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A la mañana siguiente, Kiwa llegó temprano al estudio. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el leve olor a tinta y papel. Dejó un vaso humeante sobre el escritorio de Horikoshi y le regaló una sonrisa.

—Buenos días —dijo con suavidad.

Horikoshi ya estaba despierto, inmerso en su trabajo. El brillo del monitor iluminaba su rostro cansado, pero al ver el café —y la sonrisa que lo acompañaba— sintió que el día comenzaba de un modo distinto.

—Buenos días —respondió, devolviéndole el gesto—. ¿Me trajiste café? Gracias.

Probó un sorbo. El sabor dulce y tibio le recorrió el cuerpo como un pequeño despertar. Al alzar la vista, la vio de nuevo, y no pudo evitar observarla un instante más de lo prudente. Kiwa era encantadora, con una belleza que parecía casual, pero que desarmaba con facilidad.

Habían trabajado juntos durante meses, y aun así ella sabía poco de él. Horikoshi era un hombre reservado, casi hermético, más cómodo entre sus páginas de manga que entre palabras.

—Horikoshi —preguntó ella con curiosidad ligera—, ¿qué te gusta hacer en tu tiempo libre?

Él se encogió de hombros.
—No soy muy interesante fuera del trabajo —respondió.

No era solo timidez. La verdad era que su vida giraba casi por completo en torno al manga… y a veces, en torno a ella. Pero aquello prefería callarlo. No porque no quisiera decirlo, sino porque temía hacerlo.

—Solo soy un mangaka aburrido —añadió, intentando restarle importancia.

Kiwa lo miró con una mezcla de ternura y tristeza.
—Oh, no lo eres —dijo con voz suave, como si intentara convencerlo de algo más que de su propio valor.

Él sonrió apenas. En el fondo, sabía que tal vez tenía razón: su vida era monótona, un bucle de trabajo, café y soledad. Excepto por ella. Ella era la única alteración en su rutina perfecta y gris.

—Aunque es la verdad —murmuró, intentando sonar natural. No podía confesarle lo que realmente pensaba. No todavía.

Kiwa se acercó. El sonido de sus pasos resonó sobre el piso de madera hasta que estuvo justo frente a él. Le tomó el rostro entre sus manos, cálidas y firmes, y lo besó. Fue un roce breve, un toque que combinaba la delicadeza con un impulso inesperado.

—Ahora —susurró con una sonrisa apenas visible— hay algo interesante en tu vida.

Se giró y salió del estudio, dejando tras de sí el aroma del café y un silencio extraño.

Horikoshi se quedó inmóvil, con el corazón acelerado y la mente suspendida entre sorpresa y desconcierto. No esperaba eso. No de ella.
Y mientras el eco de la puerta cerrándose se desvanecía, comprendió que, a partir de ese instante, nada volvería a ser tan rutinario como antes.

KiwaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora