Habló por el aparato para comunicarse con Furriel, a la vez que se percibió un grito ahogado. Monroe. Esperó a ver si contestaba alguno de los dos. Nada.
No había civiles en la zona. El comisario principal estaba listo para anunciar la retirada oficial, pero le interrumpió la sombra de alguien a su costado. Ocurrió rápido: no vio aproximarse a Gala, que huía de la persona que, de un culatazo, había dejado inconscientes a Alexis y Aitor. Con veloces reflejos, el americano abatió al encapuchado, que se arrastró detrás de un contenedor al verse herido y solo, abandonando su posición. Ahora por lo menos llovían balas únicamente desde el frente y rebotaban en el capó y los costados del patrulla.
Blake se giró a comprobar el estado de la novata, descubriendo que se tapaba el hombro y tenía la cara cansada. Coincidieron miradas.
—Nos ha sorprendido. Me ha alcanzado —le mostró la herida y se sentó en el suelo. Le era imposible mantener las rodillas flexionadas y la pose reglamentaria—. El comisario y el subinspector están intactos.
Su superior negó, llamándola idiota. Él también se acomodó como pudo tras una rueda y se arrancó un trozo de camisa para vendarla momentáneamente. Se escuchaba de fondo el caos y la malla caer.
El agente Mateo irrumpió con su voz estridente a través del aparato de comunicación, explicando que se trataba de una trampa y que debían retirarse sin dilación. El moreno suspiró, asintió e indicó al otro comisario que era demasiado tarde, habían caído casi todos.
—Repórtense los agentes en activo del sur—espetó el hombre.
Le llegó la voz de Davis y la de Blake. Ninguna más. Furriel dio un puñetazo en su escritorio y prometió enviar refuerzos, aludiendo que tenían un asunto igual de urgente entre manos.
La mujer se apoyó sobre su jefe. Estaba desangrándose poco a poco.
—No cierres los ojos, por dios, Gala, ¡basta! Mírame—repetía el estadounidense en una retahíla exasperada. Tenía la respiración acelerada, no procesaba la información a la velocidad que ocurría.
Ella sonrió:
—No sé qué va a pasar, sin embargo, me arrepentiré si no lo digo —cortó con un gesto a su conviviente, que iba a replicarla—. Gracias por cuidar de mí y de Lucía.
La desesperación se estaba apoderando de Aiden. Esa frase sonaba a despedida.
—No vas a morir. Tú también no —su tono se quebró al acabar. Le dolía le pecho.
La mujer se acomodó sobre él. La temblaba el cuerpo y empezaba a ver borroso. Sentía incomodidad, angustia y una especie de anestesia en la zona del impacto. Era soportable y al mismo tiempo desagradable. No advirtió la figura que surgió de detrás del contenedor hasta que esta le tapó el sol. Lo último que vio fue al ser de negro apuntar con una pistola a su superior. No salió el chillido de la garganta, su aviso. Tampoco pudo cubrir al hombre, que se movía para esquivar. Alcanzó a distinguir su mano sobre la pierna del adulto, su propio cuerpo tendido en la fría acera y el metal del vehículo, antes de caer en la profunda oscuridad.
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La Novata
RomanceGala, policía de profesión, abandona su rango de inspectora buscando la tranquilidad de un puesto con menor responsabilidad, intentado ordenar su cabeza y mundo interior. Sin embargo, el destino le tiene preparado un camino distinto: un vasco, un pr...
