Extra 1: Remordimiento.

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Sus labios suaves se pasean pícarammente por el borde de mis pantalones, invitándome con aquella maliciosa chispa que me aviva las ganas de poseerla a bajarlos por completo.

Su cabello sudado se pega a la piel brillante de su frente, luciendo como un evidente recordatorio de todo lo que habíamos hecho hace segundos.

—¿Te gusta cómo se siente?—ronronea haciéndome vibrar el pecho, causando de inmediato que la tome por el cuello hasta hacerla tumbarse sobre su espalda, logrando esparcir su lacio cabello rojo alrededor de mi almohada.

—¿Qué es lo que pretendes?—le pregunto furioso, disfrutando de aquella maldita sonrisa que no le quita ni por un segundo lo altanera que es.

—¿Quién? ¿Yo? —su fresca carcajada inunda cada centímetro de mi habitación—.Eso yo te lo pregunto a ti.

—¿Por qué mejor no te callas y me besas?—deslizo con lentitud mi nariz por su cuello, grabando a fuego lento su aroma en mi memoria.

—Nunca he sido de seguir ordenes y lo sabes—acaricia mis hombros, y miles de pensamientos me confunden la mente.

—Y es por eso que siempre he dicho que eres una idiota—arremeto contra ella, acunando una de sus tetas en la palma de mi manos.

Amo sus tetas, joder.

—Eso es cierto, supongo—mi cerebro hace cortocircuito cuando el gemido que emite retumba en mis oídos, produciendo que mis ganas por ella no disminuyan ni por un segundo —.De lo contrario nunca me hubieses traicionado como lo hiciste...

Repentinamente la calidez se desaparece de mi cuerpo, y una helada bruma se apodera de mis huesos cuando al separarme la observo con cientos de lágrimas arropando sus mejillas.

—¿Por qué lo hiciste, Damen?—el dolor y la ira queda impregnada en su mirada, retorciendo aquella herida que yo mismo he creado debido a mis acciones.

—Cara bonita...—susurro—Yo no...

Algo no está bien.

Esto no se siente bien.

La oscuridad lentamente nos acoge a ambos en la soledad de la habitación, transformando para mis sorpresa dicho espacio en el maldito club en el que se celebró su cumpleaños número diecinueve.

—Me mentiste...me mentiste...—no para de pronunciar una y otra vez, calando profundo en el enorme agujero donde yace el remordimiento por lo sucedido.

—Samantha, yo...

—¡Me mentiste!—gruesas lágrimas empapan su rostro, y yo aprieto las puños conteniendo las ganas de sacarle las mejillas—¡Eres un monstruo! ¡Lárgate!

—Sam, no...Sólo escúchame.

— ¡Vete! ¡Ya vete! ¡Eres un maldito monstruo!—empieza a halar de su cabello con mucho miedo—.Me mentiste...—susurra con la voz quebradiza.

—Sam...porfavor.

—Me perdiste—es lo último que dice antes de que una espesa neblina oscura la rodee, envolviendola lentamente hasta hasta tragársela por completo—Ayuda...

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