María Eugenia se encontraba acompañada de varias mujeres en la Plaza de Mayo, algunas eran más jóvenes y otras ya tenían dificultad para estar tanto tiempo al aire libre, pero todas compartían algo en común; el dolor de perder a un hijo.
Eso, y el pañuelo en sus frentes, ella no era la excepción, no importaba que tanto le doliera ponérselo cada jueves cuando llegaba a la plaza ni cuanto llorara al quitárselo al volver a su casa vacía.
Las mujeres se aglomeraron fuera de la Casa Rosada, protestando hasta que no pudieron con el dolor en sus piernas. María regreso a su hogar con el alma rebosando de ira e impotencia. No tenía ganas de comer, guardo el pañuelo como si se tratara de una joya muy delicada y se dio una rápida ducha.
María ya no solía rezar con tanta frecuencia desde que enviudo, pero desde que su Esteban no había vuelto aquel 18 de marzo, los rezos quedaron olvidados y quedo el silencio. María apenas dormía, se mordía los labios mientras se torcía las uñas mirando al techo o a la nada,
recordaba la ultima mañana en que había visto a su hijo antes de salir para no volver, con su camisa azul nueva y la cruz que su esposo le había dejado, se despidió con un beso, como siempre lo hacía, el niño terco no se había llevado su bufanda, replicando que en la noche no iba a ser tan fría… ¿Su hijo tendrá frio en donde este? ¿Estará comiendo bien o sigue saltándose comidas?
No pudo dormir casi nada, sus pensamientos no la abandonaban en ningún momento, solo podía descansar cuando se aferraba a esa pequeña esperanza que aun tenia de que Esteban
aun estuviera vivo, pero a cada semana ese consuelo agridulce se desvanecía.
Cuando llego el próximo jueves y a pocos minutos de llegar a la plaza, una mano le tapo la boca y la metieron a un vehículo, antes de siquiera poder hacer algún movimiento para poder defenderse, la golpearon dejándola inconsciente.
Cuando despertó, se encontraba desnuda en una habitación sucia y vacía, adolorida trato de buscar algo con lo que cubrirse, pero cuando llego a un extremo de la habitación se detuvo y comenzó a temblar, levanto la cruz de su hijo, la cual se encontraba llena de sangre.
Frenética, se levanto ignorando la sangre que ya había llegado a sus ojos y grito el nombre de su hijo, como si pudiera aparecer en cualquier momento, pero a pesar de sus sollozos desesperados, se encontraba sola.
María no sabe cuanto tiempo paso, pero cuando dos hombres entraron en la habitación, ella aún tenía la adrenalina y furia fresca en sus venas que lo primero que hizo fue tratar de golpearlos, pero al ser superada en fuerza y numero, termino en poco tiempo en el suelo mientras la golpeaban. Después de eso se fueron.
Pudieron haber pasado días o meses, ella no lo sabía, ya no tenía fuerzas para siquiera tratar de preguntar cuando le poca comida podrida que le daban, tal vez esa era su intención y dejarla con la incertidumbre de no saber que le haría, a veces la bañaban con agua helada y pasaban corrientes eléctricas por su cuerpo, otras solo venían uno o dos hombres a golpearla hasta que se desmayaba, en más de una ocasión le impidieron dormir noches enteras mientras la amenazaban de que si dormía, varios hombres se divertirían con ella.
Pero a pesar del sufrimiento de su cuerpo, su alma y corazón estaban de luto, apretaba contra su pecho la cruz que le había pertenecido a su esposo y su hijo, deseó que finalmente la mataran, pero los animales que la custodiaban parecían complacerse ante su agonía.
Estaba recostada en medio de la habitación, tratando de dormir un poco, aprovechando que estaba sola. Exaltada, volvió a abrir los ojos asustada, sin esperar al hombre que estaba arrodillado a su lado.
—¿Esteban? — preguntó llorosa y con un sentimiento de que finalmente se había vuelto loca.
Enfrente de ella estaba su hijo. Su Esteban, que, si estaba vestido pero ensangrentado, la ropa desgarrada, su rostro huesudo y pálido solo hacia que la sangre en su boca se notara más. Sollozo mientras se sentaba en el piso y le acarició el rostro a su niño mientras él hacia lo mismo con ella.
—Lamento mucho que hayas terminado aquí mamá.
Ella lloro con más fuerza.
—Yo lamento que hayas estado aquí y no haber podido hacer más por ti, mi dulce niño.
Esteban le sonrió con tristeza y le apretó la mano con más fuerza, pero rápidamente su mirada cambio a una amarga impotencia.
—Mamá… esta tarde… te van a sacar— una lagrima rodo por la mejilla del hombre—
yo… yo… yo estaré contigo, no te dejare, te lo juro.
María se hacia una buena idea a lo que se refería, estaba a punto de hablar cuando la puerta se abrió de golpe, cuatro hombres entraron con palos en sus manos. Sintió los brazos de su hijo rodearla.
KAMU SEDANG MEMBACA
Impotencia
NonfiksiEn Argentina, entre los años 1976 a 1983 hubo muchos jóvenes que fueron secuestrados y desparecidos durante la dictadura militar. De ahí varias mujeres se reunían en la Plaza de Mayo buscando justicia, lamentablemente, también algunas fueron desapar...
