Treinta y cuatro sickles y un chocolate

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Hola! Este es el segundo fanfic que escribo pero el primero que hago de este tipo jajaja. La perspectiva de las principales puede ser un poco molesta por su personalidad "fresa" o mandona al principio, pero cambiarán.

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El ruido del tren le aceleró el corazón. La nostalgia invadió su cuerpo provocando una sonrisa, era la última vez que el tren de Hogwarts la llevaría al colegio. Miró a su alrededor con mucha atención, los magos y brujas despidiendo a sus hijos con sus baúles y tontos regalos. Quería arribar y caminar lentamente por el extenso pasillo hasta llegar a su habitual vagón. Para así ponerse al corriente con los chismes de sus amigos mientras comían los dulces y dejar atrás lo que su hermano estaba tratando de decirle.

—¿Estás escuchándome? -Preguntó su hermano con molestia. 

—Si, si lo hice.

—¿Entonces, qué dije exactamente? -Su hermano alzó su rubia ceja.

—No te involucres con muggles y sé la mejor. -Imitó la voz de su hermano mayor. Le gustaba molestarlo, ¿quién no molestaría a su hermano mayor?

—Te crees muy lista. -Se burló el mago con ironía. —No porque seas Ravenclaw quiere decir que eres  inteligente. 

Ella sonrió. —Soy una Malfoy, ¿acaso no lo somos por naturaleza? 

Los Malfoy pertenecían a una de las familias más ricas de Gran Bretaña, además de ser sangre pura. Además de ser popular en la comunidad mágica, eran reconocidos a donde quiera que iban, lo cuál hacía que su ego se elevara por los cielos. Su arrogancia y narcisismo era parte de la familia, que a pesar de ello, compartían un fuerte lazo familiar entre ellos. También eran conocidos por haber pertenecido a la casa de las serpientes, a excepción de la menor de la familia; sin embargo, no fue problema para ellos, era mejor que pertenecer a la casa de los tejones o peor…a los leones.

—Siempre hay excepciones, querida Blanche. 

—Que generoso eres al referirte a ti, Lu.

—No me digas así. -Lucius rodó los ojos cruzándose de brazos. —No estamos en casa como para que me molestes. Sigo siendo tu hermano mayor y tendré más autoridad cuando papá me heredé el negocio y cuando me casé con Narcissa.

—¿Se lo propusiste? -Blanche alzó su delicada ceja plateada. 

—Aún no, pero no creo que me rechacé. Soy atractivo, visto elegantemente, soy rico, inteligente, caballeroso, tengo mis influencias en el ministerio y soy sangre pura. Soy todo un prospecto. -Alardeó Lucius con arrogancia.

—Y un narcisista.

—Eso no tiene nada de malo, además a Ci…Narcissa le gusto. -Lucius carraspeó. Él le tenía un apodo a la belleza de las hermanas Black, Cissy. 

—Claro. -Blanche rodó sus ojos y agarró su baúl con delicadeza. —Bueno Lu, es hora de despedirse.

—Suelta tu baúl, tu prometido no debe tardar. -Ordenó Lucius provocando que la bruja le pisará su pie sutilmente.

—No digas eso aquí. Nadie puede saberlo todavía. -Blanche miró a su alrededor cerciorándose que nadie pudiera oírlos.

Los Malfoy debían de contraer matrimonio con otra familia a sangre pura, era una tradición y una ley. No podían mezclarse con hijos de muggles. Por esa razón Lucius se casaría con Narcissa Black, perteneciente a otra familia rica de sangre pura. La mayoría de los matrimonios eran arreglados, muy pocos eran felices o realmente sentían amor. Narcissa y Lucius lo harían por amor, al igual que su padre Abraxas lo había hecho con Odeta. Pero en el caso de Blanche, ella no quería a su prometido, ni siquiera pensaba en casarse al graduarse de Hogwarts. La bruja no podía oponerse debido a que su padre había hecho un trato con otra familia, aunque quisiera rebelarse sabía que solo obtendría el desprecio de su familia y quedaría en la ruina, lo que le pesaba aún más.

Querido chico Gryffindor, cuanto te odioWhere stories live. Discover now