Único

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Tengo los pálpitos acelerados, el corazón desbocado, un nuevo subidón de ansiedad quemando en mis entrañas.

Ciclo de Krebs.

Me siento y comienzo a escribir. No tengo fuerzas y mi pecho duele, los tímpanos resonando con mis latidos. Debo hacerlo. Porque no lo hice antes.

No cumplí con mi parte.

Recuerdo.

Fue la clase en dónde tomé mates compulsivamente, de una yerba más fuerte de la que siempre tomo. Me cebaba una amiga. Sin embargo, y aún así, mi atención estaba embotada, las diapositivas se sucedían unas detrás de otras, y en mi percepción hasta la profesora se veía borrosa. Observé el atardecer como un lejano paraje en medio de una cárcel, de la manera idónea en que puede verse -cuando se quiere- la misma universidad.

Ciclo de Krebs.

Murmurando para mí misma, cuando era más chiquita, sacudiendo los resúmenes arrugados que tenía que repasar, la respiración, la que me faltaba, ¿cómo funcionaba? El profesor sentado, frente a frente, cara a cara, nos miramos mientras temblaba como una hoja y, en ese coloquio, intentaba razonar como algo tan abstracto (y tan concreto) pudiera funcionar en mi cuerpo, patinando en las respuestas que ese hombre me pedía. Aprobé, pero me sentí insatisfecha.

Ciclo de Krebs.

Plan de estudios. Plan de la cátedra. Subtema. No había llegado al mínimo número que necesitaba, para el segundo parcial. No llegué a estudiarlo a los golpes, solo rumoreaba para mí misma los primeros temas. Un día soleado y fresco, en el cuál, otra vez, caí en mi propia desesperación.

Ciclo de Krebs.

Completaba las hojas cuadriculadas y las hojas de impresora, con pocas, con muchas, sin energías. Perseguía mi propia locura; perseguir el colectivo, y tambalearse en el camino.

Nuevamente lo perdí.

Nuevamente mi mente me castigó. A la primera oportunidad. La primera semana fue mi propio flagelo. Luego me levanté de nuevo, sacudida hasta los cimientos, solo por un par de notas.

Una lucha personal. La búsqueda del éxito. Lo que parecen inculcarnos desde siempre, sin tiempos, solo lo establecido. Busqué colores, busqué videos, busqué ayuda, repasé, plasmé toda mi ansiedad en el estudio. Como siempre lo hago.

Como siempre logro y fracaso.

Un banquito blanco, varios fibrones y biromes, una mesita con poca luz reflejando, mi viejo hablando del gato con mi hermana; y yo escribiendo, de nuevo, y de nuevo, sobre el octavo tema. La radio encendida, los días sucediéndose, sol, luna, frío, lluvia.

Ciclo de Krebs.

Además de los superiores, ¿a quién tenía que demostrar más? ¿Más de qué?
Colapsar de nuevo, estar en otro sitio. Al final, y en el final. Tras los rayos de sol, tras los pájaros pululando en la siesta, tras mil historias y pensamientos plasmados en un par de hojas.

Respiro hondo.

No parece ser la hora, pero la práctica hace al maestro.

Miro, leo, y observo, y mis palpitaciones se disparan. Regulo de nuevo, vuelvo a leer, y lo siguiente es escribir otra vez.

¿Ciclo de Krebs?

Las dos horas se hacen cortas, para una vida tan larga.

¿Cuál examen es el que realmente se debe superar?

¿Qué prosigue luego de alcanzarlo?

Respiro de nuevo, y el sol cae lentamente en el horizonte.

Ciclo de KrebsStories to obsess over. Discover now