Aster siente que nació en el cuerpo equivocado. Cuando se enamora de Beck y descubre que él es gay, cree que su género es el único obstáculo. Entonces realiza un ritual de TikTok y despierta convertido en un chico.
Todos lo recuerdan así, solo Aste...
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Te contaré algo...
Pero que sea nuestro secretito, ¿vale?
Blackridge Academy no es una escuela cualquiera. Es una institución educativa de las más prestigiosas de toda la región, conocida por sus altos estándares académicos, sus instalaciones impecables y por ser el lugar al que envían a sus hijos las familias con mayor poder económico, político y social. Allí estudian los hijos de empresarios, de funcionarios públicos, de abogados reconocidos y de personas que, de alguna forma u otra, tienen influencia en la sociedad.
A simple vista, el instituto parece perfecto, deseable, una meta que no muchos logran alcanzar: edificios amplios, auditorios equipados con tecnología moderna, bibliotecas con miles de volúmenes, laboratorios completos, canchas deportivas y espacios verdes y preciosos. Se dice que forma a los futuros líderes, que enseña valores, que la educación es imperiosa y que prepara a los estudiantes para cualquier desafío.
Pero yo te prometí un chisme bien jugoso, ¿verdad? Y aquí va: la realidad es otra, y es importante que lo sepas.
En el fondo, Blackridge Academy funciona con sus propias reglas, muy distintas a las que aparecen escritas en su reglamento oficial. Imagina un centro educativo donde las normas están escritas en un papel, pero en la práctica no se aplican de la misma forma para cada estudiante. Allí, el estatus social, el apellido y la influencia de la familia pesan muchísimo más que cualquier reglamento. Si tu padre ocupa un cargo político, dirige una empresa importante o tiene contactos en los lugares donde se toman las decisiones, puedes actuar con toda libertad, o sea, puedes burlarte de quien te apetezca, hacer comentarios ofensivos, humillar a tus compañeros o incluso causar problemas, y todo quedará resuelto con una simple disculpa formal o un poco de dinero.
Aquí nadie asume que esas acciones tienen consecuencias. Mucho menos si quien las hace es un crío de diecisiete años y tiene a un papi con el bolsillo lleno como para tapar sus mierdas.
Todo se cubre, todo se disimula, todo queda en «una broma sin importancia».
Si eres alguien que no tiene esos respaldos, cualquier error se magnifica, se castiga con dureza y se usa para etiquetarte como alguien que no encaja.
El acoso, las burlas, las humillaciones o los conflictos entre estudiantes no se resuelven con justicia, sino según quién tenga más poder. Los profesores y directivos suelen mirar hacia otro lado cuando los involucrados son de familias influyentes, y se vuelven estrictos cuando quien está en problemas es alguien de posición más privilegiada.
Pero hubo alguien que sí quiso desafiar este sistema.
Y desde ese momento, Aster no se lo sacó de la cabeza.
Esa tarde Aster estaba en la cafetería, estudiando matemáticas, sentada en una mesa apartada, cerca de la ventana que daba al jardín trasero.