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Las rosas se mueven con ímpetu, tan majestuosas y rojas, como la sangre de esa bella mujer que murió aquel día en la autopista, era tan distante ese recuerdo, tan débil que la gélida brisa, del bosque de mi imaginación, se lo llevo como a una hoja seca.

Estoy solo, en un camino sin rumbo plagado de soledad, mis pasos siguen y siguen hasta por fin perderse. Bajo mis pies crujen las hojas secas del frio otoño. Luego veo una fugaz estrella entre el cielo nuevo, tan distante pero tan fácil de apreciar, así como la flor delicada e intocable.

Una pequeña sonrisa se extendió en mis labios mientras la luna iluminaba mi rostro pálido y frío.

Finalmente mis pies se detienen, puedo sentir el intenso hielo en la atmósfera, en un páramo olvidado. Mis ojos apagados admiran mi destino mientras flaquean débilmente.

Un punto húmedo con algo de barro en su suelo, en el cual habitaba un sabio, con raíces y una corteza marrón. Un rey, con corona de hojas tan verdes como las iguanas. El Rey Roble.

—Volviste—murmuran sus hojas entre la brisa. Brillan entre la luna, paseándose con el viento entre su imagen. Su voz es tan grave que resuena en el bosque, despertando la vida oculta en él.

—Por supuesto… ¿por qué no lo haría?—musite, mi voz era a penas un murmullo comparándola con la suya.

Tomé unos pasos a su camino, mirándolo desde abajo, con una ligera sonrisa en mi expresión. Inhale. Roble marrón… huecos… ardilla. Bellotas.

—Yo… ehh… —Pase mi mano por la tela de mi pantalón hasta encontrar el bolsillo y sacar de el una bellota. La extendí para dejarla a su visión—Es… es un humilde regalo… —Me incliné lentamente mientras me acercaba, no quería ser irrespetuoso. Y la deposité cerca de sus raíces visibles—. Para Usted.

Me aleje los pasos que me había acercado mientras rogaba que aceptará mi regalo. ¿Que se le regalaba a un rey? Joyas, oro, festines, súbditos y servicios. Pero… ¿Que se le regalaba a un roble? ¿Abono? Muy sucio para un rey… ¿Fruta? No la comería. El único regalo que me había parecido lo suficientemente limpio había sido… una bellota. ¿Tendría ardillas en su ornamento?

Estaba lejos de casa… pero después de todo, no era lo importante, importaba este momento, este lugar, no yo. Era mi único momento para disfrutar de la cómoda soledad que siempre sería para mí. En este páramo solitario de imaginación.

—Gracias, muchacho. Pero… ¿No deberías estar en tu casa, con una cena cálida y una madre cariñosa?—La pregunta fue como un balde de agua helada. Baje un poco la mirada. Yo no tenía nada de lo que él decía. Al parecer, lo noto—Entiendo.

—No, no lo haces—respondí, sentí como su mirada me pasaba por el rostro, buscando cuáles señal para prestarme algo de lastima—. Prefiero estar aquí, contigo. A ti te gusta escucharme, a ellas también.

Dirigí mi mirada a las libélulas del estanque para luego sonreír. Este no era mi lugar, nunca lo había sido, pero… realmente nunca había existido un lugar allí a fuera para mí… ¿Qué sería diferente ahora?

—Tienes una imaginación disparatada, muchacho, eso a ellas les gusta y a mí… a mí me gusta escuchar—respondió inexpresivo. El gran Rey Roble en toda su altura.

—Eso es todo lo que necesito—respondí de manera sincera. Nada más eso, alguien para escucharme, así las voces de mi mente cesarían sus murmullos—. Por favor, me gaste mis páginas…

Las hojas en blanco también eran buenas escuchando, pero ellas se manchaban pronto con tanto palabrerío. Además, el bolígrafo hacían que mis manos dolieran.

Luego de un silencio casi agonizante, sus hojas comenzaron a serpentear incesantemente, luego pararon, y la voz del Gran Rey Roble se proyecto en todo el bosque:

—Muy bien chico. Ven aquí

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⏰ Last updated: Jun 17, 2024 ⏰

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