El encuentro

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El reloj marcaba las 11:47 p.m., pero para Jennie Kim, el tiempo parecía haberse detenido. El taller de arquitectura estaba casi vacío, como siempre a esa hora, y el zumbido monótono de las luces fluorescentes llenaba el espacio con una quietud abrumadora. Solo se escuchaba el sonido rítmico de su lápiz deslizándose sobre el papel milimetrado, trazando líneas con una precisión casi obsesiva.

Había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevaba ahí. Quizás cinco horas, tal vez más. La única señal del paso del tiempo era el café frío a su lado y el leve dolor en su espalda por estar encorvada sobre la mesa. Pero Jennie no era de las que se rendían fácilmente. La presión de la fecha límite del proyecto, combinado con su perfeccionismo casi enfermizo, no le dejaban otra opción.

—Perfecto... casi perfecto —murmuró, deteniéndose para observar su diseño.

La estructura en su mente cobraba vida sobre el papel: un edificio cultural con líneas curvas que evocaban movimiento, como si cada detalle estuviera diseñado para fluir con el entorno. Pero algo no encajaba. Había una ligera desproporción en las columnas que la estaba volviendo loca.

Suspiró y dejó caer el lápiz sobre la mesa. Cerró los ojos por un momento, dejando que la calma del espacio la ayudara a despejar la mente. Fue en ese instante cuando lo escuchó.

Un clic.

No era fuerte, apenas un sonido suave, como el disparo de una cámara. Pero en el absoluto silencio del taller, fue suficiente para hacerla abrir los ojos de golpe y girar la cabeza hacia la entrada.

—¿Quién está ahí? —preguntó, su voz firme pero teñida de irritación.

No esperaba respuesta. Era tarde, y la mayoría de sus compañeros de clase habían abandonado el taller mucho antes. Pero entonces lo vio: una silueta alta que se acercaba desde el pasillo oscuro.

Al principio, lo único que distinguió fue el brillo del metal de una cámara colgando de un cuello delgado. Luego, la figura salió completamente a la luz. Era una chica alta, de cabello rubio platinado recogido en un moño desordenado. Llevaba una chaqueta negra oversized y jeans desgastados que colgaban de su delgada figura. Su postura era relajada, casi despreocupada, y en su rostro había una sonrisa ladeada que inmediatamente irritó a Jennie.

—¿Quién eres y qué estás haciendo aquí? —repitió Jennie, levantándose de su silla con los brazos cruzados.

La chica levantó las manos, como si se rindiera, aunque el brillo divertido en sus ojos oscuros no desapareció.

—Tranquila, no vine a robar tus ideas o algo así. Soy Lisa Manoban. Estoy en el programa de intercambio. Estudio fotografía.

Lisa hizo una pausa, observando a Jennie con una mezcla de curiosidad y encanto antes de añadir:

—Y bueno, estaba explorando el campus buscando lugares interesantes para fotografiar. Este edificio me llamó la atención.

Jennie frunció el ceño, intentando procesar las palabras de la desconocida. Su acento extranjero era evidente, aunque no era lo suficientemente marcado como para identificar su origen de inmediato. Aun así, lo que más llamó su atención no fue cómo hablaba, sino cómo la miraba: con una confianza relajada que le resultaba, en partes iguales, intrigante y molesta.

—¿Te llamó la atención el edificio? —repitió Jennie, claramente escéptica. Sus brazos seguían cruzados, una barrera invisible entre ella y la intrusa—. Esto es un taller de trabajo, no un set para tus fotos.

Lisa dejó escapar una risa suave, casi musical. Jennie notó que su sonrisa se ampliaba justo lo suficiente como para que pareciera burlona, pero no ofensiva.

Under the same lightWhere stories live. Discover now