Desde el momento en que abriste los ojos al mundo, tu vida ha sido un tormento interminable, una cadena de sufrimientos que parecían no tener fin. Pero todo toma un giro inesperado cuando, en medio de la desesperación, un dios se manifiesta frente a...
La lluvia caía con fuerza sobre la ciudad, un estruendo constante que llenaba el vacío de la noche. Las calles, iluminadas por el tenue resplandor de los faroles parpadeantes, parecían interminables. El sonido de los pasos de Y/N se mezclaba con el chapoteo de los charcos a medida que caminaba sin rumbo, empapado, con las manos en los bolsillos de su chaqueta desgastada. Su respiración era pesada, como si cada gota de agua que caía sobre su piel le recordara el peso de su propia existencia.
La humedad hacía que el aire se sintiera opresivo, pero para Y/N, aquello no era nada comparado con el frío que llevaba en el alma. Nadie lo quería, nadie lo había querido nunca. Había crecido en una prisión dorada, rodeado de lujos que solo servían para enmascarar el desprecio de quienes lo rodeaban. Desde pequeño, las miradas de su padre, Evan Lancaster, y su madre, Cecilia, habían sido dagas que lo atravesaban, recordándole que era un error.
El único momento en que creyó haber encontrado algo real fue con Adriana, la chica que le había devuelto un destello de esperanza en su adolescencia. Su sonrisa era el refugio que había buscado toda su vida. Pero aquella misma sonrisa se volvió un arma cuando Adriana, de la mano de su hermano menor, Derek, lo traicionó de la forma más cruel. Le arrebataron todo: su dignidad, su futuro, y lo que quedaba de su humanidad. El recuerdo de su familia golpeándolo mientras él, ensangrentado y suplicante, trataba de explicar la verdad, seguía siendo una pesadilla recurrente.
Ahora, caminaba sin saber hacia dónde. El dolor físico era un eco lejano comparado con la desolación interna. No quedaba nadie para él, nadie que le importara. Había dejado atrás el basurero donde lo abandonaron, pero el basurero que sentía dentro de sí mismo parecía inescapable.
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Y/N siguió caminando cabizbajo y cruzó una calle estrecha sin mirar, su mente demasiado nublada para preocuparse por el tráfico. Apenas sintió el destello de los faros y el rugido de un motor acercándose a toda velocidad. Todo sucedió en un instante. La inminencia del impacto hizo que su corazón diera un vuelco... pero entonces, el tiempo se detuvo.
La lluvia quedó suspendida en el aire, cada gota congelada como diminutos cristales que reflejaban la luz de la ciudad. El sonido se esfumó, y el mundo quedó sumido en un silencio imposible. Los neumáticos del auto estaban a centímetros de su cuerpo, pero el vehículo ya no avanzaba. Todo estaba inmóvil, menos él.
Y/N apenas comprendió lo que había sucedido. Todo a su alrededor quedó atrapado en una quietud antinatural. Las gotas de lluvia colgaban en el aire como perlas suspendidas, el ruido del motor se extinguió y las luces de la ciudad titilaban inmóviles, como si alguien hubiese pausado el tiempo mismo. El silencio no era simplemente ausencia de sonido; era un vacío palpable, un abismo que lo devoraba todo. Intento moverse pero no podía, a excepción de sus ojos y boca todo su cuerpo estaba inmovilizado.
Y entonces lo vio.
Una figura blanca e imposible se erguía al otro lado de la calle. Alto, inmaculado, inhumano. Su piel —si es que podía llamarse así— parecía estar hecha de un blanco absoluto, como si fuera la esencia misma del vacío. No tenía ojos ni rasgos, pero su boca, aquella sonrisa inquietante, era lo único visible en su rostro liso. Una sonrisa amplia, perfecta y estática, que lo observaba con un interés casi perverso.