Rai: Entre espinas y silencio

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Ya no sé cuántos años llevo aquí. Sinceramente, dejé de contar hace mucho. Me llamo Rai y tengo 53 años, aunque mi reflejo parece contar una historia distinta.
Mi infancia fue... extraña. En aquel entonces no era consciente de la realidad, pero ahora entiendo que siempre percibí el mundo de forma diferente. Sentía que los demás estaban hechos de otra materia. Mis padres, por ejemplo; los recuerdo como seres extraños, con manos ásperas y movimientos ajenos. Caminar a su lado era como caminar entre espinas: si me acercaba demasiado, dolía.

Nunca me resultó agradable hablar con las personas. No es que les tenga odio, simplemente prefiero evitarlas; siempre terminan complicando la existencia con sus ruidos y sus juicios. Busqué un destino donde mi vida pudiera estar tranquila, en paz, pero creo que me quedé estancado en este lugar. La gente pensaba que estaba loco solo por querer silencio. Al final, nunca conocí a nadie que compartiera mi camino; mi destino me trajo hasta aquí, a esta habitación de paredes mudas.

—Se escuchan pasos acercándose...—

—Rai, es hora de su medicina —dice una voz joven.

Un enfermero se acerca. Sus movimientos son eficientes, casi mecánicos. Me extiende un vaso de agua y la pastilla. Me la tomo de un trago. Sigue siendo tan amarga como el primer día, un sabor que se queda pegado a la lengua.

—No odio la medicina, joven —murmuro mientras le devuelvo el vaso.
El enfermero se ríe suavemente.

—Usted, como siempre, tan absorto en sus pensamientos —responde antes de retirarse.

Ese muchacho siempre usa palabras extrañas. Me quedo mirando la pared y, de pronto, los recuerdos de mi pasado regresan como una marea...

El Recuerdo

Veo a un niño de cabello negro azabache, muy pulcro. Tiene una mirada empática, casi demasiado sensible para su edad. El niño observa a la gente pasar desde el umbral de su casa, esperando a que su madre regrese de la tienda. El pequeño suspira y susurra para sí mismo:

—No me gusta salir, pero quiero ayudar a mamá...—

Desde pequeño, no lograba comprender a los demás. No le encontraba sentido a esos hilos invisibles que llaman "amistad". No tuvo amigos, ni compañía. Siendo el último de los hijos, se convirtió en el hijo olvidado. Sus hermanos ya eran adultos, con sus propias vidas, y sus padres, aunque lo cuidaban a ratos, siempre debían marcharse a trabajar.

Siempre se quedaba solo. Y en esa soledad, el niño aprendió que el silencio era el único lugar donde nadie podía lastimarlo.

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⏰ Última actualización: Apr 10 ⏰

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