CAPÍTULO I ✒️

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Era la mañana de un lunes de Agosto y aquel cielo gris al que no se le alcanzaba a distinguir nubes ni límites se había exparcido caprichosamente por toda la ciudad. Miles de gotas suicidas que renunciaban a su altura me acompañaban en el trayecto al trabajo. Una ligera neblina había devorado por completo las calles, empapando las ventanas del bus por fuera y empañándolas por dentro. Las pistas estaban recubiertas por una sabana de agua que dividía la brea de los neumáticos por menos de un milímetro. Llevaba puesto el uniforme azul de siempre, un cronómetro que colgaba desde mi cuello y un canguro en la cintura en el que portaba todo lo necesario. Todas las mañanas al bajar en la estación de la avenida Faucett descendía por un amplio túnel al que no había ni un solo día en el que no me detuviera unos segundos para leer lo que algún sujeto escribía acerca de sus delirios paranóicos sobre algunos textos bíblicos, alienígenas y otras ocurrencias acerca de las élites mundiales. La calle Prado era mi ruta de siempre para llegar al colegio. Caminaba con cierta cautela de no salpicar en los charcos y ensuciar mi buzo, aunque, al final del día, terminaba con más polvo que ropa sobre el cuerpo. Adela, la portera del colegio, era quien llegaba antes que todos para recibir al personal, tanto a profesores como alumnos, y siempre solía hacerlo tan expresivamente.

- Profesor, buenos días -dijo amablemente tras abrirme la puerta.

- Buenos días, Adela -respondí mientras secaba la suela de mis zapatillas en aquel trapo tendido en el suelo.

Adela, luego de cerrar la puerta regresó a la oficina mientras yo le seguía a sus espaldas para marcar mi asistencia.

- ¿Qué le parece el clima, profesor? Esta lluvia nos ha sorprendido a todos esta mañana-continuó.

Inhalé profundamente antes de responder.

- Yo siento que hoy será un gran día- aclaré, y luego de exhalar, proseguí-. Y también creo que el clima de hoy puede ser un buen presagio, ¿no lo cree?

- Al parecer, hoy el recreo y la lonchera lo harán en sus aulas.

Noté que no me había prestado atención, y tampoco a mi pregunta, sin embargo, no quise continuar con mi conversación monóloga, por lo que atiné solo a sonreír.

Marqué mi hora de llegada y me dirigí, como acostumbraba, al tercer piso donde recogería del almacén general los materiales que iba a usar. El colegio mantenía una estructura separando sus pisos por grados en diferente orden. El primer y segundo piso lo administraba primaria, de los siguientes tres pisos se encargaría secundaria y el último piso, que daba lugar a un patio de doscientos cincuenta metros cuadrados mandaba yo. El tercer piso era compartido a medias con el almacén principal, en el que se albergaban los materiales escolares junto con objetos que habían sido dados de baja, algunas carpetas rotas y antiguas que habían sido reemplazadas y otras nuevas y listas para reemplazar a las que les quedaba apenas unos meses más de uso. A un lado, se almacenaban algunas pizarras acrílicas envueltas por celofan y, al otro lado, unas cajas apiladas que estaban llenas de perecibles que se usaban como dádivas o premios cuando el colegio realizaba programas o actividades durante toda una jornada escolar. Cuando llegué al segundo piso las ganas de entrar al baño me detuvieron. Abrí previamente una puerta para avanzar por el pasadizo que conducía a los compartimientos del baño. Una espesa oscuridad estaba devorando el espacio en ese momento. Encendí la linterna de mi celular para encontrar los interruptores, sin embargo, tras varios segundos de buscarlos, alcancé a oír un sonido en el final del baño que alteró mi pulso por algunos segundos. Quedé inmóvil. El rechinar de una perilla a la que se le aplica gran fuerza había durado apenas menos de un segundo. Apagué la linterna para que la oscuridad entonara mi audición y confirmar que no lo había oído en mi mente. Sabía que había alguien dentro. Me incorporé y busqué con ambas manos el interruptor sabiendo que era mejor acercarme, y al encontrarlos, la luz encendió el baño iluminando todo a su paso. Avancé hasta el final para ver quién había entrado a un baño cuya oscuridad era hermética. Fue entonces cuando a unos dos metros de los lavaderos lo confirmé. Mi cabeza no lo había inventado. No me costó entender de quién se trataba cuando noté la silueta de una mujer de baja estatura que parecía estar usando el mismo polo de siempre.

El profesorWhere stories live. Discover now