de los libros, alguien con algún tras...
