1. Prólogo

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"El olvido es la única venganza y el único perdón."

- Jorge Luis Borges

Escribo esto porque no seré capaz de decírtelo nunca en voz alta, y porque si no lo saco de mí ahora, sé que me va a pudrir por dentro hasta que no quede nada que puedas reconocer, ni siquiera estos ojos que dices que adoras

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Escribo esto porque no seré capaz de decírtelo nunca en voz alta, y porque si no lo saco de mí ahora, sé que me va a pudrir por dentro hasta que no quede nada que puedas reconocer, ni siquiera estos ojos que dices que adoras.


Hace dos años

No llegué a tiempo después de cometer demasiados errores ante tu hallazgo. Debería haber avisado a la policía cuando por fin descubrí donde estabas, y no correr a casa de tus padres. Quizá si hubiera hecho las cosas bien ellos seguirían vivos.

—Me gustan tus ojos —dije mientras te sujetaba en mis pequeñas manos, viendo como recobrabas la consciencia.

—A mi los tuyos también —respondiste de manera inocente entre tosidos.

—¿Te olvidarías de ellos? —No quería que miraras atrás, donde dejábamos el infierno de tu vida pasada.

No respondiste, pero no llegaste a recordarlos cuando mi mirada se cruzó con la tuya. Estoy seguro que en ese entonces ya me habías olvidado.

Perdóname ojos grises por no contarte la verdad. No podía hacerlo, no cuando el que te arrebató la vida que conocías era mi, en aquel entonces, hermano. Tenías que recordarme tú sola, así lo quería tu entorno. Tenía que protegerte. Intenté salvaros y aunque tú te olvidaste de mi mirada, yo nunca sería capaz de olvidar la tuya.

Así es como nos conocimos, más bien como yo te conocí y tú me olvidaste.

—¿Tú también eres una friki? —pregunté cuando posaste tus grandes ojos sobre los míos.

Contuve el aliento. Por fin. Eras tú. Ese brillo platino lo llevaba bien tatuado en el corazón. Ni siquiera me sostuviste la mirada, el hecho de mirarme pero no verme no te iba a traer de vuelta a mis brazos y eso me mataba.

Había leído demasiadas cartas de las que Leia te mandaba para saber de tu actual vida. Lo suficiente como para no correr a ti. Por eso nos inventamos una apuesta estúpida, dispuestos a hacerte recordar, porque esta vez si pensaba protegerte.

Y aunque pensé que cuando tu mirada cayera en mis ojos, serías capaz de recordarme, no fue así. Mi interior empezó a arder consumido por las llamas, la cicatriz la sentía abierta y tú presencia me causaba más tristeza de la que estaba acostumbrado a sentir.

Tú, mi única razón, no me reconocías. 

En ese preciso momento, prometo que pude sentir como mi alma se deshacía entre tus manos, ajena a todo lo sucedido. Ajena a todo el dolor, a mí.


En la actualidad

—Déjame en paz de una maldita vez.

Huelo el alcohol antes de oír mi propia voz, y por un segundo ni siquiera sé si lo que sale de mi boca me pertenece.

Alyson está frente a mí, mirándome a los ojos aunque yo no pueda sostenerle la mirada. Alarga su mano hacia la mía y la aparto con brusquedad, avergonzado del vaso de whisky vacío y de los nudillos sangrientos. ¿Con qué cara voy a mirarla después de prometer que no iba a volver a beber ni a meterme en peleas?

—¿Ya no me quieres?

Su voz es pequeña. Tan pequeña que casi no la escucho por encima del ruido que tengo en la cabeza, ese que el alcohol debería haber apagado y en cambio ha subido de volumen.

Ella me mira con esos ojos grises que llevan meses siendo lo primero que busco cuando entro a cualquier sitio, los mismos ojos que una vez, hace tantos años, se abrieron por primera vez entre mis manos y no supieron reconocerme. Y yo me quedo quieto, con las palabras atascadas entre el pecho y la garganta.

—No.

Una sola palabra. La más cobarde y la más necesaria al mismo tiempo. Me sale más ronca de lo que quería, arrastrada, como si hasta mi propia lengua estuviera intentando protegerla de escucharla bien.

Lo veo en su cara. El pequeño cambio en su expresión que acompaña de una mirada vidriosa y de mucho silencio, como cuando apagas una luz. Y pienso, con una claridad que me revuelve el estómago, que ella no tiene ni idea de cuánto se parece este instante a años atrás, cuando fue a mí a quien la vida le apagó.

Asiente con la cabeza y va sin decir nada más.

No la culpo, en su lugar me apoyo contra la pared , escuchando sus pasos alejarse hasta que el silencio lo ocupa todo y odiándome por dentro. Es entonces cuando mi mano, todavía sin soltar el vaso, encuentra el bolsillo de la chaqueta y saca el papel que llevo doblado desde hace dos años, el que nunca he sido capaz de entregar ni de destruir.

No lo abro. No hace falta. Ya sé lo que dice, o al menos sé lo suficiente para no requerir leerlo para sufrir.

Dos negaciones juntas son una afirmación.

Lo sé. Claro que lo sé. Por eso lo he hecho así. Porque si le hubiera dicho la verdad, que la amo con locura, que todo me está superando, ella se habría quedado. Y quedarse conmigo ahora mismo es lo más estúpido que puede hacer.

La protejo de mí. No de lo que le hicieron. De mí. Porque nadie se ha dado cuenta todavía, ni siquiera ella, de lo mucho que me parezco a él.

Y si hay algo que he aprendido en dos años intentando ser mejor que él, es que el parecido no está en la sangre. Está en las manos, en lo que son capaces de romper cuando creen que están salvando algo.

Me dejo caer y me tapo la cara con las manos.

No lloro. O intento no hacerlo.

Fallo.

Y entonces rompo la carta.

La rompo sin leerla, porque no necesito recordarme lo que ya sé de memoria y porque, si la leyera ahora, con esta borrachera que mañana me dará una resaca del quince, no sé si sería capaz de no correr detrás de ella para pedirle que no se vaya, que se quede conmigo. La rompo despacio al principio, como si una parte de mí todavía esperara arrepentirse a tiempo, y luego deprisa, con rabia, en trozos cada vez más pequeños entre mis dedos que no dejan de temblar, hasta que ya no queda ni una frase entera, hasta que ya no queda nada que nadie pueda leer nunca.

Los pedazos caen al suelo como si fueran lo único que me queda de aquel niño que sujetó unos ojos grises entre las manos y prometió que la protegería siempre.

Sí. Acabo de soltar la única cosa que me hacía querer despertarme por las mañanas después de perder mi futuro como futbolista y a mi padre, y lo he hecho a propósito. Porque era lo correcto. Porque ella merece irse a Londres y olvidarse de mí. Pero aún así... Aún así duele.

Saber que su futuro no puede ser conmigo, la persona que no solo se autodestruye, si no que arrasa con todo a su paso.

Como hizo Andrew.

Otro mock-up de mi linda EllysStory eres genial ❤️

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⏰ Poslední aktualizace: Jul 30 ⏰

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