Zoël está recostado al lado de su esposa Mei; ambos están relajados, disfrutando de una plácida y tranquila noche entre tiernos besos y caricias.
La pareja mira hacia arriba para contemplar la espectacular visión que les regala el firmamento nocturno a través de bóveda transparente del techo.
Se encuentran fundidos en un dulce abrazo contemplando las estrellas; les encanta mirarlas durante horas antes de quedarse dormidos.
A Mei le parece sorprendente la idea de que un astro difunto, que dejó de existir hace miles de años, esté ofreciéndole en ese mismo instante haces de débil luz iluminando la oscura cúpula celestial.
Bastante avanzada la noche, estando Zoël casi dormido, pues de hecho suele ser el primero en caer rendido, su esposa lo zarandea obligándole a regresar a la consciencia.
—Mira eso, cariño —susurra Mei.
—¡Mi madre! ¿Qué es eso?
—¡Qué bonito!
Sobre sus cabezas toma lugar un impresionante espectáculo; un auténtico despliegue de belleza y fuerzas físicas.
Unas franjas de luz verdosa cubren el cielo, moviéndose acompasadamente, cambiando de forma y tono, dejando completamente maravillados a los dos jóvenes.
—No me puedo creer que esté viendo una aurora en estas latitudes —susurra Zoël — normalmente los campos magnéticos de la tierra atraen los vientos solares a los polos, de modo que ...
Un dedo de Mei tapa la boca de su esposo mientras le mira sonriente y vuelven a fijar la mirada arriba en silencio. Ambos están absortos mientras se refleja en ellos esa luz verde que se mueve grácilmente.
A los pocos minutos el espectáculo adquiere dimensiones mayores: Una luz blanca y brillante irrumpe en medio de la aurora como si de una estrella se tratara. Posteriormente, esta comienza a dejar una estela a modo de cometa o estrella fugaz; este resplandor crece de tamaño y el asombro se convierte en temor cuando un grave ruido empieza a acompañar su caída. La pareja se abraza fuerte mientras ve como el haz de luz se acerca rápidamente hasta desaparecer por un lateral de la bóveda. Unos segundos después sobreviene un temblor y un ruido ensordecedor. Por último, calma absoluta.
Zoël y Mei se miran fijamente durante unos instantes sin decirse nada, transmitiéndose sus inquietudes con sus ojos. Finalmente reaccionan. Zoël se incorpora, sale de la cama y acciona los mandos de las lentes de la bóveda del techo para que la amplificación del espectro de luz ilumine la estancia.
—Voy a ver qué ha pasado. —Anuncia Zoël con voz trémula.
—Te acompaño —replica Mei.
Se abrigan con una bata y salen de la casa. Al atravesar la puerta principal, una brisa fresca, les recuerda deben ajustarse las batas. Caminan cogidos de la mano unos metros hacia el este; a pocos metros de ellos, hacia el medio de los campos, justo donde había un pequeño almacén, ahora hay un cráter. Una niebla de polvo y el olor de las plantas aromáticas que se han quemado lo invade todo. La pareja se para a una cierta distancia prudencial desde la que pueden notar el calor desprendido por el cráter. En el centro del mismo hay un objeto más bien grande, de forma semiesférica. Aparenta tener aproximadamente un metro de diámetro. Zoël se suelta de su amada y le pasa la mano por el hombro, después rodea el cráter inspeccionando todo a su alrededor para evaluar el alcance de lo sucedido mientras la atónita Mei mira absorta el extraño objeto. Por suerte, no hay ningún incendio que apagar, pero observan como los víveres se encuentran desparramados por todas partes, junto con restos de paredes del cobertizo del cual no queda nada en pie.
STAI LEGGENDO
La aurora verde
FantascienzaUn extraño suceso interrumpe la paz de Zoël y Mei. Tras descubrir lo que sucede, ellos y sus vecinos han de tomar una decisión; una que podría cambiar la historia de la humanidad.
