“Una historia de amor, pérdida y promesas que persisten más allá de la muerte”
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CAPÍTULO I
Ma Petite Chute
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La primera vez que lo vi, el mundo seguía siendo el mismo.
Los pasillos del Hospital San Mungo olían a antiséptico y a flores silvestres que alguien, con infinita bondad, había colocado en los floreros de cada planta. Las paredes blancas reflejaban una luz fría y constante, ese tipo de luz que no tiene misericordia, que desnuda las ojeras de los internos y el peso invisible que cargan los familiares sentados en los bancos de espera. Era mi primer mes. Caminaba con la rigidez propia de quien todavía no sabe si pertenece a ese lugar, con mi bata blanca demasiado almidonada y mi identificador oscilando contra mi pecho como un péndulo recién estrenado.
Él venía corriendo.
No caminaba, no trotaba — corría, con la alegría despreocupada de alguien que ha decidido que los pasillos de un hospital son, en realidad, pistas de carreras privadas. Sus cabellos rubios volaban con el movimiento. Sus ojos avellana brillaban con una luz que no tenía nada que ver con la fluorescencia del techo.
Estaba delgado, sí, con esa palidez particular de quien lleva mucho tiempo conviviendo con la enfermedad, y todavía portaba la huella de una recuperación reciente en la ligera fragilidad de sus facciones. Pero eso no borraba su sonrisa. Esa sonrisa que era, en sí misma, una declaración de guerra contra la tristeza.
Chocamos en la intersección del pasillo principal con la sala de cardiología.
Fue culpa suya, completamente. Y sin embargo, fue lo mejor que me pasó en la vida.
—Oh, lo siento —dijo él, llevándose la mano al rostro, cubriéndolo a medias, como si intentara esconderse detrás de sus propios dedos.
Yo me enderecé, recoloqué los papeles que había estado sosteniendo y dije lo primero que me vino a la mente, que era, claro está, la cosa más clínica y menos humana posible:
—No deberías correr por los pasillos. Puedes provocar un accidente.
Él bajó la mano.
Me miró.
Hubo un silencio brevísimo, el tiempo justo para que yo me arrepintiera de mis palabras, antes de que él arqueara una ceja con una expresión entre curiosa y levemente divertida, como si acabara de encontrar a un espécimen particularmente interesante. Levantó la ceja sin entender del todo lo que yo había dicho, y sus labios formaron un pequeño puchero involuntario que, si hubiera sido otro hombre, podría haberme parecido infantil. En él, simplemente era honesto.
Sus ojos viajaron despacio por mi cuerpo hasta detenerse en mi identificador. Lo tomó entre sus dedos con una naturalidad que me desconcertó, como si llevar años conociendo a la gente del hospital le hubiera concedido el derecho a esa familiaridad. Observó la fotografía.
Acarició las letras de mi nombre con la yema del pulgar, una caricia casi distraída, casi inconsciente.
—Theodore Nott —leyó, y en su boca mi nombre sonó distinto, más largo, más habitado—. Qué bonito nombre, Doctor Nott. Y qué bonita foto. Sale igual de serio, pero es bonita. —Levantó la vista y me dedicó esa sonrisa, esa sonrisa imposible—. Debería sonreír más.
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MA PETITE MORT
Fanfiction¿Qué pasaría si lo volvieras ver a tú amor de infancia? Pero no en las condiciones que te hubiera gustado. está historia está inspirada en unas de mis canciones que me gustan espero que la disfruten también advertirle que pueden quedar sin estabilid...
