Fue una mañana relevantemente tranquila en el metro de Madrid, no había mucho bullicio ni olor a humanidad en los vagones y, al menos, todo el mundo tenía un asiento.

Eran las 7:33, en una de las paradas de la linea 3, no recuerdo la estación, cuando vi bajar a Ernesto con toda la prisa del mundo por las escaleras mecánicas, a pesar de que correr era inútil y absurdo porque, en caso de que se le escapara el tren, tendría que esperar 5 minutos más.
Ernesto parecía tener unos escasos 50 años, mediría 1'80 y pesaría casi 100 kilos. Tenía vestido el uniforme de un supermercado, un pin situado en el lado izquierdo del pecho en donde llevaba escrito su nombre y una taza de café de la cafetería a la entrada del metro. No sé qué más sería de su vida, lo único que puedo conseguir es deducir algo respecto a sus características faciales: arrugas bastante marcadas con bolsas en los ojos, posiblemente debidas a quedarse demasiadas noches viendo algún reality hasta las tantas; una tez lo suficientemente morena como para saber que tenía descendencia ibérica; y las manos con los dedos no muy gordos, que denotaban que su currículum no tendría trabajos que suponen gran esfuerzo físico, ni mental.
Por desgracia para Ernesto, mientras las puertas del tren estaban a esperas de su llegada, no calculó bien sus pasos. El último escalón se le escapó. Cuando el pié hubo tocado el suelo, el tobillo de Ernesto lo abandonó , y con él la rodilla también cedió. La cara de Ernesto era la misma definición de asombro, negación y aceptación en un mismo momento, mientras caía rápidamente hasta el suelo.
Fue un golpe seco de su frente y su pecho contra el piso, ni siquiera hubo un sonido, solamente un pequeño gemido de Ernesto en el momento del choque, y el gritito de una viejecita que lo había visto al igual que yo. El café que llevaba Ernesto salió disparado por inercia y chocó contra la pared, no desparramó mucho líquido, por lo que ya llevaba bastante bebido.
Mientras se levantaba, se podía apreciar como emanaba sangre de una brecha de unos cuatro centímetros en la frente de Ernesto. A su ayuda acudieron tres personas, la viejecita de antes, que corrió mientras decía muchas cosas relacionadas con Dios, un encargado de seguridad que andaba por allí, y una señora de mediana edad con tacones, pintada como una puerta y un bolso de "Bilma y Bilma" (que seguramente ayudara a Ernesto para llegar más tarde al trabajo y hablar dos horas sobre ello con sus "compis" de la "ofi"). Ante las preguntas de los tres "héroes", para saber si Ernesto estaba bien, no sé lo que él respondería, pero únicamente le vi asentir con la cabeza y sonreír como si no hubiera ocurrido nada.
El pitido del metro volvió a sonar y se cerraron las puertas.
Yo estaba sentado en frente de la puertas que se cerraban, mientras escuchaba "Boys don't cry" de The Cure, el vagón comenzó a moverse de nuevo dejando la escena detrás. Miré a mi alrededor por si había algún otro presenciando el espectáculo, pero no tenían tiempo. O estaban dormidos, o pasaron por delante, o anonadados con cualquier método de distracción.

¿Y qué era de mí? No sé. En aquel momento únicamente pude pensar en la lástima que sentía por el pobre Ernesto, una persona que no conocía de absolutamente nada y en base a un vistazo pareciera que sí. Era una pena extraña, no simplemente por el dolor que hubiese tenido Ernesto en ese momento, más por el dolor de mucho antes y de mucho después de la caída (aunque él pensara que ese dolor no estuviera). Porque él probablemente tendría una vida amena y ciertamente monótona, donde la caída sería una anécdota más y una cicatriz visible por la que le preguntarían durante el siguiente mes. Y sin embargo, nada había cambiado, todo seguía su curso y nadie estaba alterado. La pena q sentía era extraña porque no sé si era pena hacia Ernesto, hacía todos los demás o hacia mí.
Me confundía que podía llegar a tener empatía justa como para ponerme en la piel de otra persona, pero no la suficiente como para socorrerla cuando se lastimaba. Además, con ello, me carcomía la idea de si lo que estaba pensando era totalmente cierto, en si era real esa coexistencia de simpatía y apatía mía.
No lo sé, supuse que en algún momento lo descubriría.

Ahora que ya estábamos llegando a la siguiente parada, mi mente no se enfrió, pero el ambiente sí. ¿Ocurriría lo mismo con todos los presentes en el vagón?¿También tenían la cabeza en otros mundos y por eso parecían anonadados?¿O simplemente no tenían nada y por eso utilizaban cualquier cosa como distracción? A mi parecer, creo que estábamos todos rotos.
No sé el tiempo que había pasado,¿10 segundos, 30 segundos, 2 minutos, 10 minutos, 1 hora? Daba igual, ya se habrían olvidado y todos de vuelta a su mundo de problemas corrientes.

