Emulsión

165 11 5
                                        

Sori odiaba el sonido de su maldita alarma.

El chillante sonido y la luz roja que veía con ella, le picaban las sienes. No era solo la molestia de su nariz debido a quedarse dormida con el cabello mojado, sino también lo fría que estaba la madrugada que se colaba por las viejas pero finas cortinas que su abuela adoraba desde hace más de setenta años y se amarraban grises a sus pies desnudos.

04:11 am.

Alargó su delgado brazo y apagó ese viejo aparato que reposaba en su mesa de noche, con la misma, a atropellados ademanes, alcanzó el golpeado y rayado móvil del que se escuchó una segunda alarma.

Su madre había tocado sus cosas otra vez.

Joder.

Si no salía de la cama por su cuenta ahora mismo, esa mujer vendría a por ella y la forzaría. Además, hoy era día de pesarse. Le rezaba a todo lo bajo y alto porque su peso haya bajado o al menos se haya mantenido, lo segundo no era lo ideal, pero al menos era mejor que haber aumentado una tallada.

Al ver cómo su demacrado reflejo se adaptaba a la luz del baño, no pensó más.

Al menos esa vieja y coqueta lámpara rosa y floreada que le había dejado su abuela, no lo hacía ver tan mal.

Su cabello, era una maraña, de estar en el bosque, cualquier pájaro mamá lo habría usado de nido. Sus ojeras, eran igual de grandes que las marcas de delineador que no se quitó de la noche anterior, aun con ello, sus pestañas le daban algo de vida cuando se reflejaban a sus rosadas mejillas y perfilaban todo su cansado rostro. Irónico, pues con todas las dietas y rutinas que su madre la empujaba a hacer, siquiera debería de sentirse mejor, liviana, o fresca.

Solo se sentía pesada, sofocada y maldita.

Despojando de su cuerpo su pijama, se estiró a tomar la ropa deportiva que le había regalado su maestra. Afortunadamente era negra, tallada, dibujando sus finas y forzadas curvas a la perfección. Se hizo una coleta con el tirante de un sostén y se pinchó las mejillas y labios, mirándose con cuidado y poco amor al espejo.

Agarra algo de color, mujer.

Se dijo, antes de cerrar el baño de su habitación oscura, tomar su arruinado teléfono y sus viejos audífonos, bajar en silencio y tomar medio litro de agua tibia, sin haber comido algo antes.

04:22 am.

Su madre no la dejaba probar bocado hasta las 6.

Debía de correr al menos cincuenta minutos y estirar unos diez, con ello también mataría algo de tiempo lejos de esa agobiante casa que compartía con su sofocante madre y atolondrada abuela.

Más le vale a la gente no haber salido a correr justo ahora que prefería estar completamente sola con su molestia, rostro sin desmaquillar y una coleta que no aguantaría ni cuatro cuadras.

Su teléfono podría estar viejo, pero al menos seguía tomando bonitas fotos de gatos, flores y el cielo, y todavía podía escuchar música a total volumen sin el más mínimo inconveniente, como en aquel momento, donde el primer tono de un canto bizantino, la abrazó como agua, y la arrastró lejos de la realidad.

Sori ama correr, amaba cómo sus pies se conectaban al deseo de su corazón y avanzaban, haciendo su cabello ondear en cada trote torpe, bajo la escasa luz del día, haciendo su respiración irregular, poniendo su piel fría, sus pensamientos temblando dentro de su cabeza, sus pulmones acomodando sus paredes hasta explotar, amaba cómo sus pies reconocían sus ganas de huir.

Vagones de EspumaStories to obsess over. Discover now