La pradera

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Un sol sin nubes acompañaba el canto de las aves, mientras las mariposas revoloteaban entre los cadáveres y las flores.

Roderick se preguntaba si la muerte lo esperaría hasta el atardecer. Deseaba que sí, el cielo le parecía encantador esa mañana. Tan celestial con un brillo invisible, lo prefería mucho más que la pradera bañada de sangre norteña. Sentía pena por ese bello paisaje terrenal, le pesaba la vergüenza de saber que sus verdes pastizales sufrían aquella sangre demoníaca. Sangre hereje sin bautizar que, para colmo, se entremezclaba con la de sus compatriotas y la suya propia. Por aquello y porque sí, mantenía su opinión: el cielo estaba encantador.

Tenía dos heridas profundas, una cerca del cuello y otra en el estómago. Fueron cortes limpios y largos y también fueron por su torpeza, lo cual fue lo primero que dolió. Había perdido el equilibrio por la noche y caído sin fuerzas. Una vez en el suelo, sufrió un entumecimiento apresurado y miedo. Es difícil para un hombre saber con certeza si va a morir. Roderick sabía que la situación era mala, pero quizás...

Rezó.

El dolor fue caliente, juraba que su piel se derretiría. Luego frío. Luego el tiempo, con lento pasar, lo hizo acostumbrarse. Aburrido y con los ojos cansados echó la vista al cielo nocturno y se preguntó si este siempre había sido así, como el telar de algún palacio, tan estático y adornado, casi parecía moverse con delicadeza imperceptible, con la dulzura de aquellas cosas que perduran.

Pasadas algunas horas aquel telar se convirtió en un cuadro de azules y dorados, acaso dibujado por artistas más allá de lo humano, y solo entonces, Roderick, pensó en su familia.

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Un festín para los cuervos y las alimañas que moraban bajo tierra se lucia en la pradera junto a la frescura del viento mañanero.

Svarl se preguntaba cuánta gente habría muerto la noche anterior. Cuantos hermanos, cuantos cobardes ingleses, cuánta gente habría matado él. Odiaba estar allí y no encontraba su hacha. ¿Dónde estaban Ubbe y Jotnir? Debía contarles del inglés que se cagó cuando lo atravesó con una lanza que se había encontrado. Rio y luego caminó. Caminó mucho.

Sus piernas ardían al hacer crujir el césped ¿Dónde estaban Ubbe y Jotnir? Debía pedirle a alguno que le quitara la flecha de su tobillo y la de su espalda y contarles lo bien que lo había hecho en batalla. Caminó. Caminó lo suficiente como para sentir que el poder de los hongos de los aësir lo abandonaba y volvía a ser un mortal.

El sol estaba especialmente molesto, el aroma no era para nada agradable, sentía picazón y odiaba estar allí. No encontraba su hacha.

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Roderick parpadeó. Casi se quedaba dormido pensando en su casa.

Volvió a rezar. Esta vez por su hijo y su esposa y que estuvieran bien. Rezó al Dios que conocía y al cielo celeste de la mañana, el Dios que veía y se preguntó si no serían lo mismo. Que estuvieran bien su hijo y su esposa, y que mueran los norteños, salvajes despiadados, que el sol los queme en vida y satanás los quemara en el infierno, rezó. Rezó todo eso a Dios y también, al terminar, rezó un poco por él.

Quería irse en paz, pero el odio lo abrazaba y le susurraba sobre lo que harían los malnacidos norteños a su familia y lo odiaba. Odiaba de pronto todo. Odiaba el cielo. Odiaba a dios.

Escuchó pasos. Se giró. Sintió calor en la garganta. Apretó los dientes. Apretó el mango de su espada. Era uno de ellos.

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Svarl se tambaleó. Miró hacia atrás y luego hacia abajo. No podía ser débil. No podían verlo débil.

Echó un vistazo a los cadáveres. Él no era como ellos, había probado su valía, pensó. Si esta era su hora de seguro lo recibirían en el Valhalla. Si, que honor morir en batalla... morir...

Continuó. Despacio, pero prefería no estarse quieto. El dolor intentaba frenarlo y convencerlo que el suelo era tan reconfortante como la cama de pieles de su hogar. No quiso escuchar eso como no había querido escuchar a su madre. Su madre y su hogar y sus hermanas. El chispear de la chimenea, el sonido de la lluvia sobre el techo, el pan recién servido, la voz de su padre que nunca conoció. Despacio. Continuó, prefería no estarse quieto. No quería escuchar nada de eso. Era un guerrero.

Se tambaleó otra vez. Cayó. Escuchaba a su madre, pero era un guerrero. No sabía adónde ir. Continúo arrastrándose, frunciendo los labios. No dejaría escapar palabras porque no serían de guerrero.

Vio algo. Un cadáver que se movía y lo miraba. Alguien vivo. Un inglés.

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El encontrarse de miradas no fue sutil. Ambos emergieron de su propia ensoñación, obligados por sí mismos.

Svarl no encontraba su hacha y sus manos estaban frías. Se detuvo para ponerse de pie, pero no lo logró.

Roderick sudaba. De un momento a otro se había levantado y daba pasos torpes. Se acercó sin cuidado. Ya no habría un atardecer para él, lo sabía. Tan solo quería castigar a un norteño más.

Svarl veía como aquel hombre venia por él y maldijo. Le lanzó maldiciones, insultos y sus dioses, pero el hombre sin rostro venia por él con el sol a su espalda. Lucharía, se dijo, solo así podría volver. Se escuchó. Algo se desató en su pecho. Quería volver.

Roderick lo alcanzó. No podía alzar su brazo ni quitar la ira de su rostro. Se arrojaría a él con su filo en mano. Se arrojaría más allá. Antes de hacerlo, buscó desafiar sus ojos otra vez.

Svarl lloraba. Solo lloraba. Lloraba solo.

Roderick vio el rostro de aquel muchacho convertido en miedo. Debajo de aquellos músculos y esa barba suave podía ver que no era mucho mayor que su hijo. Y lloraba, aterrado, adolorido, tan joven. Sus lágrimas no le temían a él, solo a la muerte. Suspiró. Su mano soltó la espada y se posó en el hombro del niño.

Svarl tiritaba y daba bocanadas secas. Ya no era un guerrero, solo quería volver.

Un abrazo. El cielo daba vueltas. El tarareo de una canción pomposa. Los pájaros buscaron sombra y los cuervos aletearon. Las mariposas se posaron en las flores y aun no era mediodía cuando hubo silencio en la pradera.



La praderaWhere stories live. Discover now