Yo igual debía entrar en el mundo cotidiano. ¿Debía? Debía. Iba de camino hacia mi tarea diaria, mi rutina, como todos, cumpliendo mi papel de ser ser humano. Tenía que ir a clase y luego....
Qué más daba, ya pensaría en ello cuando me tocara, ahora mi meta tenía que ser llegar.

Las estaciones pasaron ante mis ojos, sin más, cada parada un pensamiento sobre qué sería de Ernesto y sobre qué sería cada uno que fue a "ayudarle". El metro se llenaba cada vez más de gente; era una ratonera de personas, un vaivén de cabezas a distintas alturas en el cuál yo formaba parte.
Llegó mi parada y la de muchos otros, todos expectantes a que se abrieran las puertas para salir con prisa, sin motivo alguno.
Me bajé del tren, subí las escaleras, recorrí el camino diario hasta salir por la boca del metro esquivando a un par de personas que caminaban lento.
Me fijé en que el cielo estaba gris, que hacía un paisaje característicamente homogéneo con la masa, y caminé.

Durante el camino pensé en mis pasos. Pensé en mis pasos porque, a pesar de estar en la ciudad, nadie los escucharía. Aquellos pasos que daba serían olvidados hasta por mí mismo. Mi presencia en aquel momento era etérea, hasta el punto de hacerme pensar que yo no era nadie; si nadie me reconocía, el paso de mi forma física por la calzada no significaba nada.
Crucé miradas con un chico que, al igual que yo, tenía los auriculares puestos, ¿Estaría él pensando algo similar a lo que yo pensaba? No se lo pregunté, seguro que me miraría raro. En todo caso, el tampoco preguntó, supongo que ni tuvo tiempo para que yo estuviera en su mente, ni me escuchó andar. Si no lo hizo él, nadie más lo haría, con ello razoné: he pensado de más. Pero no podía dejar de pensar, ¿Sería posible aquello? ¿Quién era yo en aquel instante si nadie tenía consciencia de mí? No lo sé ¿Por qué daba la sensación de que los demás sí lo sabían?.

Me angustié mientras caminaba, respiré hondo y seguí.

Ya veía la puerta de la facultad a lo lejos, hacia ahí iba yo, estaba decidido. En un solo instante puse mi mente a prueba para trabajar correctamente. De todos modos, solo tenía que hablar y pensar de manera superficial.

Al entrar por la puerta veo en el pasillo a un compañero mío, era temprano, le saludo con el correspondiente choque de manos y una sonrisa. A lo que el hace la pregunta que yo odiaba, a pesar de que sabía qué responder correctamente, ya la vi venir por el camino. Pero al tiempo que pronunció las impronunciables dos palabras, "¿Qué tal?", sentí lo mismo de siempre: un mar de dudas. Para mí esa pregunta podría llegar a ser considerada como criminal, con tan solo dos palabras se llegaba a inundar todo mi ser hasta dejar flotando incluso a aquello que creía que estaba ahogado en el fondo. Tenía que pensar en todo, en comparación a qué me iba bien o mal. ¿Yo estaba bien? No lo sé, y ahí residía mi más profunda agonía. ¿Cómo saberlo? Tampoco lo sé, pero una parte de mi cabeza me recobraba y razonaba que iba a ser igual responder esto o aquello, además de que, objetivamente, mi vida no era diferente a la de los demás. Con ello respondí lo que planeé al inicio: "Todo bien". Y para no llegar a la situación en la que yo mismo pusiera en juego mi existencia, pregunté a mi colega si había visto el partido de ayer; yo no lo había visto, pero de este modo yo estaba en la calma de no tener que apesadumbrar a los demás con mierdas de mi cabeza y los demás estaban contentos al hablar de banalidades.

Aquello generaba otro conflicto en mí, porque yo estaba actuando igual que los demás simplemente para no formar un vacío existencial ni en mí ni ellos (sobre todo en mí), eso significaba que yo formaba parte de ese juego de máscaras en el que se intentan tapar los problemas transcendentales. Hace un rato me preocupé por que nadie escuchaba mis pasos, pero cuando llegaba la hora en la que alguien pudiera escucharlos no dejaba que los escucharan. Entonces ¿Quién era yo: lo que siento o lo que yo muestro que siento esperando que la sociedad se contente con ello? ¿Mi Yo profundo o mi Yo superficial? ¿Cuál de aquellos Yo era el Yo Real que yo controlaba?
Por otro lado, los demás con quien interactuaba al comportarse igual que yo podría indicar que se sentían igual que yo

ConfusionesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora