Ecos de esperanza

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El sonido del viejo gramófono era el único sonido que se podía escuchar en aquella casa. Jimin Minier, con sus dedos temblorosos, ajustó la aguja en una canción de origen hispano; la voz melancólica se escuchó como una caricia suave a su destrozada alma. Se sabía muy bien cada letra y su significado; esa era su canción especial. La guerra había acabado con ciudades enteras, miles de personas muertas y otros heridos, una guerra que le arrebató a su esposo e hijos.

—Bésame mucho —susurró Jimin, siguiendo aquella dulce melodía—, como si fuera esta noche la última vez—. Sus lágrimas rodaron por sus mejillas. Como cada tarde, Jimin esperaba sentado en el porche de su casa. Su silla mecedora estaba algo desgastada y su perro Holly parecía cada día más agotado de vivir; su única compañía estaba muriendo

Dos años, dos largos y dolorosos años, habían pasado, contados entre raciones de comida que compartía con los huérfanos del pueblo y en las horas que algunas veces usaba para remendar su propia ropa.

Su mejor amigo, Taehyung Chevalier, había sido informado de la muerte de su padre y hermano. Entre todo ese dolor, su corazón tuvo algo de calma al saber que su esposo estaba vivo, pero tardaría en regresar, ya que aún debían estar atentos a los estragos de la guerra. Sin embargo, él no sabía absolutamente nada.

Sus ojos estaban siempre tristes, sus lágrimas ya estaban todas derramadas, perdió a su madre y a su segundo hijo de año y medio. La guerra no solo devastó ciudades, la guerra devastó vidas y hogares, entre ellas la suya propia.

Al caer la noche, sus recuerdos lo invadían en sobremanera, despertándolo abrumado. Su reloj nunca paraba y las promesas de su querido esposo se desvanecían. Regresaba a la estación donde se despidió por última vez de ellos y lloraba porque no estaba seguro de si volverían.

Tenía tantas cosas que decir, pero sin nadie que las pudiera escuchar, no tenía sentido. Las manillas del reloj se burlaban en su cara, haciéndole consciente de que no volvería a pasar tiempo con ellos. Y un día más, odio la guerra.

A cientos de kilometros, de su pueblo, en una Alemania cubierta de barro y ceniza, se encontraba Yoongi Minier, un cigarro a punto de apagarse se consumia entre sus dedos, el frio era tanto que calaba sus huesos, pero él hombre preferia mil veces ese dolor, que aquel vacio de sus pensamientos.

Hace dos meses que la guerra había terminado y solo la mitad de su pelotón había regresado con vida a su base en territorio alemán.

— Mañana salen los camiones hacia la frontera Yoongi—. comento su camarada Namjoon Miller, un estadounidense, que  miraba su mano izquierda con sus dos últimos dedos amputados con una calma que a Yongi le resultaba demasiado admirable. Esperaba su pronta partida hacia New Jersey, donde su esposo y sus dos hijas lo esperaban anhelantes.

—No me iré de aquí sin Jiyoon, le prometí a mi querido Jimin que cuidaríamos el uno del otro. No puedo volver sin mi hijo, seguiré buscando, y lo encontraré, te lo aseguro—. La firmeza con la que hablaba Yoongi era inquebrantable.

 El batallón donde servía Jiyoon, su hijo de 19 años, había desaparecido durante la contraofensiva en las Ardenas. Cada día, nuevos grupos de soldados liberados llegaban a la base, y Yoongi escrutaba cada rostro con desesperación, buscando los ojos de su hijo. Su voluntad era lo único que lo mantenía en pie; el sueño de ver de nuevo a Jimin y volver con su hijo.

A veces, el peso de lo perdido le cerraba la garganta. Recordaba a Hoseok, su hermano, cayendo bajo el fuego enemigo mientras protegía a un grupo de veinte niños huérfanos. Hoseok murió como un héroe, detonando una carga de dinamita para detener el avance de quienes disparaban sin piedad. Pero el dolor no terminaba ahí, las cartas que lograban llegar le habían traído la noticia más amarga. Su cuñada y su sobrino de tres años tampoco habían sobrevivido. La familia de Hoseok se había extinguido junto con él.

Yoongi vivía como un cuerpo sin alma, dormía con el fusil al lado, acostumbrado al suelo helado y a la falta de comida. Junto a él solía estar Soobin, un joven de quince años que había perdido a toda su familia y que Yoongi había adoptado bajo su protección.

Tras tres meses de búsqueda incansable entre los escombros de Alemania, finalmente apareció una señal. Un registro de un hospital de campaña mencionaba a un soldado con los rasgos de Jiyoon. De los 130 hombres de aquel pelotón, solo 40 habían sido localizados.

Yoongi cerró los ojos y, por un momento, el olor a ceniza fue reemplazado por el aroma de los huertos de su hogar en Francia. Visualizó a Jimin, a su pequeño Minsu —su bebé de año y medio— y a Jiyoon regresando con él. No sabía que el destino había sido mucho más cruel de lo que sus oraciones alcanzaban a imaginar, pero esa esperanza, frágil como el humo de su cigarro, era lo único que le impedía rendirse.

Esperanza sobre Cenizas.  Yoonmin KooktaeMga kuwentong kahuhumalingan mo. Tumuklas ngayon