1. Polydor

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2018

El zumbido insistente de la alarma de mi móvil me arrancó del sueño a las seis en punto. A mi lado, la cama estaba fría. El eco de la ducha ya se había disipado, pero la voz de Thomas, amortiguada por la puerta del baño, llenaba el silencio matutino. Discutía por teléfono, con ese tono eficiente y ligeramente impaciente que usaba para el trabajo, algo sobre los planos de la instalación que debía supervisar hoy. Ingeniero civil, brillante y ambicioso. Lo había conocido hacía tres años, durante sus prácticas en la prestigiosa firma de arquitectura de mi padre aquí en Inglaterra, un nombre que abría puertas y generaba expectativas. Llevábamos tres años tejiendo una vida juntos, o eso creía, y apenas dos semanas con el peso de un anillo de compromiso en mi dedo. A mis veintitrés, la palabra "boda" sonaba como una melodía demasiado rápida, un compás precipitado en la sinfonía de mi vida. Pero lo quería, o al menos quería al Thomas que recordaba, y esa querencia había bastado para susurrar un "sí" entre una nube de dudas que, como la persistente llovizna londinense, se negaba a desaparecer del todo. Quizás era la inercia, la presión sutil de las cenas familiares donde mi futuro se dibujaba con los trazos de las expectativas paternas.

Aunque nuestras vidas estaban entrelazadas hasta el punto de compartir casi todas las noches, él mantenía un pie en sus costumbres tradicionales: nada de vivir juntos hasta después de la boda. Yo, que consideraba esa regla un eco de otra época, había aprendido a respetar su decisión con un suspiro interno.

Mi propia melodía profesional estaba a punto de comenzar. Recién graduada en Marketing Digital y Community Management por la UCL, hoy era mi primer día en Polydor Records. El puesto –asistente de marketing digital y community manager– no era la cima de la montaña, pero Polydor era una de esas discográficas cuyo nombre resonaba con la promesa de un futuro. Una puerta de entrada, al menos.

Me abroché los botones de la blusa blanca, sintiendo el algodón fresco contra mi piel, y anudé una mascada de seda con un estampado discreto alrededor de mi cuello, un pequeño toque de color en el lienzo de mis nervios. Caminé hacia el baño. Thomas seguía inmerso en su llamada, gesticulando con una mano mientras con la otra se secaba el pelo. Aproveché el espejo libre para aplicar una capa ligera de maquillaje –corrector para las ojeras de una noche de sueño intermitente, máscara de pestañas para abrir la mirada, un toque de bálsamo labial– y domar mi melena en una coleta pulcra. Cuando salí, lista para enfrentar el día, el apartamento ya estaba en silencio. Su presencia se había esfumado, dejando tras de sí solo el aroma de su gel de ducha y una nota doblada sobre la mesita de noche, junto a mi ejemplar gastado de "Persuasión".

"Otra vez", pensé, y la palabra llegó con un pinchazo familiar de decepción, justo debajo de las costillas. No era la primera vez. Su agenda, sus responsabilidades... lo entendía, de verdad. Pero un beso fugaz, un "buenos días" susurrado antes de desaparecer... ¿era pedir demasiado? Un gesto así habría sido como una taza de café caliente para el alma.

Sacudí la cabeza, intentando disipar la pequeña nube gris. Hoy no. Tome mi bolso –con el portátil, las llaves del coche que chirriaban ligeramente al moverse y una libreta nueva, lista para ser llenada– y salí del piso, dejando atrás el silencio y la nota sin abrir. Polydor Records. Uno de los gigantes. Era una oportunidad real de labrarme un camino en ese universo caótico y fascinante que era la música.

La brisa fresca de la mañana londinense, con ese olor a asfalto húmedo y a la promesa lejana de café de alguna panadería cercana, me golpeó el rostro al salir a la calle. Un alivio bienvenido. Mientras conducía mi pequeño Mini Cooper por el tráfico matutino, mi mente inevitablemente regresó a Thomas. Lo quería, sí, pero esa palabra se sentía a veces como un jersey viejo y querido que ya no me abrigaba como antes. La incertidumbre, las pequeñas grietas en nuestra comunicación, comenzaban a pesar. Quizás este nuevo trabajo, este pequeño espacio que sería solo mío, me ayudaría a reencontrar mi propio norte, a descifrar qué melodía quería realmente para mi vida.

Oh Caroline!  (Matty Healy)Stories to obsess over. Discover now